jueves, 21 de mayo de 2009

Comentario biblico dominical

Ascendió al cielo.

Mc 16,15-20




MIRANDO AL CIELO


Un viejo relato de la Ascensión recogido en los Hechos de los Apóstoles termina con un episodio muy significativo. Los discípulos quedan con la mirada fija en el cielo donde ha desaparecido el Señor. Entonces se presentan dos varones vestidos de blanco que les dicen: «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?».

Probablemente, el relato trata de corregir la actitud equivocada de algunos creyentes. No es el momento de permanecer pasivos mirando al cielo, sino de comprometerse activamente en la construcción del reino de Dios, con la esperanza puesta en e Señor que un día volverá.

A los cristianos se nos ha acusado muchas veces, y con razón, de estar demasiado atentos al cielo futuro, y poco comprometidos en la tierra presente.

Hoy quizás las cosas han cambiado. No sabría decir si acertamos a comprometernos más responsablemente en la construcción de un mundo más humano. Pero, ciertamente, son bastantes los cristianos que han dejado de mirar al cielo.

Las consecuencias pueden ser graves. Olvidar el cielo no conduce automáticamente a preocuparse con mayor responsabilidad de la tierra. Ignorar al Dios que nos espera y nos acompaña hacia la meta final, no da una mayor eficacia a nuestra acción social y política. No recordar nunca la felicidad a la que estamos llamados, no acrecienta nuestra fuerza para el compromiso diario.

Por otra parte, obsesionados por el logro inmediato de bienestar, atraídos por pequeñas y variadas esperanzas, atrapados en la rueda del trabajo y el consumo, quizás necesitamos que alguien nos grite: «Creyentes, ¿qué hacéis en la tierra sin mirar nunca al cielo?».

Los humanos hemos acortado demasiado el horizonte de nuestra vida. Nos contentamos con esperanzas demasiado pequeñas. Se diría que hemos perdido el anhelo de lo infinito.

No se trata de elevar nuestra mirada hacia un cielo salido de las manos del Creador como un acto de «magia divina», sino de descubrir que Dios es Alguien que está llevando a su plenitud todo el deseo de vida y felicidad que se encierra en la creación y en la historia de todos los hombres.

Creer en el cielo es recordar que los seres humanos no podemos darnos todo lo que andamos buscando. Y, al mismo tiempo, creer que nuestros esfuerzos de crecimiento y búsqueda de una tierra más humana no se perderán en el vacío. Porque al final de la vida no nos encontraremos sólo con los logros de nuestro trabajo sino con el regalo del amor de Dios.



PEDAGOGÍA DE LA ASCENSIÓN



Es tan poca la atención que la teología contemporánea presta a la Ascensión de Cristo, que su hondo significado pasa casi desapercibido, no sólo para los cristianos despreocupados sino, incluso, para aquellos que se esfuerzan por ser fieles a Jesucristo.

Sin embargo, la Ascensión nos ofrece la clave para entender la dinámica del cristianismo después de Cristo y la pedagogía para vivir la fe de manera responsable y adulta.

Para entender el significado de la Ascensión, hemos de recordar el diálogo entre Jesús y sus discípulos: "Yo me voy al Padre y vosotros estáis tristes... Sin embargo, os conviene que yo me vaya para que recibáis el Espíritu Santo", es decir, "ya no me podréis retener en vuestra experiencia inmediata, pero conviene que yo me vaya para que seáis adultos y caminéis por vosotros mismos bajo la acción del Espíritu".

La tristeza y preocupación de los discípulos tiene una explicación. Desean seguridad: tener siempre junto a ellos a Cristo para que les resuelva los problemas o, al menos, les indique el camino seguro para encontrar la solución. Es la tentación de vivir la fe de manera protegida, infantil e irresponsable.

La respuesta de Jesús cobra particular importancia en estos tiempos en que parece crecer en ciertos sectores de la Iglesia la tentación del inmovilismo, el miedo a la creatividad, la nostalgia por "reproducir un determinado cristianismo", la "regresión al seno materno".

La pedagogía de Cristo consiste en ausentarse para que pueda crecer la libertad de sus seguidores. Sólo les dejará la impronta de su Espíritu. Así es siempre la auténtica pedagogía: el padre o el educador han de retirarse en un determinado momento y dejar sólo su inspiración para no ahogar la creatividad, sino permitir el crecimiento responsable y adulto.

Siempre es tentador vivir de manera infantil la religión, sin mediación alguna de la propia conciencia, buscando en la letra del evangelio soluciones "prefabricadas" para nuestros tiempos o pretendiendo que la autoridad religiosa nos dicte sin ambigüedad y con precisión absoluta la doctrina que hemos de creer y las normas morales que hemos de cumplir.

Este fideísmo infantil o fundamentalismo religioso en el que la persona no ejercita su propia libertad, engendra, tarde o temprano, ateísmo pues llega un momento en el que el hombre, para ser responsable y adulto, siente la necesidad de eliminar al Dios de esa religión.

La Ascensión nos recuerda que vivimos "el tiempo del Espíritu", tiempo de creatividad y crecimiento responsable, ya que el Espíritu no nos da nunca recetas concretas para los problemas. Sin embargo, cuando lo acogemos, nos hace capaces de ir buscando caminos nuevos al evangelio de Cristo.

Este evangelio no se impone desde la autoridad o la presión, sino haciéndolo pasar por las conciencias y el corazón antes que por las leyes y las instituciones.

La Ascensión nos invita a vivir bajo "la pedagogía del Espíritu", el único que nos hace fieles al evangelio de Jesús.



RECUPERAR EL HORIZONTE



Según el magnífico estudio «La esperanza olvidada» del pensador francés J. Ellul, uno de los rasgos que mejor caracterizan al hombre moderno es la pérdida de horizonte.

El hombre actual parece vivir en «un mundo cerrado», sin proyección ni futuro, sin apertura ni horizonte.

Nunca los seres humanos habíamos logrado un nivel tan elevado de bienestar, libertad, cultura, larga vida, tiempo libre, comunicaciones, intercambios, posibilidades de disfrute y diversión. Y, sin embargo, son pocos los que piensan que nos estamos acercando «al paraíso en la tierra».

Han pasado los tiempos en que grandes sectores de la humanidad vivían ilusionados en construir un futuro mejor. Los hombres parecemos cansados. No encontramos motivos para luchar por una sociedad mejor y nos defendemos como podemos del desencanto y la desesperanza.

Son cada vez menos los que creen realmente en las promesas y soluciones de los partidos políticos. Un sentimiento de impotencia y desengaño parece atravesar el alma de las sociedades occidentales.

Las nuevas generaciones están aprendiendo a vivir sin futuro, actuar sin proyectos, organizarse sólo el presente. Y cada vez son más los que viven sin un mañana.

Hay que vivir el momento presente intensamente. No hay mañana. Unos corren al trabajo y se precipitan en una actividad intensa y deshumanizadora. Otros se refugian en la compra y adquisición de cosas siempre nuevas. Muchos se distraen con sus programas preferidos de TV... Pero son pocos los que, al salir de ese cerco, aciertan a abrir un futuro de esperanza a sus vidas.

Y, sin embargo, no podemos vivir sin esperanza. Como decía Clemente de Alejandría, «somos viajeros» que seguimos buscando algo que todavía no poseemos.

Nuestra vida es siempre «expectación». Y cuando la esperanza se apaga en nosotros, nos detenemos, ya no crecemos, nos anulamos, nos destruimos. Sin esperanza dejamos de ser personas humanas.

Sólo quien tiene fe en un futuro mejor puede vivir intensamente el presente. Sólo quien conoce el destino camina con firmeza a pesar de todos los obstáculos. Quizás éste sea el mensaje más importante de la fiesta de la Ascensión para una sociedad como la nuestra.

Para quien no espera nada al final, los logros, los gozos, los éxitos de la vida son tristes porque se acaban.

Para quien cree que esta vida está secretamente abierta a la VIDA DEFINITIVA, los logros, los trabajos los sufrimientos y gozos son anhelo, anuncio, búsqueda de la Felicidad final.