lunes, 15 de junio de 2009

ECOS DEL DOMINGO: PARA SEGUIR SABOREANDO

El sacramento no es el pan como cosa,sino el gesto de partirlo y repartirlo


No estamos celebrando un sacramento más, sino “el sacramento de nuestra fe”, como dice la liturgia. Esta es la celebración que nos puede llevar más lejos en la comprensión de lo que fue Jesús.

Es imposible meter en el espacio de una homilía la increíble amplitud de significados de este sacramento. A través de los siglos, se han potenciado algunos aspectos y se han minimizado otros. Hoy creo que debemos hacer una nueva valoración de todos ellos. Vamos a fijarnos en dos aspectos que creo debemos cotizar al alza. Y otros dos, que se han exagerado a través del tiempo y que hoy deben ser entendidos de manera más acorde con nuestra sensibilidad.

El primer aspecto que debemos revisar hoy es la presencia real de Cristo en el pan y en el vino. Quede bien claro, que no se trata de negarla. Se trata de explicarla de manera que pueda ser entendida por el hombre de hoy. La creencia en una presencia física y materializada no ayuda, para nada, a entender el sacramento. Si durante siglos no se le dio mayor importancia a esa presencia, no puede ser el aspecto más importante.

La distorsión de la presencia fue el final de un proceso muy largo. Empezó por guardarse algo del pan consagrado para que pudiera participar de la eucaristía el que no había podido asistir. El paso siguiente fue el conservar siempre algo de pan (reserva) para poder ayudar a los que se encontraban en peligro de muerte. Más tarde se vio la necesidad de colocar las especies en recipiente y lugar más digno. Terminó por ponerse en el centro de la iglesia para que fuera adorado. El convertirlo en objeto de devoción y centro de la piedad privada, alejó al pueblo del verdadero valor del sacramento.

Ayudó mucho a este desenfoque la traducción inadecuada de la palabra “cuerpo” de la antropología judía por nuestro “cuerpo”. Para la antropología judía del tiempo de Jesús “cuerpo” no era la carne, sino la persona (capacidad de relaciones con los demás). Pero es que la palabra swma griega, que es la que usan los evangelios, desde Herodoto, también significa la persona entera. La traducción debía ser: esto es mi persona; esto soy yo. Pero bien entendido que “esto” no se refiere a la cosa pan, sino al pan partido y repartido.

También nos ha despistado el haber interpretado el capítulo 6 del evangelio de Juan, como explicación de la eucaristía. En primer lugar dice Jesús: “Yo soy el pan de vida. Quien se acerca a mí nunca pasará hambre y quien me presta adhesión nunca pasará sed”.

No deja la menor duda sobre qué significa comer ese pan. Cuando dice: “Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida definitiva”, está afirmando que asimilar a Jesús, identificarse con él, es poseer la vida definitiva que no tiene fin. Al que hace suya esa Vida, la muerte no le puede afectar.

No hace referencia directa a la eucaristía, sino que nos indica en qué dirección debe ir la misma celebración de la eucaristía. Comer el pan es lo mismo que hacer nuestra la Vida de Jesús, que, un poco más adelante, identifica con la misma Vida de Dios: “El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo el que me coma vivirá por mí”

La eucaristía como sacrificio, es otro aspecto que debemos colocar en su justo lugar. En primer lugar, el modelo judío de sacrificio no puede servir para indicar la actitud de Jesús para con Dios. Va en contra de la predicación y de la actuación de Jesús. El Dios de Jesús no necesita rescate alguno para desplegar su amor. Jesús mismo se desentendió del organigrama sacrificial del templo.

“La muerte por muchos” que aparece en alguno de los relatos, no tiene el sentido de sacrificio expiatorio. Su muerte no es sacrificio, sino modelo de don total a los demás. La argumentación de S. Anselmo, es una estrategia jurídica, que nada tiene que ver con el Dios de Jesús que es amor.

Para mí, el principal aspecto que debíamos recuperar es el de memoria. Para ello debemos acercarnos lo más posible a lo que pasó, desmenuzando los textos. Esta tarea no es nada fácil, porque ninguno de los relatos coincide en la redacción. Este dato sería suficiente para superar todo intento de considerar esas palabras como fórmula mágica.

No sabemos si fue una cena pascual en sentido estricto. No tiene mayor importancia porque el centro de la cena de Jesús con sus discípulos no fue el cordero, sino el pan y el vino. Los textos son simples y todos apuntan a una estructura ya litúrgica.

Aunque es importante saber lo que Jesús hizo, lo más importante es el sentido que él quiso dar a esos gestos y palabras. En esos sencillos signos, está manifestando lo que él es. Jesús se desvinculó del sentido de la Pascua para dar otro sentido a la celebración.

Al decir “esto es mi “cuerpo”, está afirmando lo que él es como persona viva. Al decir “esto es mi “sangre”, está tratando de manifestar lo que es como persona muerta, machacada, “matada”.

Cada una de las fórmulas tienen es sí sentido completo. Esto explica que se le llamara “la fracción del pan”. En algunos relatos, los dos gestos están separados por el tiempo que duraba la misma cena. El reparto del pan se hacía al principio de la cena. La copa se repartía tres veces; y parece que la que Jesús aprovechó para hacer el signo, fue la tercera, que se distribuía al final de la cena.

El otro aspecto que es urgente recuperar en toda su importancia es el de comida comunitaria. Todos los textos hacen hincapié en el aspecto de celebración de la comunidad reunida, siempre en el marco de una comida fraterna. Compartir la mesa era para ellos, compartir la vida, clave para entender el significado profundo de lo que celebramos.

Pablo llega a decir que si hay división entre los ricos y pobres, no es posible celebrar la eucaristía. Si se trata de un sacramento, no puede ser una cosa en sí, sino una acción y además comunitaria.

En aquella cena última se nos afirma que compartir el pan es identificarse con Jesús. Es aceptar su mensaje y su actividad como norma de vida; Vivir en sintonía con él, teniéndole como referente en nuestro quehacer diario.

Beber el vino es, además, identificarse con su sangre, Los judíos siempre que hablan de sangre, hacen referencia a la sangre derramada, es decir, a la muerte. Mientras la sangre no se separa de la carne, es una sola cosa con ella; ambas soportan la vida. Este segundo gesto nos invita a aceptar a un Jesús, que no solo se dio durante su vida, sino que también su muerte fue el don definitivo de sí mismo.

Si se trata de una celebración comunitaria, la que celebra, es la comunidad. El cura puede decir Misa, pero no habrá verdadera eucaristía si no hay, por lo menos dos reunidos en su nombre.

En la última cena no hubo sacerdote sagrado. Jesús era un laico. Ni era sacerdote ni era levita. Era un seglar, que nunca quiso dejar de serlo.

Durante los dos primeros siglos no se planteó el tema de los ministros consagrados. Curiosamente se planteó primero el tema de los diáconos, es decir, los que tenían que llevar a cabo la tarea de atender a los pobres que fue la primera consecuencia de celebrar bien la eucaristía.

Durante varios siglos, las eucaristías no se celebraron en el templo sino en casa. Cualquier lugar es suficientemente digno si los que se reúnen, lo hacen en su nombre. Primero las casas y más tarde las catacumbas y los escondites donde se tenían que refugiar los cristianos, no eran menos dignas que la iglesia, para celebrar la eucaristía.

Como todos los sacramentos, la Eucaristía es consecuencia de la unión de un signo y la realidad significada. Repetimos el signo, es decir las palabras y los gestos que hizo Jesús. Lo significa­do es el AMOR, una realidad trascenden­te que está siempre ahí, ni se crea ni se destruye, ni se hace ni se deshace. Repetimos el signo para hacer presente la realidad significada. Y queremos hacer presente esa realidad, para provocar la vivencia.

El signo no es el pan como cosa, sino el gesto de partirlo y repartirlo. Los signos no son lo más importante, ni siquiera son originales de Jesús. Lo original es el significado que les dio. ‘Haced esto’ lo hemos reducido a un mandato de ir a misa y a lo sumo comulgar, pero Jesús lo que dijo fue: haced lo mismo que yo he hecho, partiros y repartiros, como el pan.


Meditación-contemplación


Esto soy yo, pan que me parto y me reparto.

Esto tenéis que ser vosotros.

Todo el mensaje de Jesús esta aquí.

Todo lo que hay que saber y hay que hacer.

………………



Celebrar la eucaristía no es una devoción.

Su objetivo no es potenciar nuestras relaciones con Dios.

Celebrar la eucaristía es comprometerme con los demás.

Es aprender de Jesús, el camino del verdadero amor.

………………



Si la celebración es compatible con mi egoísmo.

Si sigo desentendiéndome de los que me necesitan,

mis eucaristías no son más que un rito vacío.

El pan que Jesús da nos salvará,

si al comerlo, aprendo a dejarme comer como hizo él.

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Fray Marcos