domingo, 18 de octubre de 2009

El poder en la Iglesia

1. El problema capital que plantea este evangelio no es el rechazo de la soberbia, sino el rechazo del poder. Para que los discípulos entiendan lo que el Evangelio les pide, Jesús no pone, como ejemplo de lo que hay que evitar, a los orgullosos, sino a los poderosos. Sin embargo, es un hecho que en la Iglesia se ha entendido y se ha justificado el “ministerio apostólico” como “sacerdocio” dotado de “potestad” (Trento, ses. 23. DH 1764; 1771) y como “episcopado” dotado de “plena y suprema “potestad” (Vat. II. LG 22). El problema que tiene la Iglesia con el Evangelio no está en el posible orgullo, la vanidad o loa soberbia que puedan tener algunos de sus miembros, sino en el poder que el “ministerio apostólico” ejerce sobre los demás católicos.

2. Al decir esto, no se trata de afirmar que en la Iglesia no debe haber presbíteros, obispos y papa. El problema no está en la existencia del poder, sino en el ejercicio de ese poder. Jesús no quiere que los apóstoles (y sus sucesores o colaborados) ejerzan el poder como lo ejercen los jefes políticos. Sin embargo, resulta chocante que el texto evangélico en el que Jesús prohíbe eso, de forma tajante (Mt 20, 26; Mc 10, 43), no se cita ni una sola vez en los documentos principales del Magisterio de la Iglesia (DH, pg. 1583 s). Resulta inevitable pensar que el Magisterio eclesiástico ha escogido del Evangelio lo que ha justificado su poder y su forma de ejercer el poder, al tiempo que se ha marginado lo que plantea el más serio problema al ejercicio del poder eclesiástico.

3. Los documentos eclesiásticos sobre el poder en la Iglesia no son la última palabra sobre este asunto. La Iglesia tiene el derecho y el deber de seguir buscando el modo de ejercer el poder que sea coherente con el Evangelio. Un poder nunca basado en la sumisión incondicional de unos (los laicos) a otros (presbíteros, obispos, papa), sino en el seguimiento de todos a Cristo el Señor.