domingo, 20 de septiembre de 2009

DOMINGO XXV TIEMPO ORDINARIO CICLO B

ACOGER AL NIÑO


Las primeras víctimas del deterioro y de los errores de una sociedad son casi siempre los más débiles y desamparados: los niños. Esos seres que dependen totalmente del cuidado de sus padres o de la ayuda de los adultos. Basta abrir los ojos y observar lo que sucede entre nosotros.

La crisis de la familia y la inestabilidad de la pareja están provocando en algunos hijos efectos difíciles de medir en toda su hondura. Niños poco queridos, privados del cariño y la atención de sus padres, de mirada triste y ánimo crispado, que se defienden como pueden de la dureza de la vida sin saber dónde encontrar refugio seguro.

El bienestar material maquilla a veces la situación ocultando de manera sutil la «soledad» del niño. Ahí están esos hijos, repletos de cosas, que reciben de sus padres todo lo que les apetece, pero que no encuentran en ellos la atención, el cariño y la acogida que necesitan para abrirse a la vida con seguridad y gozo.

Y ¿los educadores? No lo tienen fácil. Piezas de un sistema de enseñanza que, por lo general, fomenta más la transmisión de datos que el acompañamiento humano, tienen el riesgo de convertirse en «procesadores de información» más que en «maestros de vida». Por otra parte, muchos de ellos han de enfrentarse cada mañana a alumnos desmotivados e indolentes sabiendo que apenas encontrarán en sus padres colaboración para su tarea.

No se trata de culpabilizar a nadie. Es toda la sociedad la que ha de tomar conciencia de que un pueblo progresa cuando sabe acoger, cuidar y educar bien a las nuevas generaciones. Es un error planificar el futuro y descuidar la educación integral de niños y jóvenes. Es necesario apoyar más a la familia, valorar a los educadores, saber que la tarea más importante para el futuro es mejorar la calidad humana de quienes serán sus protagonistas.

«El que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí». Estas palabras de Jesús, recogidas en diversas tradiciones evangélicas, son una llamada a la responsabilidad. En las primeras comunidades cristianas no se protege al niño por razones jurídicas o legales. La razón es más honda. Los creyentes han de sentirse responsables ante el mismo Cristo de acoger a esos niños que, sin el cuidado y la ayuda de los adultos, no podrán abrirse a una vida digna y dichosa. La vida que Dios quiere para ellos.


EL ARTE DE EDUCAR

El que acoge a un niño... Mc 9, 30-37


Hay quienes afirman que la tragedia más grave de la sociedad contemporánea es la crisis de la relación educativa. Los padres cuidan a sus hijos y los maestros enseñan a sus alumnos, pero en no pocos hogares y colegios se ha perdido «el espíritu de la educación».

Y, sin embargo, si una sociedad no sabe educar a las nuevas generaciones no conseguirá ser más humana, por muchos que sean sus avances tecnológicos y sus logros económicos. Para el crecimiento humano, los educadores son más importantes y decisivos que los políticos, los técnicos o los economistas.

Educar no es instruir, adoctrinar, mandar, obligar, imponer o manipular. Educar es el arte de acercarse al niño, con respeto y amor, para ayudarle a que se despliegue en él una vida verdaderamente humana.

La educación está siempre al servicio de la vida. Verdadero educador es el que sabe despertar toda la riqueza y las posibilidades que hay en el niño. El que sabe estimular y hacer crecer en él, no sólo sus aptitudes físicas y mentales, también lo mejor de su mundo interior y el sentido gozoso y responsable de la vida. La célebre educadora M Danielou decía que «el niño más humilde tiene derecho a una cierta iniciación a la vida interior y a la reflexión personal».

Cuando en las instituciones educativas se ahoga «el gusto por la vida», y los enseñantes se limitan a transmitir de manera disciplinada el conjunto de materias que a cada uno se le han asignado (asignaturas), allí se pierde «el espíritu de la educación».

Por otra parte, la relación educativa exige verdad. Se equivocan los educadores que para ganarse el respeto y la admiración de sus alumnos se presentan como dioses. Lo que los niños necesitan es encontrarse con personas reales, sencillas, cercanas y profundamente buenas.

Asimismo, el verdadero educador respeta al niño, no lo humilla, no destruye su autoestima. Una de las maneras más sencillas y nefastas de bloquear su crecimiento es repetirle constantemente: «no hay quien te aguante», «eres un desastre», «serás un desgraciado el día de mañana».

En la relación educativa hay además un clima de alegría, pues la alegría es siempre «signo de creación» y, por ello, uno de los principales estímulos del acto educativo. Así escribía Simone Weil: «La inteligencia no puede ser estimulada sino por la alegría. Para que haya deseo tiene que haber placer y alegría. La alegría de aprender es tan necesaria para los estudios como la respiración para los corredores».

Hace unos días se han abierto los colegios y centros de enseñanza. Miles de niños han vuelto de nuevo a sus maestros y enseñantes. ¿Quién tendrá la suerte de encontrarse con un verdadero educador o educadora? ¿Quién los acogerá con el respeto y la solicitud de aquél que un día en Cafarnaum abrazó a uno de ellos diciendo: «Quien acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí?»

sábado, 29 de agosto de 2009

22º domingo de tiempo ordinario (Mc 7, 1-23)

Contra las falsas tradiciones, la libertad cristiana

El evangelio oficial de este domingo selecciona sólo unos pasajes de este capítulo de Marcos, que es una especie de “carta magna” de la libertad cristiana. Por eso he querido comentarlo por entero, para aquellos que tengan tiempo y puedan meditarlo y aplicarlo después por sí mismos. El texto puede dividirse en tres secciones:
1) Acusación de fariseos y escribas contra los discípulos de Jesús porque no guardan la pureza en las comidas (7, 1-5).
2) Anti-acusación de Jesús que critica a sus críticos, diciendo que no cumplen el mandato fundante de Dios (7, 6-13).
3) Enseñanza general sobre la pureza, explicada después a los discípulos. (7, 14-23).
Este evangelio no es una crítica en contra del “buen judaísmo” (¡que existe, gracias a Dios, y es admirable!), sino en contra del mal judaísmo que puede pervivir y pervive en muchos cristianos legalistas, que olvidan el buen corazón, para seguir defendiendo tradiciones falsas de los presbíteros de turno.
1.- Acusación judía. Normas de comida (7, 1-5)
1 Los fariseos y algunos escribas procedentes de Jerusalén se acercaron a él 2 y observaron que algunos de sus discípulos comían los panes con manos impuras, es decir, sin lavárselas 3. [Es de saber que los fariseos y los judíos en general no comen sin antes haberse lavado las manos meticulosamente, aferrándose a la tradición de sus presbíteros; 4 y al volver de la plaza, si no se bautizan no comen; y observan por tradición otras muchas costumbres, como los bautismos de vasos, jarros, bandejas y lechos]. 5 Así que los fariseos y los escribas le preguntaron:
)Por qué tus discípulos no proceden conforme a la tradición de los presbíteros, sino que comen el pan con manos impuras?
Fariseos y bautistas preguntaron ya sobre el ayuno (2, 18). Ahora lo hacen fariseos (quizá de Galilea) y escribas que vienen de Jerusalén (como en 3, 22), con autoridad oficial, para inspeccionar la conducta de las comunidades cristianas (que aparecen así vinculadas al judaísmo). Su cuestión nos sitúa en el centro del mundo rabínico:
a: Ocasión (7, 1-2). Fariseos y escribas observan la impureza alimenticia de los discípulos.
b: Paréntesis explicativo (7, 3-4). Mc explica, en un aparte literario, las normas de pureza judías.
a': Pregunta concreta (7, 5). Fariseos y escribas plantean a Jesús la cuestión de la pureza
Ellos (fariseos y escribas) mantienen la tradición de los presbíteros o antepasados que aparecen como padres fundadores, guardianes de la historia y garantes de la identidad actual del pueblo. Por eso defienden la vieja Ley Escrita (Pentateuco, Biblia Hebrea) y la completan y/o explicitan con la Ley Oral, fijada por las tradiciones que los escribas cultivan con esmero, siendo después codificadas (siglo II d. de C.). En el fondo identifican mandamiento de Dios y tradición de los presbíteros (paradosis tôn presbyterôn: 7, 3) como exige la Misná.
Así han trazado en torno al pueblo una especie de valla de seguridad (cf.. Abot 3, 13), un muro de protección que les permita vivir en santidad y pureza, tanto en plano personal (cada uno cumple la Ley) como a nivel comunitario (esa Ley identifica y distingue al pueblo). Dios mismo se revela a través de la tradición, de tal manera que la fe en Dios aparece como experiencia de vinculación nacional a través de los ritos (tradiciones) de los presbíteros
La ley judía se explicita en forma de comunidad de mesa, pues ella distingue alimentos (puros e impuros) y fija la manera en que deben prepararse y consumirse, en un entorno de purificación ritual (lavatorios o bautismos), que convierte la comida en sacrificio sacerdotal. La casa y mesa de los judíos ha venido a convertirse de esa forma en templo. Por eso, ellos deben purificarse para comer y no pueden sentarse a la mesa con los gentiles, sobre todo en los días de fiesta. Desde este fondo han planteado su objeción los escribas y fariseos . Jesús ha compartido la comida en descampado (con todos), sin sujetarse a las normas de pureza y se ha dejado tocar por los impuros (enfermos). Lógicamente, en la línea del antagonismo anterior (cf. 2, 1-13; 2, 23-3, 6; 3, 22-30) los responsables del puro Israel le critican.
--Jesús y sus discípulos comen el pan con mano impura (7, 2.5). Para ellos, lo que importa es la multiplicación, pan compartido. Logicamente, el ritual de purificación de comidas les parece secundario.
--Los fariseos y escribas de Jerusalén acentúan la pureza sobre la multiplicación. Por eso consideran esenciales las normas de separación nacional/ritual, no sea que se mezcle lo puro con lo impuro, el judaísmo y los gentiles.
El fariseísmo quería extender a todo el pueblo unas normas de pureza del Levítico, que en principio regulaban la conducta de los sacerdotes en el templo. No está en juego ningún dogma sobre Dios sino un rito de comunicación en torno a la comida. Aquí se distinguen y separan dos formas de entender la tradición:

--Jesús ofrece su alimento compartido a todos los que vienen, rompiendo para ello las normas de comensalía ritual intrajudía. Le preocupan los pobres: que todos los humanos puedan compartir el don del reino, expresado en la comida.
-- Escribas y fariseos acentúan la importancia de la pureza ritual del judaísmo. Mientras Jesús ofrece un proyecto universal de mesa compartida ellos siguen discutiendo sobre normas de comensalidad nacional .
Aquí se fija la separación entre iglesia y judaísmo. Jesús insiste en la comida abierta, en gratuidad, apertura a los pobres y comunicación universal. Escribas y fariseos acentúan la comida limpia, acentuando la identidad e integración de grupo. Así se plantea el dilema: (Compartir los panes con todos o sólo con los miembros del grupo de los puros( (dar primacía a la comunicación universal, con riesgo de caer en algún tipo de impureza, o crear islas pequeñas, resguardadas, de pureza intensa en el mar de impureza de este mundo! .
Este problema está al fondo del llamado Concilio de Jerusalén (cf. Hech 15) y se expresa de un modo especial en el evangelio de la libertad de Pablo (cf. Gal 1-3), empeñado en lograr que todos los cristianos (procedentes de la gentilidad y/o del judaísmo) compartan el pan de manera que el misterio del único Cristo se exprese como unión familiar concreta entre los humanos antes separados. Mc 7, 1-23 nos lleva al lugar de enfrentamiento más intenso de la iglesia primitiva y ofrece su respuesta partiendo de la misma conducta de Jesús (multiplicación, curaciones) . En ella se vinculan dos principios que, pudiendo parecen opuestos en abstracto, forman la base de la libertad cristiana:
--Principio de universalidad: todos los humanos pueden y deben compartir la comida mesiánica. En la raíz de ese principio hay más que una experiencia social de solidaridad, más que una doctrina sobre la unidad del logos o la mente en los humanos; en esa raíz está la entrega de Jesús.
-- Principio de interioridad. La pureza verdadera brota y se mantiene a nivel de corazón (cf. 7, 21). Sólo allí donde los humanos se vinculan en comunidad de mesa puede expresarse de forma completa, perfecta, el valor del corazón como principio del que brotan los buenos pensamientos y deseos .
Esos principios (universalidad e interioridad) expresan la más honda aportación del evangelio. Lo que aquí se pone en juego no son unas verdades teóricas sino el bien de los pobres (hambrientos, enfermos). Jesús no ha comenzado discutiendo teorías sobre lo puro o impuro sino curando a los enfermos, ofreciendo comida a los hambrientos... Para defender sus curaciones, para mantener su proyecto de pan compartido, expone ahora su visión de la pureza interior, superando el nivel particular de escribas y fariseos y remontándose al principio de lo humano, a los mandatos primordiales de Gen 1 .
2.- Respuesta cristiana: mandato de Dios y tradiciones humanas (7, 6-13)
6 Pero él les contestó:
#Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, según está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. 7 En vano me dan culto, enseñando doctrinas que son preceptos humanos. 8 Vosotros dejáis a un lado el mandamiento de Dios y os aferráis a la tradición de los hombres.
9 Y añadió:
#(Qué bien anuláis el mandamiento de Dios para conservar vuestra tradición! 10 Pues Moisés dijo: Honra a tu padre y a tu madre, y el que maldiga a su padre o a su madre, será reo de muerte. 11 Vosotros, en cambio, afirmáis que si uno dice a su padre o a su madre: *Declaro corbán (es decir, don sagrado) lo que puedo deberte+, 12 ya le permitís que deje de socorrer a su padre o a su madre, 13 anulando así el mandamiento de Dios con esa tradición vuestra, que os habéis transmitido. Y hacéis otras muchas cosas semejantes a ésta.
Jesús responde de modo directo, acusando a sus acusadores, en texto de fuerte dramatismo que consta de dos partes principales: 1) Denuncia profética (7, 6-7), tomada de Isaías (como en citas de 1, 3 y 4, 12). 2) Argumentación legal (7, 8-13) a partir de Ex 20, 12; Dt 5, 16. Así distingue dos actitudes o valores:
-- Por una parte está el mandato, entolê, (7, 8-9) o palabra de Dios (7, 13) que se revela por la Escritura, interpretada en su verdad por Jesús
-- Por otra la tradición o paradosis de los presbíteros (7, 3.8-9.13) que Mc toma como creación humana, religión al servicio del sistema. En esa misma línea se pondrá más tarde Pedro (8, 33).
Las leyes de separación ritual (nacionalismo religioso) son invento humano, obra de aquellos que se escuchan y buscan a sí mismos en vez de buscar a Dios. Por fidelidad a Dios (a su palabra originaria, transmitida por la Escritura) Jesús ha superado los principios de comensalidad intrajudía, para conducirnos en éxodo nuevo al amplio espacio de lo humano, al lugar donde judíos y gentiles, (conforme al signo de la multiplicación de los panes) podemos compartir una misma palabra y comida. Así rompe la familia nacional de los presbíteros (avalada por la pureza del templo) para que pueda surgir la comunión universal de los humanos. Sobre ese fondo ha destacado Mc la importancia de los padres en cuanto necesitados :
--Jesús ha criticado a los presbíteros garantes de la separación ritual de pureza y comidas (7, 3.5 ) y de esa forma ha liberado a sus discípulos de toda obligación respecto a los ancianos entendidos como mediadores de imposición sacral (cf. 7, 1-7), conforme a 3, 31-35 y 10, 29. Sólo así nos hace seres personales, abiertos a la familia universal de los humanos.
-- Criticando a los presbíteros, Jesús recupera el valor del padre y la madre en cuanto seres concretos, especialmente necesitados (7, 8-13). De esta forma eleva la comunión humana por encima de toda ley positiva y declara absoluta la exigencia de ayudar a los padres menesterosos, en palabra que sitúa el mandamiento del decálogo (Ex 20, 12) sobre las tradiciones sacrales del judaísmo. Allí donde el padre pierde su autoridad sagrada (no es presbítero que impone su ley ) puede aparecer ya unido a la madre como signo de Dios para los hijos, por encima del mismo templo de Jerusalén.
Precisamente allí donde Mc supera la paternidad israelita puede presentarnos la verdadera familia humana como lugar donde los hijos deben responder en amor a sus padres ancianos o necesitados. Mc destaca los deberes de los padres para con los hijos, sobre todo en los textos de las curaciones que definen su evangelio como escuela de paternidad humana: Jairo (5, 21-43), la sirofenicia (7, 24-30) y el padre del lunático (9, 14-29) deben curar/cuidar a sus hijos con la ayuda de Jesús. Pues bien, nuestro pasaje (7, 6-13) ha destacado los deberes de los hijos con respecto a los padres necesitados, en gesto que interpreta la ayuda familiar como culto verdadero. Los padres son para ellos templo de Dios; el primer acto de culto consiste en servirles en su ancianidad, no por exigencia legal (de presbíteros judíos) sino por gratuidad humana y humanismo mesiánico.
Este pasaje nos permite entrar en el laberinto de las distorsiones ideológicas. Los mismos judíos (o cristianos) legalistas que acentúan las tradiciones de los antepasados pueden olvidar a los padres concretos, pues colocan el orden sacral, representado por el templo, por encima de sus padres necesitados. Por el contrario, al desmontar ese edificio ideológico de la ley tradicional (de los presbíteros), Jesús nos capacita para situarnos ante los padres concretos, necesitados de cariño y presencia, fundando así la verdadera familia humana . Al sacralizar su tradición, el judaísmo corre el riesgo de olvidar a los necesitados en concreto, incluso a los padres, pues el corbán o don del templo (cf. 7, 11), que el texto presenta como ejemplo supremo de pureza legal, estaría por encima de los padres. Por el contrario, al superar las leyes de pureza nacional, Jesús destaca el varlor de los padres necesitados. Así, la crisis de la vieja familia patriarcal se hace fuente de valorración mas honda para la familia concreta en cuanto expresión de pequeñez humana. -
Sobre la comensalidad intrajudía cf. E. P. Sanders, Jesus and Judaism, SCM, London 1985; Id., Judaism. Practice and belief 63BCE - 66CE, SCM, London 1982, 213-241; E. Schürer, Historia del pueblo judío en tiempos de Jesús II, Cristiandad, Madrid 1985, 615-630. Sobre la novedad de Jesús, en varias perspectivas: J. Klausner, Jesús de Nazaret, Paidós, Buenos Aires 1971, 363-411. Sobre Mc 7, además de Booth, Jesus, cf. J. Lambrecht, Jesus and the Law. An Investigation of Mark 7,1-23, ETL 53 (1977) 24-52; H. Hübner, Mark 7,1-23 und das "jüdisch-hellenistische" Gesetzverständnis, NTS 22 (1975/6) 319-345.
3.- Conclusión: ritos de pureza y mesianismo (7, 14-23).
14 Y llamando de nuevo a la gente, les dijo:
#Escuchadme todos y entended esto:
15 Nada que entra en el ser humano puede mancharlo.
Lo que sale de dentro es lo que contamina al ser humano.
17 Cuando dejó a la gente y entró en casa, sus discípulos le preguntaron por esta parábola.18 Jesús les dijo:
#)Así que también vosotros sois faltos de mente? )No sabéis que nada que entra en el ser humano desde fuera puede mancharlo, 19 puesto que no entra en su corazón, sino en el vientre, y va a parar a la letrina - purificando así todos los alimentos-?.
20 Y añadió:
#Lo que sale del ser humano eso es lo que mancha al ser humano21 Porque es de dentro, del corazón de los humanos, de donde salen los malos pensamientos, fornicaciones, robos, homicidios, 22 adulterios, codicias, perversidades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, soberbia e insensatez. 23 Todas estas maldades salen de dentro y manchan al ser humano.
Esta es la formulación general de la nueva experiencia de pureza. Jesús responde en tres tiempos a la pregunta sobre el ritual judío:
-a: Principio básico, para todo el pueblo (7, 14-15): frente a quienes buscan la pureza e impureza en lo exterior (comidas, abluciones...), Jesús la sitúa al interior del ser humano.
-b: Incomprensión y pregunta de los discípulos (7, 16-17), que toman el discurso de Jesús como parábola sin sentido (en la línea de 4, 13).
-a': Profundización eclesial (7, 18-23), con catálogo de vicios que brotan del "mal corazón" y manchan al ser humano. Así supera Jesús la ley externa para ofrecer al ser humano su auténtica pureza.
Esa pureza sólo puede expresarse entre personas "liberadas" de presiones sacrales exteriores y que buscan la manera de crear comunión de corazón entre todos los humanos. Mc no se discute una visión genérica de Dios, ni una norma de sacralidad interior, vinculada a creencias o convicciones subjetivas, sino la tradición nacional de limpieza y/o mesa, expresada en dos leyes:
-- Ley de comidas. Los buenos judíos sólo toman alimentos puros, preparados de un modo especial y para ello deben mantenerse separados de aquellos que comen carne impura, como el cerdo.
-- Ley de personas. Sólo pueden compartir la mesa los ritualmente puros, sin contacto con cosas o personas contaminadas (paganos, publicanos etc.), sin enfermedad y/o situación disgregadora (lepra, menstruación etc). Todos los gentiles quedan excluidos .
Jesús no polemiza aquí con la endogamia, que la ley judía interpreta como principio de supervivencia nacional en Esdras-Nehemías, sino con el sistema endo-alimenticio, unido al anterior. Al ofrecer y compartir el pan en descampado, quiebra los principios de comensalidad sacral intrajudía (sobre la ley de matrimonio cf. 10, 1-12). Lo que había comenzado siendo comida compasiva acaba convirtiéndose en principio de nueva comprensión de la existencia. Tres son a mi juicio sus supuestos :
-- Toda comida es limpia (cf. 7, 19): no hay alimentos puros e impuros (contra Lev 11; Dt 14). Desde su experiencia de mesa compartida, Jesús puede afirmar que ningún alimento (ni cerdo ni sangre) mancha al ser humano, pues todos son (eran) limpios al principio: ((vió Dios que era bueno! Gén 1) .
--Los hombres son también limpios. Si puros son los alimentos, en forma superior lo serán los humanos en cuanto tales (judíos y gentiles); por eso no hace falta lavarse las manos ritualmente para superar la impureza del contagio que ha podido surgir del encuentro con "impuros" (leprosos, menstruantes etc). Hemos aludido al tema en varios pasaje anteriores (1, 40-45; 5, 25-34). Es evidente que Jesús ha superado Lev 13-15, haciendo que volvamos al principio bueno de la creación, conforme a Gén 1.
-- Los vicios brotan de otra fuente: del mar corazón (cf. 7, 19 23). Sobre esa doble base (toda comida es limpia, todo humano en cuanto tal es puro) se puede y debe edificar una moral universal, centrada en la limpieza del corazón. El mal no se halla fuera (en algunas comidas o humanos) sino en el centro de la persona (varón o mujer) que puede hacerse mala a través de su deseo pervertido. En ese fondo ha presentado Mc un catálogo de vicios semejante a los que ofrece la tradición judía y cristiana, desde la fornicación, robo y homicidio (signos clásicos del pecado) hasta la blasfemia, soberbia y necedad destructora de aquellos que rompen todo límite y medida de convivencia humana). La maldad de las acciones pro viene del mal corazón, no del gesto externo, tomado de un modo ritual o biologista .
Jesús nos reconduce al lugar del surgimiento humano, a la fuente de bondad de la que toman su sentido personas y comidas. De esa forma nos sitúa en el principio (cf. Gén 1-3), en el mismo manantial de la limpieza humana que es el buen corazón. Ciertamente, el corazón puede mancharse, convirtiéndose en origen de los males. Para superarlos ya no basta el rito; toda imposición legal termina siendo esclavizante, pues acaba dividiendo a los humanos. En la fuente y origen de toda limpieza, en contacto con el Dios creador, ha situado Mc la experiencia interior del corazón.
Hoy hemos superado el problema de comidas, pero el tema de fondo sigue siendo el mismo y sólo puede resolverse desde la pureza interior: para que surja la comunidad mesiánica, superando el plano de la ritualidad social de mesa (comidas), los discípulos del Cristo han de alcanzar la raíz de la pureza (el nivel del corazón). A ese nivel se unen interioridad (buen corazón) y exterioridad comunitaria (mesa compartida) y la iglesia se separa del judaísmo .
Conclusión
Esta discusión de Mc 7 es espejo de todo el evangelio. Decenios de lucha eclesial parecen haberse condensado en este texto que Mc ha puesto en boca de Jesús, haciéndole maestro de la nueva ley de libertad y universalidad centrada en la comida. Estos son los núcleos de su argumento, leídos desde el conjunto de 7, 1-23:
-- El mesianismo es libertad respecto a los presbíteros o ancianos (7, 5). El mensaje de Jesús destruye los sistemas de seguridad del judaismo, especialmente en el plano de familia y mesa. Jesús critica esa "comida nacional", regulada por los presbíteros, pero es evidente que ella no se puede identificar con el banquete elitista y sanguinario de Herodes (6, 14-29), aunque ambos tengan conexiones.
- Lógicamente, las leyes sacrales de Israel pasan a segundo plano, como muestra de forma sorprendente el ejemplo sobre los dones del templo y los padres (7, 5-13). Tomada en su literalidad, esa palabra podrían haberla asumido otros maestros judíos. Pero es nueva la fuerza que recibe y el transfondo donde se sitúa, relativizando el templo con las tradiciones sacrales de Israel.
--La interioridad mesiánica va unida a la libertad personal: no es lo externo (exôthen: 7, 15.18) lo que mancha al ser humano sino aquello que brota de dentro (esôthen: 7, 21). Asumiendo la más honda tradición profética, Jesús ha situado a los humanos ante la verdad (o riesgo de mentira) de su propio corazón. Sólo partiendo de esa fuente puede edificarse la familia mesiánica.
B Esa interioridad fundamenta el valor de la familia, no entendida ya en clave de poder (imposición de los presbíteros) sino de reciprocidad de dones y servicios: Dios mismo aparece así como garante de los padres necesitados, a quienes los hijos deben acompañar y ayudar, por encima de toda ley social o religiosa (7, 9-13).
B Esa interioridad conduce a la universalidad. Todos los principios de vinculación externa (comida o raza, poder o prestigio) acaban siendo parciales y separan a unos grupos de otros. Sólo la pureza de corazón vincula por igual a todos los humanos, en fraternidad de amor y mesa.
B Jesús ratifica, finalmente, el valor del mundo (animales, plantas) declarando pura toda comida. Tras afirmar que ella no llega al corazón sino que pasa por el vientre a la letrina, Mc 7, 19 introduce un comentario o aparte (purificando así todos los alimentos) que tiene quizá un carácter irónico y puede entenderse de dos formas: el mismo Jesús los purifica con su declaración fundamental; o los purifica el proceso digestivo, que termina en la letrina, sin distinguir alimentos sagrados y profanos, pues son todos iguales para el vientre (con tal de que se digieran bien) . Sea como fuere, Jesús nos lleva hasta el lugar donde hombres y alimentos son profanos, añadiendo que la sacralidad (nueva vida mesiánica) se edifica a partir del corazon del que provienen los buenos pensamientos y el amor gratuito .

domingo, 23 de agosto de 2009

Comentario biblico dominical

DOMINGO XXI TIEMPO ORDINARIO CICLO B

HOMILÍAS JOSÉ ANTONIO PAGOLA


¿También vosotros queréis marcharos?

Jn 6, 61-70

LEER CON FE

Cuando los primeros discípulos de Jesús se convencieron de que Dios lo había resucitado desautorizando a cuantos lo habían condenado, tomaron conciencia de que en la vida y el mensaje y de Jesús se encerraba algo único, confirmado por el mismo Dios.

Entonces sucedió un hecho singular y desconocido en toda la literatura universal. Los discípulos comenzaron a recoger las palabras que le habían escuchado a Jesús durante su vida terrestre, pero no como se recoge el testamento de un maestro muerto ya para siempre, sino como palabras de alguien que está vivo y sigue hablando ahora mismo a los que creen en él. Nació así un género literario nuevo y desconocido: los evangelios.

En las primeras comunidades cristianas se leía el evangelio no como palabras que dijo Jesús en otros tiempos en Galilea, sino como palabras que ahora mismo nos está diciendo el resucitado para iluminar nuestros problemas de hoy. Las escuchaban como palabras que son «espíritu y vida», «palabras de vida eterna», un mensaje que nos hace vivir en la verdad y nos da vida.

Un cristiano no confunde nunca el evangelio con ningún otro escrito. Cuan do se dispone a leer las palabras de Jesús sabe que no va a leer un libro, sino que va a escuchar a Cristo que le habla al corazón. El concilio Vaticano II quiso despertar de nuevo esta fe de los primeros cristianos proclamando solemnemente que «Cristo está presente en la Palabra pues es él mismo quien habla mientras se leen en la Iglesia las sagradas escrituras».

Hemos de aprender de nuevo el arte de leer los evangelios con esta fe. Aquel Jesús que, en Cafarnaum, le declaró a un paralítico: «Perdonados te son tus pecados. Vive siempre sostenido por la bondad y el perdón de Dios». Aquel Jesús que, a orillas del Tiberiades, llamó un día a Pedro con una sola palabra: «Sígueme», hoy, me está diciendo a mí: «Ten fe, no vivas perdido, sigue mis pasos».

Cuando los creyentes abrimos los evangelios, no estamos leyendo la biografía de un personaje difunto. No nos acercamos a Jesús como a algo acabado. Su vida no ha terminado con su muerte. Sus palabras no han quedado silenciadas para siempre. Jesús sigue vivo. Quien saber leer el Evangelio con fe, lo escucha en el fondo de su corazón. Nunca se sentirá sólo.



¿A QUIEN ACUDIREMOS?



Quien se acerca a Jesús tiene, con frecuencia, la impresión de encontrarse con alguien extrañamente actual y más presente a nuestros problemas de hoy que muchos de nuestros contemporáneos.

Hay gestos y palabras de Jesús que nos impactan todavía hoy porque tocan el nervio de nuestros problemas y preocupaciones más vitales.

Son gestos y palabras que se resisten al paso de los tiempos y al cambio de ideologías. Los siglos transcurridos no han amortiguado la fuerza y la vida que encierran, a poco que estemos atentos y abramos sinceramente nuestro corazón.

Sin embargo, son muchos los hombres y mujeres que no logran encontrarse con su evangelio. No han tenido nunca la suerte de escuchar con sencillez y directamente sus palabras. Su mensaje les ha llegado desfigurado por demasiadas capas de doctrinas, fórmulas, conceptualizaciones y discursos interesados.

A lo largo de veinte siglos es mucho el polvo que inevitablemente se ha ido acumulando sobre su persona, su actuación y su mensaje. Un cristianismo lleno de buenas intenciones y fervores venerables ha impedido, a veces, a muchos cristianos sencillos encontrarse con la frescura llena de vida de aquel que perdonaba a las prostitutas, abrazaba a los niños, lloraba con los amigos, contagiaba esperanza e invitaba a los hombres a vivir con la libertad y el amor de los hijos de Dios.

Cuántos hombres y mujeres han tenido que escuchar las disquisiciones de moralistas bien intencionados y las exposiciones de predicadores ilustrados, sin lograr encontrarse con El.

No nos ha de extrañar la interpelación de J. Onimus: «¿Por qué vas a ser tú propiedad privada de predicadores, doctores y de algunos eruditos, tú que has dicho cosas tan simples, tan directas, palabras que siguen siendo palabras de vida para todos los hombres?».

Sin duda, uno de los mayores servicios que podemos realizar en la Iglesia actual es poner la persona y el mensaje de Jesús al alcance de los hombres y mujeres de nuestros días. Ayudarles a abrirse camino hacia él. Acercarles a su mensaje.

Muchos cristianos que se han ido alejando estos años de la Iglesia, quizás, porque no siempre han encontrado en ella a Jesucristo, sentirían de nuevo aquello expresado un día por Pedro: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna. Nosotros creemos».

domingo, 2 de agosto de 2009

Comentario biblico dominical

DOMINGO XVIII TIEMPO ORDINARIO CICLO B

HOMILÍAS JOSÉ ANTONIO PAGOLA



Yo soy el pan de vida.

Jn 6, 24-35



UN VACIO DIFICIL DE LLENAR



La palabra «religión» suscita hoy en muchos una actitud defensiva. En bastantes ambientes, el hecho mismo de plantear la cuestión religiosa provoca malestar, silencios evasivos, un desvío hábil de la conversación.

Se entiende la religión como un estadio infantil de la humanidad que está siendo ya superado. Algo que pudo tener sentido en otros tiempos pero que, en una sociedad adulta y emancipada, carece ya de todo interés.

Creer en Dios, orar, alimentar una esperanza final son, para muchos, un modo de comportarse que puede ser tolerado, pero que es indigno de personas inteligentes y progresistas. Cualquier ocasión parece buena para trivializar o ridiculizar lo religioso, incluso, desde los medios públicos de comunicación.

Se diría que la religión es algo superfluo e inútil. Lo realmente importante y decisivo pertenece a otra esfera: la del desarrollo técnico y la productividad económica.

A lo largo de estos últimos años ha ido creciendo entre nosotros la opinión de que una sociedad industrial moderna no necesita ya de religión pues es capaz de resolver por sí misma sus problemas de manera racional y científica.

Sin embargo, este optimismo «a-religioso» no termina de ser confirmado por los hechos. Los hombres viven casi exclusivamente para el trabajo y para el consumismo durante su tiempo libre, pero «ese pan» no llena satisfactoriamente su vida.

El lugar que ocupaba anteriormente la fe religiosa ha dejado en muchos hombres y mujeres un vacío difícil de llenar y un hambre que debilita las raíces mismas de su vida. F. Heer habla de «ese gran vacío interior en el que los seres humanos no pueden a la larga vivir sin escoger nuevos dioses, jefes y caudillos carismáticos artificiales».

Quizás es el momento de redescubrir que creer en Dios significa ser libre para amar la vida hasta el final. Ser capaz de buscar la salvación total sin quedarse satisfecho con una vida fragmentada. Mantener la inquietud de la verdad absoluta sin contentarse con la apariencia superficial de las cosas. Buscar nuestra religación con el Trascendente dando un sentido último a nuestro vivir diario.

Cuando se viven días, semanas y años enteros, sin vivir de verdad, sólo con la preocupación de «seguir funcionando», no debería de pasar inadvertida la invitación interpeladora de Jesús: «Yo soy el pan de vida».



¿CREER DESDE EL BIENESTAR?



Probablemente, son mayoría los hombres y mujeres que, consciente o inconscientemente, aspiran como ideal último de su existencia al bienestar y al bien-vivir.

Lo importante es vivir cada vez mejor, tener dinero y disfrutar de una seguridad. El dinero parece ser la fuente de todas las posibilidades.

El que posee una seguridad económica, puede aspirar a lograr el reconocimiento de los demás, la autoafirmación personal y, en definitiva, la felicidad.

Naturalmente, cuando el bienestar se convierte en el objetivo de nuestra vida, ya no importan demasiado los demás. Entonces es normal que se desate la competitividad, la insolidaridad, el acaparamiento injusto.

Alguien ha dicho que en esta sociedad, «nos hemos quedado sin noticias de Dios». Dios es superfluo. No hace falta ni combatirlo. Sencillamente se prescinde de él. ¿Por qué?

El ideal del bienestar crea un modo de vivir tan superficial y tan insensible y ciego para las dimensiones más profundas del hombre, que ya no parece haber sitio para Dios.

O quizás, algo. que no es mucho mejor. Sólo queda sitio para una religión «rebajada» al plano individual y privado, donde la religioso se convierte, con frecuencia, en mero alivio de frustración y problemas individuales.

Entonces, y aún sin ser conscientes de ello, la religión viene a ser un elemento más de seguridad personal, al servicio de ese ideal último que es el bienestar.

¿No debemos escuchar hoy más que nunca los cristianos la queja y las palabras de Jesús junto al Tiberíades?: «Vosotros me buscáis porque comisteis hasta saciaros. Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura, dando vida eterna».

No basta alimentar nuestra vida de cualquier manera. No es suficiente un bienestar material. El hombre necesita un alimento capaz de llevarlo hasta su verdadera plenitud. Y ese alimento, lo creamos o no, es sólo el amor.

Es una equivocación mutilar nuestra existencia, poniendo toda nuestra esperanza en un bienestar que se acaba en el momento en que perece nuestra vida.

Sólo el amor da vida definitiva. Sólo el que sabe ver el dolor de los que sufren y escuchar los gritos de los maltratados, puede escapar del engañoso atractivo del bienestar y buscar una vida nueva. Una vida que lleva a los hombres a su plenitud.


LO PRIMERO, LA VIDA



La exégesis moderna no deja lugar a dudas. Lo primero para Jesús es la vida, no la religión. Basta analizar la trayectoria de su actividad. A Jesús se le ve siempre preocupado de suscitar y desarrollar, en medio de aquella sociedad, una vida más sana y más digna.

Pensemos en su actuación en el mundo de los enfermos: Jesús se acerca a quienes viven su vida de manera disminuida, amenazada e insegura, para despertar en ellos una vida más plena. Pensemos en su acercamiento a los pecadores: Jesús les ofrece el perdón que les haga vivir una vida más digna, rescatada de la humillación y el desprecio. Pensemos también en los endemoniados, incapaces de ser dueños de su existencia: Jesús los libera de una vida alienada y desquiciada por el mal.

Como ha subrayado J. Sobrino, pobres son aquellos para quienes la vida es un carga pesada pues no pueden vivir con un mínimo de dignidad. Esta pobreza es lo más contrario al plan original del Creador de la vida. Donde un ser humano no puede vivir con dignidad, la creación de Dios aparece allí como viciada y anulada. No es extraño que Jesús se presente como el gran defensor de la vida ni que la defienda y la exija sin vacilar, cuando la ley o la religión es vivida «contra la vida».

Ya han pasado los tiempos en que la teología contraponía «esta vida» (lo natural) y la otra vida (lo natural) como dos realidades opuestas. El punto de partida, básico y fundamental es «esta vida» y, de hecho, Jesús se preocupó de lo que aquellas gentes de Galilea más deseaban y necesitaban que era, por lo menos vivir, y vivir con dignidad. El punto de llegada y el horizonte de toda la existencia es «vida eterna» y, por eso, Jesús despertaba en el pueblo la confianza final en la salvación de Dios.

A veces los cristianos exponemos la fe con tal embrollo de conceptos y palabras que, a la hora de la verdad, pocos se enteran de lo que es exactamente el Reino de Dios del que habla Jesús. Sin embargo, las cosas no son tan complicadas. Lo único que Dios quiere es esto: una vida más humana y digna para todos y desde ahora, una vida que alcance su plenitud en su vida eterna. Por eso se dice de Jesús que «da vida al mundo». (Jn 6, 33).

domingo, 26 de julio de 2009

Comentario biblico dominical




26 de julio de 2009
17. Tiempo ordinario (B)
Juan 6,1-15



NUESTRO GRAN PECADO

El episodio de la multiplicación de los panes gozó de gran popularidad entre los seguidores de Jesús. Todos los evangelistas lo recuerdan. Seguramente, les conmovía pensar que aquel hombre de Dios se había preocupado de alimentar a una muchedumbre que se había quedado sin lo necesario para comer .
Según la versión de Juan, el primero que piensa en el hambre de aquel gentío que ha acudido a escucharlo es Jesús. Esta gente necesita comer; hay que hacer algo por ellos. Así era Jesús. Vivía pensando en las necesidades básicas del ser humano.
Felipe le hace ver que no tienen dinero. Entre los discípulos, todos son pobres: no pueden comprar pan para tantos. Jesús lo sabe. Los que tienen dinero no resolverán nunca el problema del hambre en el mundo. Se necesita algo más que dinero.
Jesús les va a ayudar a vislumbrar un camino diferente. Antes que nada, es necesario que nadie acapare lo suyo para sí mismo si hay otros que pasan hambre. Sus discípulos tendrán que aprender a poner a disposición de los hambrientos lo que tengan,aunque sólo sea «cinco panes de cebada y un par de peces».
La actitud de Jesús es la más sencilla y humana que podemos imaginar. Pero, ¿quién nos va enseñar a nosotros a compartir, si solo sabemos comprar? ¿quién nos va a liberar de nuestra indiferencia ante los que mueren de hambre? ¿hay algo que nos pueda hacer más humanos? ¿se producirá algún día ese "milagro" de la solidaridad real entre todos?
Jesús piensa en Dios. No es posible creer en él como Padre de todos, y vivir dejando que sus hijos e hijas mueran de hambre. Por eso, toma los alimentos que han recogido en el grupo, «levanta los ojos al cielo y dice la acción de gracias». La Tierra y todo lo que nos alimenta lo hemos recibido de Dios. Es regalo del Padre destinado a todos sus hijos e hijas. Si vivimos privando a otros de lo que necesitan para vivir es que lo hemos olvidado. Es nuestro gran pecado aunque casi nunca lo confesemos.
Al compartir el pan de la eucaristía, los primeros cristianos se sentían alimentados por Cristo resucitado, pero, al mismo tiempo, recordaban el gesto de Jesús y compartían sus bienes con los más necesitados. Se sentían hermanos. No habían olvidado todavía el Espíritu de Jesús

domingo, 12 de julio de 2009

Siempre del lado equivocado

Carta al Cardenal Oscar A. Rodriguez
sobre la participación de la Iglesia en el golpe de Estado en Honduras

El golpe de Estado en Honduras, desatado por la dictadura militar y sus cómplices, trajo muerte, cientos de detenidos, periodistas perseguidos y apresados, confiscados sus equipos y violado los derechos humanos.
Esta situación lleva a preguntarle al Cardenal Rodríguez, al dictador Micheletti y su secuaces: ¿Es esto lo que esperaban? ¿Asesinar a personas indefensas, suspender las garantías constitucionales del pueblo, apresar y reprimir a quienes reclaman sus derechos y la restitución del presidente Zelaya en sus funciones.
Cardenal Oscar Andrés Rodríguez: el camino que has elegido de ser cómplice de la dictadura militar, no es el camino del Evangelio. No puedes estar en contra de tu pueblo y permitir la violencia y represión que, en nombre de la supuesta seguridad y del derecho, comete graves violaciones, precisamente, de los derechos humanos.
El pastor que abandona sus ovejas y permite las atrocidades y apoya la dictadura para defender sus intereses económicos y políticos, no es digno de ser reconocido como Pastor de Cristo y por su pueblo.
En América Latina tenemos una larga y dolorosa historia de dictaduras militares y complicidades de jerarquías eclesiásticas, que estuvieron al servicio de la opresión y fueron cómplices de la muerte y desaparición de personas, de torturas, para imponer el terrorismo de Estado.
Lamentablemente esa actitud continúa en varios países, como el comportamiento del Cardenal Terrazas en Bolivia, que se alió y apoyó a los golpistas para intentar derrocar al Presidente Evo Morales. En Venezuela la Jerarquía eclesiástica apoyó el golpe militar contra el Presidente Hugo Chávez.
Escuché tus declaraciones contra el presidente venezolano. Tienes el derecho de disentir, pero no el de difamar. Nunca escuché tus declaraciones para condenar la intervención de Estados Unidos, en tu país y el continente, o sobre las atrocidades cometidas en Colombia y la incursión armada contra el pueblo hermano del Ecuador.
Gracias a Dios, hay signos de esperanza y horizontes de vida y dignidad, de hermanos y hermanas que fieles al Evangelio y a su pueblo, se comprometen y luchan por un mundo más justo y humano y muchos de ellos dieron su vida para dar Vida; son los mártires de la iglesia que nos enseña a seguir el camino de Cristo. ¿Recuerdas a nuestro hermano Monseñor Romero, en El Salvador?
Bien sabes que Honduras es un país con un largo historial de intervenciones de EE.UU. apoyado por grupos económicos, políticos y eclesiásticos. Hoy esos mismos grupos de poder, con la complicidad del embajador de los EE.UU. en Honduras, quien confiesa que estuvo reunido con los golpistas, se oponen a las reformas que propuso el Presidente Zelaya y deciden dar el golpe de Estado para negar la Consulta Popular
¿A que le tienes miedo hermano Rodríguez?- ¿A tus propios miedos? ¿A la Consulta Popular para que el pueblo decida el camino a seguir? ¿Tienes miedo a los pobres, que participen y quieran adherir al ALBA y no someterse al TLC que es mayor dependencia de los EE.UU. y que esa decisión afecte los intereses económicos de aquellos que siempre oprimieron al pueblo hondureño?
Recuerda que Honduras tiene el 70 % de la población en la pobreza y el 58 % bajo el nivel de pobreza, situación provocada por la injusticia social y estructural. Al recurrir a la violencia contra el pueblo para sostener la situación de injusticia estructural y social, la situación se les a vuelto incontrolable. Están como el “aprendiz de hechicero”, ya no saben como pararla.
La comunidad internacional les reclama el inmediato regreso del presidente Zelaya. La OEA, la ONU, sectores sociales, políticos y religiosos, como los Obispos de Brasil , Don Pedro Casaldáliga y Demetrio Valentín, reclaman la vuelta a la legalidad y respetar la voluntad del pueblo.
Escucha la voz del obispo de Copán, de tu tierra, las miles de voces de todo el continente y el mundo, que rechazan la dictadura
Si el presidente Zelaya cometió un delito, o cualquier falta, el país tiene la Constitución Nacional y las leyes vigentes para determinar su responsabilidad. Pero ustedes impiden aplicar la ley y recurren al golpe de Estado. Y pretenden disfrazar sus crímenes con palabras vaciadas de contenido. Hablan del Derecho y de la Constitución, de la dignidad humana y los violan y contaminan, y responden reprimiendo al pueblo, provocando muertes y heridos.
¿Por qué tantas contradicciones y falta de valores? ¿Qué tienen que ver esas atrocidades con el mensaje de Cristo? Espero que en tus oraciones Dios te guíe e ilumine, porque estas perdido en la maraña de la incertidumbre. ¿Hasta cuando piensas seguir de inquisidor, apoyando a los verdugos que implantaron el terror y asumieron el poder en tu tierra?
¿Tienes conciencia que el golpe de Estado en Honduras, es un peligro para la democracia en el continente? El pueblo tiene derecho a la resistencia frente a las injusticias, a no cooperar con los opresores, a desconocer a quienes usurparon el poder. Y los gobiernos y pueblos latinoamericanos tienen la responsabilidad de desconocer a un gobierno ilegítimo y represor.
Muchos años de lucha y sufrimiento implantado por las dictaduras en todo el continente nos enseñaron en el dolor, que es preferible morir como hombres y mujeres libres, que vivir como esclavos. Porque la esperanza siempre nos muestra un nuevo amanecer para la vida y dignidad de nuestros pueblos.
Hay que resistir en la esperanza, hermano Rodríguez, y esa esperanza está caminando junto a los pueblos y nunca en el camino de los opresores. Tienes que optar, como hombre y como pastor: servir a Dios y a tu pueblo, o servir a los opresores y poderes de turno. Son muchos las preguntas. Tú tienes la respuesta.
“Sólo la Verdad nos hará libres”. Que el Dios de la Vida te guíe e ilumine y en su Paz y Bien.


Adolfo Pérez Esquivel
Premio Nóbel de la Paz

Buenos Aires, 8 de julio del 2009

sábado, 11 de julio de 2009

Comentario biblico dominical

UNA NOTICIA DIFERENTE
12 de julio de 2009
15 Tiempo ordinario ( B )
Marcos 6, 7-13




PARA UN EXAMEN COLECTIVO

Jesús no envía a sus discípulos de cualquier manera. Para colaborar en su proyecto del reino de Dios y prolongar su misión es necesario cuidar un estilo de vida. Si no es así, podrán hacer muchas cosas, pero no introducirán en el mundo su espíritu. Marcos nos recuerda algunas recomendaciones de Jesús. Destacamos algunas.
En primer lugar, ¿quiénes son ellos para actuar en nombre de Jesús? ¿Cuál es su autoridad? Según Marcos, al enviarlos, Jesús «les da autoridad sobre los espíritus inmundos». No les da poder sobre las personas que irán encontrando en su camino. Tampoco él ha utilizado su poder para gobernar sino para curar.
Como siempre, Jesús está pensando en un mundo más sano, liberado de las fuerzas malignas que esclavizan y deshumanizan al ser humano. Sus discípulos introducirán entre las gentes su fuerza sanadora. Se abrirán paso en la sociedad, no utilizando un poder sobre las personas, sino humanizando la vida, aliviando el sufrimiento de las gentes, haciendo crecer la libertad y la fraternidad.
Llevarán sólo «bastón» y «sandalias». Jesús los imagina como caminantes. Nunca instalados. Siempre de camino. No atados a nada ni a nadie. Sólo con lo imprescindible. Con esa agilidad que tenía Jesús para hacerse presente allí donde alguien lo necesitaba. El báculo de Jesús no es para mandar, sino para caminar.
No llevarán «ni pan, ni alforja, ni dinero». No han de vivir obsesionados por su propia seguridad. Llevan consigo algo más importante: el Espíritu de Jesús, su Palabra y su Autoridad para humanizar la vida de las gentes. Curiosamente, Jesús no está pensando en lo que han de llevar para ser eficaces, sino en lo que no han de llevar. No sea que un día se olviden de los pobres y vivan encerrados en su propio bienestar.
Tampoco llevarán «túnica de repuesto». Vestirán con la sencillez de los pobres. No llevarán vestiduras sagradas como los sacerdotes del Templo. Tampoco vestirán como el Bautista en la soledad del desierto. Serán profetas en medio de la gente. Su vida será signo de la cercanía de Dios a todos, sobre todo, a los más necesitados.
¿Nos atreveremos algún día a hacer en el seno de la Iglesia un examen colectivo para dejarnos iluminar por Jesús y ver cómo nos hemos ido alejando sin darnos casi cuenta de su espíritu?

Contribuye a recuperar el estilo de Jesús. Pásalo

sábado, 4 de julio de 2009

Novedades

Ahora haciendo clic en el link:
Lectura orante diaria
podes encontrar la propuesta de Lectura Divina
de Giordano Cabra y equipo

viernes, 3 de julio de 2009

Comentario biblico dominical

DOMINGO XIV TIEMPO ORDINARIO CICLO B

HOMILÍAS JOSÉ ANTONIO PAGOLA

Se extrañó de su falta de fe

Mc 6, 1-6





FE PEQUEÑA


Es un dato fácil de observar. La fe de bastantes cristianos no crece a lo largo de su vida. Está ahí, estancada en el fondo de la persona. Pasarán los años y nada nuevo se despertará en su corazón. No es un problema de nuestros tiempos. En los evangelios se habla con frecuencia de quienes tienen «poca fe», es decir, una fe pequeña, sin desarrollar. Más aún, en su pueblo de Nazaret, Jesús se extraña de la «falta de fe» de los suyos.

¿Es posible cambiar las cosas?, ¿qué hacer para crecer en la fe?, ¿cómo acrecentar nuestra confianza en Dios? Voy a sugerir tres caminos que, casi de forma espontánea, pueden conducir a una fe más viva y genuina.

Del sufrimiento a la invocación. Todo el mundo tenemos, "tarde o temprano, problemas y dificultades. A veces se puede apoderar de nosotros incluso la ansiedad. Es cierto que contamos con la ayuda y el apoyo de no pocas personas. Pero, con todo, no siempre es fácil enfrentarse al peso de la existencia. En el fondo, todos andamos buscando una seguridad, plenitud y felicidad que la vida no da.

Si dentro de nosotros hay un poco de fe, es el momento de invocar a Dios: «Desde lo hondo grito a ti, Señor.» No para pedir cosas ni para encontrar soluciones mágicas a los problemas, sino para orientar nuestro deseo hacia el único en el que nuestra vida encontrará descanso y salvación.

De la alegría de vivir a la acción de gracias. No todo son problemas. En la vida conocemos también el gozo, la expansión, los momentos de felicidad serena. Qué bueno es sentirse vivo y experimentar la alegría de vivir. La vida nos parece entonces hermosa y amable.

Si dentro de nosotros hay fe, es el momento del agradecimiento a Dios. Sin duda debemos mucho a personas que nos acompañan, pero ¿a quién agradecer el ser, la vida, esa alegría que experimentamos?, ¿hacia quién dirigir nuestra acción de gracias?, ¿hacia la vida o hacia ese Dios que es fuente y origen de todo bien?

De la culpa a la acogida del perdón. También sentimos en nosotros la «mala conciencia» y la culpabilidad. No estamos a gusto con nosotros mismos. No siempre lo queremos reconocer, pero es así. Sabemos cómo estamos estropeando la vida con nuestra mediocridad, egoísmo y cobardías.

¿Qué hacer con la culpabilidad? Podemos ignorarla o tratar de ahogarla de mil maneras. Podemos también acoger el perdón y la ternura de Dios. Ante él no necesitamos disculparnos ni defendernos. Tal vez no hay gracia mayor que la de creer cada vez más en el perdón infinito de Dios.



SABIO Y CURADOR





No tenía poder cultural como los escribas. No era un intelectual con estudios. Tampoco poseía el poder sagrado de los sacerdotes del templo. No era miembro de una familia honorable, ni pertenecía a las elites urbanas de Séforis o Tiberíades. Jesús era un «obrero de la construcción», de una aldea desconocida de Baja Galilea.

No había estudiado en ninguna escuela rabínica. No se dedicaba a explicar la Ley. No le preocupaban las discusiones doctrinales. No se interesó nunca por los ritos del templo. La gente lo veía como un maestro que enseñaba a entender y vivir la vida de manera diferente.

Según Marcos, cuando Jesús llegó a Nazaret acompañado por sus discípulos, sus vecinos quedaron sorprendidos por dos cosas: la sabiduría de su corazón y la fuerza curadora de sus manos. Era lo que más atraía a la gente. Jesús no era un pensador que explicaba una doctrina, sino un sabio que comunicaba su experiencia de Dios y enseñaba a vivir bajo el signo del amor. No era un líder autoritario que imponía su poder, sino un curador que sanaba la vida y aliviaba el sufrimiento.

A las gentes de Nazaret no les costó mucho desacreditar a Jesús. Neutralizaron su presencia con toda clase de preguntas, sospechas y recelos. No se dejaron enseñar por él, ni se abrieron a su fuerza curadora. Jesús no pudo acercarlos a Dios, ni curar a todos como él hubiera deseado.

A Jesús no se le puede entender desde fuera. Hay que entrar en contacto con él. Dejar que vaya introduciendo poco a poco en nosotros cosas tan decisivas como la alegría de vivir, la compasión o la voluntad de crear un mundo más justo. Dejar que nos enseñe a vivir en la presencia amistosa y cercana de Dios. Cuando uno se acerca a Jesús, no se siente atraído por una doctrina, sino invitado a vivir de una manera nueva.

Por otra parte, para experimentar su fuerza salvadora, es necesario dejarnos curar por él: recuperar poco a poco la libertad interior, liberarnos de miedos que nos paralizan, atrevernos a salir de la mediocridad. Jesús sigue hoy «imponiendo sus manos». Sólo se curan quienes creen en él.






DIOS NO ES EXHIBICIONISTA



Por lo general, los hombres buscamos a Dios en lo espectacular y extraordinario. Nos parece poco digno encontrarlo en lo sencillo y habitual, lo normal y no vistoso.

Según los relatos evangélicos, la verdadera dificultad para acoger al Hijo de Dios, no ha sido su grandeza extraordinaria o su poder aplastante, sino precisamente el encontrarse con «un carpintero, hijo de María, miembro de una familia insignificante.

Alguien ha dicho que «la raíz de la incredulidad es precisamente esta incapacidad de acoger la manifestación de Dios en lo cotidiano». No sabemos «reconocer» a Dios en lo ordinario de la vida.

La encarnación de Dios en un carpintero de Nazaret nos descubre, sin embargo, que Dios no es un exhibicionista que se ofrece en espectáculo, el Ser todopoderoso que se impone y ante el que es conveniente adoptar una postura de «legítima defensa».

El Dios encarnado en Jesús es el Dios discreto que no humilla. El Dios humilde y cercano que, desde el misterio mismo de la vida ordinaria y sencilla, nos invita al diálogo. «Dios está en el centro de nuestra vida, aún estando más allá de ella».

A Dios lo podemos descubrir en las experiencias más normales de nuestra vida cotidiana. En nuestras tristezas inexplicables, en la felicidad insaciable, en nuestro amor frágil, en las añoranzas y anhelos, en las preguntas más hondas, en nuestro pecado más secreto, en nuestras decisiones más responsables, en la búsqueda sincera.

Cuando un hombre o una mujer ahonda con lealtad en su propia experiencia humana, le es difícil evitar la pregunta por el misterio último de la vida al que los creyentes llamamos «Dios».

Lo que necesitamos es unos ojos más limpios y sencillos y menos preocupados por tener cosas y acaparar personas. Una atención más honda y despierta hacia el misterio de la vida, que no consiste sólo en tener «espíritu observador» sino en saber acoger con simpatía los innumerables mensajes y llamadas que la misma vida irradia.

Dios «no está lejos de los que lo buscan». Lo que necesitamos es liberarnos de la superficialidad, de las mil distracciones que nos dispersan y de esa actividad nerviosa que, con frecuencia, nos impide tomar conciencia de lo que es la vida y nos cierra el camino hacia Dios.

martes, 30 de junio de 2009

Vos ¿qué podes hacer?

Recomendaciones contra la Gripe

lunes, 29 de junio de 2009

Urgente

El juez Alfredo Ramos de Chilecito, La Rioja, aplicó el artículo 194 del Código Penal para encarcelar a Carina Díaz Moreno, una de las tantas militantes de la Asamblea de Famatina que recibieran feroz represión en Peñas Negras, sitio emblemático de un pueblo movilizado que impide el tránsito de los equipos de perforación de la transnacional minera Barrick Gold, resistencia que cuenta con una barrera ubicada a 2000 metros de altura, merced a un movimiento social perseverante formado mayormente por mujeres docentes. Los asambleístas que denunciaron al grupo represor -que nuca fue indagado por la justicia- son en cambio procesados por el Dr. