sábado, 10 de octubre de 2009

La vida nueva Jesús de Nazaret



1.Jesús no es un hombre disperso, atraído por diferentes intereses, sino una persona profundamente unificada en torno a una experiencia nuclear: Dios, el Padre bueno de todos. Es él quien unifica su intensa actividad, inspira su mensaje y polariza todas sus energías. Hay algo que se percibe enseguida. Para Jesús, Dios no es una teoría, sino una experiencia. Nunca propone una doctrina sobre Dios. Nunca se le ve explicando su idea de Dios. Para Jesús, Dios es una presencia cercana y amistosa que transforma todo su ser y le hace vivir buscando una vida más digna, amable y dichosa para todos, empezando por los últimos. Jesús no pretende en ningún momento sustituir la doctrina tradicional de Dios por otra nueva. Su Dios es el Dios de Israel: el único Señor, creador de los cielos y de la tierra, el salvador de su pueblo querido. Nunca discute Jesús con ningún sector judío sobre Dios. Todos creen en el mismo Dios. La diferencia está en que los dirigentes religiosos del pueblo asocian a Dios con su sistema religioso y no tanto con la vida y la felicidad de la gente. Lo primero y más importante para ellos es dar gloria a Dios observando la ley, respetando el sábado y asegurando el culto del templo. Jesús, por el contrario, asocia a Dios con la vida: lo primero y más importante para él es que los hijos e hijas de Dios gocen de una vida digna y justa. Esto es lo nuevo. Jesús implica a Dios no con la religión, sino con la vida. Lo más importante para Dios es la vida de las personas, no la religión. Los sectores más religiosos de Israel se sienten urgidos por Dios a cuidar la religión del templo y la observancia de la ley. Jesús, por el contrario, se siente enviado por Dios a promover su justicia y su misericordia. A Jesús el Espíritu de Dios lo impulsa a introducir en el mundo la «Buena Noticia» para los pobres, «liberación» para los cautivos, «luz» a los ciegos, «libertad» a los oprimidos, «gracia» a los desgraciados (Lc.4). La espiritualidad cristiana empuja, antes que nada, a promover una vida más digna, más sana, más dichosa. Es lo que más agrada a Dios. Por eso, el centro de la vida de Jesús no lo ocupa Dios propiamente, sino el «reino de Dios». Jesús no separa nunca a Dios de su reino. No puede pensar en Dios sin pensar en su proyecto de trasformar el mundo. No invita a la gente a buscar a Dios simplemente, sino a «buscar el reino de Dios y su justicia». No llama a «convertirse» a Dios sin más, sino que pide a todos a «entrar» en el reino de Dios. Jesús no contempla a Dios encerrado en su propio mundo, aislado de los problemas de la gente; lo siente comprometido por un mundo más humano. Lo vive como la presencia buena de un Padre que se está introduciendo en el mundo para humanizar la vida. Por eso, para Jesús, el lugar privilegiado para vivir a Dios no es el culto, ni tampoco el desierto, sino allí donde se va haciendo realidad su reino de justicia.

2.Las fuentes cristianas coinciden en afirmar que la actividad profética de Jesús comenzó a partir de una intensa experiencia de Dios. Con ocasión de su bautismo en el Jordán, Jesús tiene una vivencia que trasforma decisivamente su vida. No se queda por mucho tiempo junto al Bautista. Tampoco se vuelve a su trabajo de artesano en la aldea de Nazaret. Movido por un impulso interior incontenible, comienza a recorrer los caminos de Galilea anunciando a todos la llegada del «reino de Dios». ¿Quién es este Dios que se adueña de Jesús y lo pone totalmente al servicio de su proyecto del reino? En el relato más antiguo leemos así: «En cuanto salió del agua, vio que los cielos se rasgaban y que el Espíritu descendía sobre él como una paloma. Y se oyó una voz que venía del cielo: “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco”» . Nada puede expresar mejor lo vivido por Jesús que esas palabras insondables: «Tú eres mi hijo querido». Todo es diferente a lo vivido por Moisés en el monte Horeb, cuando se acerca tembloroso a la zarza ardiendo. Dios no dice a Jesús: «Yo soy el que soy», sino «Tú eres mi hijo». No se muestra como Misterio inefable, sino como un Padre cercano. «Tú eres mío, eres mi hijo. Tu ser entero está brotando de mí. Yo soy tu Padre». El relato subraya el carácter gozoso y entrañable de esta revelación: «Eres mi hijo querido, en ti me complazco. Te quiero entrañablemente. Me llena de gozo que seas mi hijo. Me siento feliz». Jesús responderá con una sola palabra: «Abbá». En adelante, no lo llamará con otro nombre cuando se comunique con él. A Jesús le sale de dentro llamarle a Dios «Padre». Sin duda, lo más original es que, al dirigirse a Dios, lo invoca con esa expresión desacostumbrada: «Abbá». Una expresión que, dentro de las familias judías evocaba el cariño, la intimidad y la confianza del niño pequeño con su padre . Jesús le vive a Dios como alguien tan cercano, bueno y entrañable que, al dialogar con él, le viene espontáneamente a los labios esta palabra: «Abbá, Padre querido». No encuentra una expresión más honda. Esta costumbre de Jesús provocó tal impacto que todavía años más tarde, en las comunidades de habla griega, dejaban sin traducir el termino «Abbá» en arameo, como eco de la experiencia personal vivida por Jesús .
