viernes, 29 de mayo de 2009

Comentario biblico dominical

Recibid el Espíritu Santo.

Jn 20, 19-23




NECESIDAD DEL ESPIRITU

Lo «espiritual» no evoca hoy gran cosa en muchos de nuestros contemporáneos. La misma palabra «espíritu» queda asociada al mundo de lo etéreo, lo inverificable, lo irreal. Sólo parece interesar lo material, lo práctico, lo útil y eficaz.

Incluso, podríamos decir que «lo espiritual» suscita en muchos una actitud de reserva y sospecha. El pensamiento marxista nos ha puesto en guardia frente a actitudes espirituales incapaces de tomar en serio la materia y la construcción de la ciudad terrestre.

Por su parte, representantes de la sicología profunda han descalificado, de manera penetrante, un espiritualismo olvidado de la esfera de los instintos y de la vida del cuerpo.

Y sin embargo, son bastantes las voces y los movimientos que reclaman hoy con fuerza el retorno al espíritu. La nostalgia del hombre occidental no busca sólo un nuevo sistema socio-económico, ni nuevas filosofías, sino una nueva vida, un aliento nuevo, una fuerza de salvación capaz de liberar al hombre del desencanto, del absurdo y del nihilismo destructor.

Es aquí donde debemos situar hoy los creyentes la fe en el Espíritu Santo, para redescubrir con gozo las posibilidades que se nos pueden abrir, si sabemos acoger con conciencia viva la acción salvadora de Dios en nuestras vidas.

Los creyentes siempre han reconocido al Espíritu una eficacia regeneradora. El hombre que acierta a abrirse a la acción de Dios en lo profundo de su corazón, descubre una fuerza capaz de regenerarlo, unificarlo, iluminarlo e impulsarlo más allá de los límites en que parecía iba a quedar encerrado para siempre.

Una gran parte de los hombres y mujeres de nuestro tiempo viven en desarmonía consigo mismo, sin un núcleo interior que unifique sus vidas, sin una razón profunda que dé aliento a su existencia, alienados desde lo más profundo de su conciencia, sin pertenecer a sí mismos, sin sospechar nunca que en lo más hondo de su ser hay una fuerza capaz de transformar sus vidas.

Los cristianos necesitamos creer más y con más concreción en la eficacia humanizadora y liberadora que tiene el vivir abiertos a la acción de Dios en nosotros.

El hombre no recupera su integridad replegándose sobre sí mismo, ni alcanza su liberación sometiéndose al poder, la ciencia o el dinero. El hombre se va haciendo humano cuando se abre a la acción del Espíritu que nos pone en armonía con nosotros mismos, nos conduce al encuentro con los otros en la verdad y la paz, y nos abre a la comunicación gozosa con Dios.

Nada de esto se puede entender desde fuera. Cada uno debe descubrir por experiencia propia cómo la fe y la docilidad al Espíritu satura de sentido y de gozo su existencia.



SABOREAR LA VIDA EN LA FUENTE

Una de las deformaciones más deplorables de cierta teología es concebir el don del Espíritu Santo como algo que se recibe sólo y exclusivamente de manera secreta e invisible, en lo más oculto del alma, al margen de lo que va sucediendo en nuestra vida.

Sin embargo, el don del Espíritu no es sino la auto-comunicación gratuita de Dios que se nos regala de múltiples maneras desde el fondo de la vida, a través de las personas que vamos encontrando en nuestro camino y a través de los acontecimientos y experiencias que tejen nuestra existencia.

Esta comunicación de Dios no es un fenómeno esporádico que sucede sólo en fechas litúrgicas determinadas o se canaliza siempre a través de los sacramentos. Sin duda que hay experiencias privilegiadas radicalizadas por la gracia, pero el amor de Dios se nos va regalando constantemente a todos desde lo más hondo de nuestro vivir.

Toda persona "posee en lo más profundo de sí misma un dinamismo espiritual". Cuando trabaja y lucha, cuando ama, goza o sufre, cuando vive y cuando muere, no lo hace sola, sino acompañada por la presencia amorosa del Espíritu de Dios.

