viernes, 19 de junio de 2009

Comentario biblico dominical

DOMINGO XII TIEMPO ORDINARIO CICLO B
HOMILÍAS JOSÉ ANTONIO PAGOLA

¿Aún no tenéis fe?
Mc 4, 35-40



MIEDO A CREER
¿Por qué sois tan cobardes? Mc 4, 35-41

Los hombres preferimos casi siempre lo fácil, y nos pasamos la vida tratando de eludir todo aquello que exige verdadero riesgo y sacrificio.
Cuántos retroceden y se repliegan cómodamente en la pasividad, cuando descubren las exigencias y luchas que lleva consigo el saber vivir con cierta hondura.
Nos da miedo tomar en serio nuestra vida. Da vértigo asumir la propia existencia con responsabilidad total. Es más fácil «instalarse» y «seguir tirando», sin atreverse a afrontar el sentido último de nuestro vivir diario.
Cuántos hombres y mujeres viven sin saber cómo, por qué ni hacia dónde. Están ahí. La vida sigue cada día. Pero, por el momento, que nadie les moleste. Están ocupados por su trabajo, al atardecer les espera su programa de T. V., las vacaciones están ya próximas. ¿Qué más hay que buscar?
Vivimos en un mundo atormentado, y, de alguna manera hay que defenderse. No se puede vivir a la deriva. Y entonces cada uno se va buscando con mayor o menor esfuerzo el tranquilizante que más le conviene, aunque dentro de nosotros se vaya abriendo un vacío cada vez más inmenso de falta de sentido y de cobardía para vivir nuestra existencia en toda su hondura.
Por eso, los que fácilmente nos llamamos creyentes, deberíamos escuchar con sinceridad total las palabras de Jesús: «¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?».
Quizás nuestro mayor pecado contra la fe, lo que más gravemente bloquea nuestra acogida del evangelio, sea la cobardía. Digámoslo con sinceridad. No nos atrevemos a tomar en serio todo lo que el evangelio significa.
Con frecuencia se trata de una cobardía oculta, casi inconsciente. Alguien ha hablado de la «herejía disfrazada» (M. Bellet) de quienes defienden el cristianismo incluso con agresividad, pero no se abren nunca a las exigencias más fundamentales del evangelio.
Entonces el cristianismo corre el riesgo de convertirse en un tranquilizante más. Un conglomerado de cosas que hay que creer, cosas que hay que practicar y defender. Cosas que «tomadas en su medida», hacen bien y ayudan a vivir.
Pero, entonces todo puede quedar falseado. Uno puede estar viviendo su «propia religión tranquilizante», no muy alejada del paganismo vulgar que se alimenta de confort, dinero y sexo, evitando de mil maneras el «peligro supremo» de encontrarnos con el Dios vivo de Jesús que nos llama a la justicia, la fraternidad y la cercanía a los pobres.


LE IMPORTA
¿No te importa que nos hundamos? Mc 4, 35-40

Hay formas de entender la religión que, aunque estén muy extendidas, son falsas y desfiguran sustancialmente la realidad de Dios y la experiencia religiosa. No son cosas secundarias, sino de fondo.
Veamos un ejemplo. Son bastantes los que se imaginan como dos mundos de intereses. Por una parte, están los intereses de Dios. A él le interesa su gloria, es decir, que las personas crean en él, que lo alaben y que cumplan su voluntad divina. Por otra, están los intereses de los humanos que nos afanamos por vivir lo mejor posible y ser felices.
A Dios, evidentemente, le interesa «lo suyo» y trata de poner al hombre a su servicio. Impone sus diez mandamientos (como podía haber impuesto otros o ninguno) y está atento a cómo le responden los hombres. Si le obedecen los premia, en caso contrario los castiga. Como Señor que es, también concede favores; a unos más que a otros; a veces gratuitamente, a veces a cambio de algo.
Los hombres, por su parte, buscan sus propios intereses y tratan de ponerle a Dios de su parte. Le «piden ayuda» para que les salgan bien las cosas; le «dan gracias» por determinados favores; incluso le «ofrecen sacrificios» y «cumplen promesas» para forzarlo a interesarse por sus asuntos.
En realidad, las cosas son de manera muy diferente. A Dios lo único que le interesa somos nosotros. Nos crea sólo por amor y busca siempre nuestro bien. No hay que convencerlo de nada. De él sólo brota amor hacia el ser humano. No busca contrapartidas. No ama al hombre para obtener de él su reconocimiento. Lo único que le interesa es el bien y la dicha de las personas. Lo que le da verdadera gloria es que los hombres y mujeres vivan en plenitud.
Si quiere que cumplamos esas obligaciones morales que llevamos dentro del corazón por el mero hecho de ser humanos, es porque ese cumplimiento es bueno para nosotros. Dios está siempre contra el mal porque va contra la felicidad del ser humano. No «envía» ni «permite» la desgracia. No está en la enfermedad, sino en el enfermo. No está en el accidente, sino con el accidentado. Está en aquello que contribuye ahora mismo al bien del hombre. Y, a pesar de los fracasos y desgracias inevitables de esta vida finita, está orientándolo todo hacia la salvación definitiva.
En el relato evangélico de Marcos, los discípulos, zarandeados por la tempestad, gritan asustados: «Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?» Jesús calma el mar (símbolo del poder del mal) y les dice: «¿Aún no tenéis fe?» Mientras no hemos descubierto que a Dios lo que le importa es que no nos hundamos, ¿qué fe tenemos?

¿POR QUÉ TANTO MIEDO?

La tempestad calmada por Jesús en medio del lago de Galilea siempre ha tenido gran eco entre los cristianos. Ya no es posible conocer su núcleo histórico original. Marcos ha trabajado el relato para invitar a su comunidad, amenazada por la persecución y la hostilidad, a confiar en Jesús.
La escena es sobrecogedora. La barca se encuentra en medio del mar. Comienza a echarse encima la oscuridad de la noche. De pronto, se levanta un fuerte huracán. Las olas rompen contra la barca. El agua lo va llenando todo. El grupo de Jesús está en peligro.
Dentro de la barca, los discípulos están angustiados: en cualquier momento se pueden hundir. Mientras tanto, Jesús «duerme» en la parte trasera, tal vez en el lugar desde el que se marca el rumbo de la embarcación. No se siente amenazado. Su sueño tranquilo indica que en ningún momento ha perdido la paz.
Dice San Pablo que «el amor no lleva las cuentas del mal» (1 Cor 13, 5). Siempre entendemos estas palabras como una exhortación que se nos hace a nosotros. Y pocas veces nos detenemos a pensar que esto se ha de decir, antes que nada, de aquel que es el Amor verdadero. ¡Cuántos cristianos se sorprenderían al escuchar que Dios no lleva cuentas del mal! ¡Qué gozo para muchos descubrir que el amor incondicional de Dios no lleva cuentas de nuestros pecados!
Y sin embargo, es así. El amor perdonador de Dios está siempre ahí, penetrando todo nuestro ser por dentro y por fuera. Incomprensible, insondable, infinito. Sólo amor. Esto no significa que nuestros pecados sean algo banal y sin consecuencias en la construcción de nuestra vida y de nuestro futuro último.
Al contrario, el pecado nos destruye porque nos encierra en nosotros mismos y rompe nuestra vinculación con ese Dios perdonador. No es Dios el que se cierra a nosotros. Somos nosotros los que nos cenamos a su amor.
No es Dios el que tiene que cambiar de actitud. Por su parte, siempre hay perdón. Somos nosotros los que hemos de cambiar para abrirnos a Dios y dejarnos recrear de nuevo por su amor eternamente fiel. El perdón se nos está ofreciendo ya. Somos nosotros los que hemos de acogerlo con fe, gratitud y amor.