Esta costumbre de Jesús arroja una luz muy grande sobre su vida, pues nos descubre sus dos actitudes fundamentales ante Dios: confianza total y disponibilidad incondicional. La vida entera de Jesús transpira esta confianza. Jesús vive abandonándose a Dios. Todo lo hace animado por esa actitud genuina, pura, espontánea de confianza en su Padre. Busca su voluntad sin recelos, cálculos ni estrategias. No se apoya en la religión del templo ni en la doctrina de los maestros; su fuerza y seguridad no provienen de las escrituras ni de las tradiciones de Israel. Nacen de su Padre. Esta confianza hace de él un profeta libre de tradiciones, costumbres o modelos rígidos de actuación. Su fidelidad al Padre le hace vivir de manera creativa, innovadora y audaz. Su fe en Dios es absoluta. Por eso le apena tanto la «fe pequeña» de sus seguidores. Esta confianza genera en Jesús una docilidad incondicional ante su Padre. Sólo busca cumplir su voluntad. Es lo primero para él. Y esa voluntad de Dios no es ningún misterio: es una vida más digna y dichosa para todos, empezando por los últimos. Nada ni nadie le apartará de ese camino. Como hijo bueno, busca ser la alegría de su Padre; como hijo fiel, vive identificándose con él e imitando siempre su modo de actuar. Ésta es la motivación secreta que lo alienta siempre, incluso en el momento terrible de aceptar su crucifixión.

3.Para adentrarnos más en la vida de Jesús, debemos profundizar en su experiencia de Dios. Sólo señalaré tres rasgos básicos. Jesús vive seducido por la bondad de Dios. Dios es bueno. Jesús capta su misterio insondable como un misterio de bondad. Dios es una Presencia buena que bendice la vida. La solicitud amorosa del Padre es casi siempre misteriosa y velada, pero está siempre presente envolviendo la existencia de toda criatura. Jesús lo percibe alimentando los pájaros del cielo y cuidando los lirios del campo. Esta experiencia es decisiva. Lo que define a Dios no es su poder, como entre las divinidades paganas del imperio; tampoco su sabiduría como en algunas corrientes filosóficas de Grecia. La realidad insondable de Dios, lo que no podemos pensar ni imaginar de su misterio, Jesús lo capta como bondad y compasión. Dios es bueno con todos sus hijos e hijas. Lo importante para él son las personas; mucho más que los sacrificios del templo o el cumplimiento del sábado. Dios sólo quiere su bien. Nada ha de ser utilizado contra las personas y, menos aún, la religión. Este Padre bueno es un Dios cercano. Su bondad lo envuelve todo, está ya irrumpiendo en la vida bajo forma de misericordia. Jesús vive esta cercanía de Dios con asombrosa sencillez y espontaneidad. En nombre de este Dios bendice a los niños, cura a los enfermos, acoge a los pecadores y ofrece gratis su perdón. Todo esto es pequeño e insignificante, como un grano de trigo sembrado bajo tierra, que pasa desapercibido pero que pronto se manifestará en espléndida cosecha. Así es la bondad de Dios: ahora está escondida bajo la realidad compleja de la vida, pero un día acabará triunfando sobre el mal. Hoy todo está entremezclado, todo está en camino, inacabado. La bondad de Dios sólo reina donde sus hijos e hijas la acogen y comunican, pero un día se manifestará en toda su plenitud. Para Jesús, todo esto no es teoría. Dios es cercano y accesible a todos. Cualquiera puede tener con él una relación directa e inmediata desde lo secreto de su corazón. Él habla a cada uno sin pronunciar palabras humanas. Él atrae a todos hacia lo bueno. Hasta los más pequeños pueden descubrir su misterio. No son necesarias mediaciones rituales ni liturgias complicadas como las del templo para encontrarse con él. Dios no está atado a ningún templo ni lugar sagrado. No es propiedad de los sacerdotes de Jerusalén ni de los maestros de la ley. Desde cualquier lugar es posible elevar los ojos al Padre del cielo. Jesús invita a vivir confiando en el misterio de un Dios bueno y cercano: «Cuando oréis, decid: ¡Padre!» . Este Dios cercano busca a las personas allí donde están, incluso aunque se encuentren «perdidas», lejos de la Alianza de Dios. Nadie es insignificante para él. A nadie da por perdido. Nadie vive olvidado por este Dios . Él es de todos, «hace salir su sol sobre buenos y malos. Manda la lluvia sobre justos e injustos». El sol y la lluvia son de todos. Nadie puede apropiarse de ellos. No tienen dueño. Dios los ofrece a todos como un regalo, rompiendo nuestra tendencia moralista a discriminar a quienes nos parecen malos. Dios no es propiedad de los buenos; su amor está abierto también a los malos. Esta fe de Jesús en la bondad universal de Dios no dejaba de sorprender. Durante siglos se había escuchado algo muy diferente en aquel pueblo. Se habla con frecuencia del amor y la ternura de Dios, pero es un amor que hay que merecerlo. Así dice un conocido salmo: «Como un padre siente ternura hacia sus hijos, así siente el Señor ternura», pero ¿hacia quiénes? Sólo hacia «aquellos que le temen» . Jesús impulsa una espiritualidad que supera el espíritu de no pocos salmos, pues está alimentada por la fe en un Dios bueno con todos. Muchas veces habló Jesús de Dios como Padre bueno, pero nunca lo hizo con la maestría seductora con que describe en una parábola a un padre acogiendo a su hijo perdido . Dios, el Padre bueno, no es como un patriarca autoritario, preocupado sólo de su honor, controlador implacable de su familia. Es como un padre cercano que no piensa en su herencia, respeta las decisiones de sus hijos y les permite seguir libremente su camino. A este Dios siempre se puede volver sin temor alguno. Cuando el padre ve llegar a su hijo hambriento y humillado, corre a su encuentro, lo abraza y besa efusivamente como una madre, y grita a todo el mundo su alegría. Interrumpe la confesión del hijo para ahorrarle más humillaciones; no necesita que haga nada para acogerlo tal como es. No le impone castigo alguno; no le plantea ninguna condición para aceptarlo de nuevo en casa; no le exige un ritual de purificación. No parece sentir necesidad de expresarle su perdón; sencillamente, lo ama desde siempre y sólo busca su felicidad. Le regala la dignidad de hijo: el anillo de casa y el mejor vestido. Ofrece al pueblo fiesta, banquete, música y baile. El hijo ha de conocer junto al padre la fiesta buena de la vida, no la diversión falsa que ha vivido entre prostitutas paganas. Éste no es el Dios vigilante de la ley, atento a las ofensas de sus hijos, que hace pagar a cada uno su merecido y no concede el perdón si antes no se han cumplido escrupulosamente unas condiciones. Éste es el Dios del perdón y de la vida; no hemos de humillarnos o autodegradarnos en su presencia. Al hijo no se le exige nada. Sólo creer en el Padre. Cuando Dios es captado como poder absoluto que gobierna y se impone por la fuerza de su ley, emerge una espiritualidad regida por el rigor, los méritos y los castigos. Cuando Dios es experimentado como bueno, cercano y compasivo con todos, nace una espiritualidad fundada en la confianza, el gozo y la acción de gracias. Dios no aterra por su poder y su grandeza, seduce por su bondad y cercanía. Lo decía Jesús de mil maneras a los enfermos, desgraciados, indeseables y pecadores: Dios es para los que tienen necesidad de que sea bueno.

4.En el Jordán, Jesús no vive sólo la experiencia de ser hijo querido por Dios. Al mismo tiempo, se siente lleno de su Espíritu. Según el relato, del cielo abierto, «el Espíritu desciende sobre él». El Espíritu de Dios, que crea y sostiene la vida, que cura y da aliento a todo viviente, que lo renueva y transforma todo, viene a llenar a Jesús de su fuerza vivificadora. Jesús lo experimenta como Espíritu de gracia y de vida. Se siente lleno del Espíritu del Padre, no para condenar y destruir, sino para curar, liberar de «espíritus malignos» y dar vida. Toda la espiritualidad de Jesús está orientada a introducir vida en el mundo. El Espíritu de Dios lo conduce a curar, liberar, potenciar y mejorar la vida. El evangelio de Juan lo resume poniendo en boca de Jesús estas palabras inolvidables: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» . Este rasgo es decisivo para captar la espiritualidad de Jesús. El Espíritu que Jesús lleva dentro le hace vivir a Dios como un Dios del cambio. Dios es una poderosa fuerza de transformación. Su presencia es siempre estimulante, incitadora, provocativa, interpeladora: atrae hacia la conversión. Dios no es una fuerza conservadora, sino una llamada al cambio: «El reino de Dios está cerca; cambiad de manera de pensar y de actuar, y creed en esta buena noticia» . Cuando se le acoge a Dios, ya no es posible permanecer pasivos. Dios tiene un gran proyecto. Hay que construir una tierra nueva, tal como la quiere él. Hemos de orientarlo todo hacia una vida más humana, empezando por aquellos para los que la vida no es vida. A los que lloran, Dios los quiere ver riendo y a los que tienen hambre los quiere ver comiendo. Quiere que las cosas cambien para que todos puedan vivir mejor. Vivir la espiritualidad de Jesús es vivir cambiando la vida, haciéndola mejor y más humana, como la quiere Dios. Si algo desea el ser humano es vivir y vivir bien. No sólo después de la muerte, sino también ahora. Y si algo busca Dios es que ese deseo se haga realidad. Cuanto mejor viva la gente, mejor se realiza el reino de Dios. A Dios no le interesa solo la salvación eterna. Le interesa el bienestar, la salud de las personas, la convivencia, la paz, la familia, el disfrute diario de la vida. Y, cuando todo esto es impedido por el mal, fracasa por nuestro pecado o queda a medias, interrumpido por la muerte, Dios sigue buscando el cumplimiento pleno de sus hijos e hijas en la vida eterna. Así dice Dios en el libro del Apocalípsis: «Al que tenga sed, yo le daré a beber gratis de la fuente del agua de la vida» . ¡Gratis! Sin merecerlo. Así saciará Dios nuestro anhelo de vida. Vivir la espiritualidad de Jesús es vivir buscando siempre lo que lleva a las personas a saciar su anhelo de vida verdadera. Este Dios que quiere la vida, está siempre del lado de las personas y en contra del mal, el sufrimiento y la muerte. Jesús le vive a Dios como una fuerza que sólo quiere el bien, que se opone a todo lo que hace daño al ser humano y que, por lo tanto, quiere liberar la vida del mal. Así lo experimenta y así lo comunica Jesús a través de toda su vida. Por eso, Jesús no hace sino luchar contra los ídolos que se oponen a este Dios de la vida y son divinidades de muerte. Ídolos como el Dinero o el Poder, que deshumanizan a quien les rinde culto, y que exigen víctimas para subsistir. La defensa de la vida le lleva directamente a denunciar y luchar contra lo que trae muerte y deshumanización: «No podéis servir a Dios y al Dinero» . «Dad al César lo que es del César, pero a Dios lo que es de Dios» . Vivir la espiritualidad de Jesús es vivir luchando de manera concreta contra ídolos, poderes, sistemas, estructuras o movimientos que hacen daño, deshumanizan el mundo e introducen muerte. Jesús le vive a Dios como fuerza curadora. A Dios le interesa la salud de sus hijos e hijas. Se opone a todo lo que disminuye o destruye la integridad de las personas. Movido por su Espíritu, Jesús se dedica a curar. El sufrimiento, la enfermedad o la desgracia no son expresión de la voluntad de Dios. No son castigos, pruebas o purificaciones que Dios va enviando a sus hijos. Es impensable encontrar en Jesús un lenguaje de esta naturaleza o una espiritualidad alimentada de esta manera de ver las cosas. Cuando se acerca a los enfermos, no es para ofrecerles una visión piadosa de su desgracia, sino para potenciar su vida. Aquellos ciegos, sordos, cojos, leprosos o poseídos pertenecen al mundo de los que no pueden disfrutar la vida como los demás. Jesús se acerca a ellos para despertar su fe y para lograr en la medida de lo posible su curación. Jesús los quiere ver caminar, hablar, ver, sentir, ser dueños de su mente y de su corazón. Estos cuerpos curados contienen un mensaje para todos: «Si yo expulso los demonios por el Espíritu de Dios, es que está llegando a vosotros el reino de Dios» . Cuando el Espíritu de Dios está vivo y operante en una persona, esa persona vive de alguna manera curando a los demás del mal que los puede esclavizar. Éste fue el recuerdo que quedó de Jesús: «Ungido por Dios con el Espíritu Santo y con poder, pasó la vida haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él» . Vivir la espiritualidad de Jesús, impregnados como él por el Espíritu del Dios de la vida, es pasar la vida «haciendo el bien», curando a los oprimidos, deprimidos o reprimidos. Quien vive del Espíritu de Jesús es curador. Impulsado por el Espíritu de Dios, Jesús vive defendiendo a los pobres. Dios es de los pequeños e indefensos, de los frágiles y desvalidos. Por eso, Jesús felicita a los pobres, bendice a los niños e impone sus manos sobre los enfermos. Son gestos que expresan su deseo de envolver a los indefensos con la fuerza protectora del Espíritu de Dios. Ese Espíritu conduce a Jesús a solidarizarse con los últimos, nunca con los intereses de los primeros. Los poderosos están creando una barrera cada vez mayor entre ellos y los débiles: son el gran obstáculo que impide una convivencia más justa y digna en el mundo. La riqueza de los poderosos no es signo de la bendición de Dios, pues está creciendo a costa del sufrimiento y de la muerte de los más débiles. Toda la vida de Jesús se convierte en un grito: «Los últimos serán los primeros». Quien vive la vida de Jesús termina alineándose con los débiles y defendiendo a los indefensos. De alguna manera, su espiritualidad lo conduce a vivir sugiriendo, susurrando o gritando que para Dios, «los últimos son los primeros». El Espíritu de Dios conduce a Jesús a acoger a los excluidos. No puede ser de otra manera. Su experiencia de Dios es la de un Padre que tiene en su corazón un proyecto integrador donde no haya privilegiados que desprecian a indeseables, santos que condenan a pecadores, puros que se separan de impuros, varones que someten a mujeres, fuertes que abusan de débiles, adultos que dominan a niños. Dios no bendice la exclusión ni la discriminación, sino la igualdad y la comunión fraterna y solidaria. Dios no separa ni excomulga, sino que abraza y acoge. Por eso, Jesús acoge a las mujeres, se acerca a los impuros, toca a los leprosos y promueve una «mesa abierta» a pecadores, indeseables y excluidos, como símbolo de la comunidad fraterna que quiere Dios. La espiritualidad de Jesús es una espiritualidad de comunión, no de separación y exclusión. Quien vive de su Espíritu crea igualdad, fraternidad, acogida, apertura. Es un error construir la comunión excomulgando a los indignos. No responde al Espíritu de Jesús. Lleno de Espíritu de Dios, Jesús se atreve a desenmascarar los mecanismos de una religión y de una espiritualidad que no estén al servicio de la vida. Cuando una religión hace daño, no promueve la vida y hunde a las personas en la desesperanza, queda vacía de autoridad, pues no proviene del Dios de la vida. No hay leyes de Dios intangibles si de hecho hieren a las personas ya de suyo tan vulnerables. La actuación de Jesús es firme y clara respecto a la ley sagrada del sábado: no se puede dejar a alguien sin curar, porque así lo pide la supuesta observancia del culto. Para el Dios de la vida, ¿no será precisamente el sábado el mejor día para restaurar la salud y liberar del sufrimiento? La posición de Jesús quedó grabada para siempre en una sentencia suya inolvidable: «Dios creó el sábado por amor al hombre y no al hombre por amor al sábado» . Movido por este Dios de la vida, Jesús se acerca a los olvidados por la religión. Su verdadera voluntad no puede quedar acaparada por una casta de piadosos o por una clase sacerdotal de controladores de la religión. Dios no da a nadie poder religioso sobre los demás, sino fuerza y autoridad para hacer el bien. Con ese Espíritu actúa siempre Jesús: no con poder autoritario e imposición, sino con fuerza curadora. Jesús libera de miedos generados por la religión, no los introduce; hace crecer la libertad, no las servidumbres; atrae hacia el amor de Dios, no hacia la ley; despierta el amor, no el resentimiento. Quien vive de su Espíritu, sigue sus pasos.