Nosotros podemos estar atentos a esa presencia o no prestarle atención alguna, podemos acoger libremente su acción o rechazarla, pero el Espíritu de Dios está siempre ahí, como "dador de vida".

Tal vez alguno piense que es un despropósito hablar así en nuestros días. ¿Cómo puede haber todavía un lugar para el Espíritu Santo en la era de la técnica, la planificación científica y los ordenadores?

Entiendo lo que siente quien así piensa. Sé, por otra parte, que las realidades más profundas de la existencia ha de descubrirlas uno mismo por propia experiencia y que, sin ésta, de poco sirven las palabras que nos digan desde fuera. Yo sólo me atrevería a decirle esto: "Medita lealmente y con rigor la existencia, detente en las experiencias más profundas del gozo o del dolor, en los momentos culminantes del amor o de la soledad, ¿no sientes que en el fondo de nosotros hay un misterio último inexpresable que estamos casi siempre rehuyendo?".

El "hombre espiritual" no es un ser extraño y anormal. Es sencillamente una persona que ha aprendido a "saborear la vida en la fuente". Por eso capta lo que otros no captan y goza lo que otros no son capaces de gozar.

Tal vez, lo primero que hemos de pedir esta mañana de Pentecostés es el don de gustar la vida en su fuente, en el Espíritu, para poder saborearla sin intoxicarla y para disfrutar de ella sin arruinarla. Gustar a Dios. Esa es la clave para no atrofiar la vida.



ATEISMO DEL CORAZON

Quizás no son muchos los que, entre nosotros, niegan a Dios teóricamente hasta las últimas consecuencias. Sin duda, son muchos más los que prescinden de Dios, son ateos prácticos y viven como si en el fondo Dios no les afectara para nada.

Este «ateísmo del corazón» está más extendido de lo que sospechamos. Hombres y mujeres que quizás alguna vez pronuncian fórmulas rutinarias, pero que no abren nunca su corazón a Dios. Personas que ya no «escuchan» a nadie en su interior.

Cuántos que se dicen cristianos, se defienden ante Dios con oraciones recitadas de memoria, pero se avergonzarían de hablar con él espontáneamente y de corazón.

Por otra parte, ¿quién encuentra hoy un «rincón» para el silencio, la meditación, el recogimiento y la paz interior? ¿Quién tiene tiempo para orar en medio de las prisas, la agitación, el nerviosismo o el perpetuo cansancio?

La lucha por la vida, la competencia despiadada, la presión continua, está llevando a muchos a la asfixia y el ahogo espiritual. Esta sociedad donde el infarto ha llegado a ser el símbolo de todo un modo de vivir, corre el riesgo de ir perdiendo su alma y su vida interior.

Y, sin embargo, el Espíritu de Dios no está ausente de esta sociedad, aunque lo reprimamos, lo encubramos o no le prestemos atención alguna. El sigue trabajando silenciosamente a los hombres en lo más profundo de ese corazón demasiado «ateo».

Aquel gran teólogo y mejor creyente que fue K. Rahner nos ofrece algunas pistas para reconocer su presencia misteriosa pero real.

«Cuando el vivir diario, amargo, decepcionante y aniquilador se vive con perseverancia hasta el final, con una fuerza cuyo origen no podemos abarcar ni dominar.

Cuando uno corre el riesgo de orar en medio de las tinieblas silenciosas sabiendo que siempre somos escuchados, aunque no percibimos una respuesta que se pueda razonar o disputar...

Cuando uno acepta y lleva libremente una responsabilidad sin tener claras perspectivas de éxito y de utilidad...

Cuando se experimenta la desesperación y misteriosamente se siente uno consolado sin consuelo fácil...

Cuando se da una esperanza total que prevalece sobre las demás esperanzas particulares y abarca con su suavidad y silenciosa promesa todos los crecimientos y todas las caídas...

Entonces el Espíritu de Dios está trabajando. Allí está Dios. Allí es Pentecostés».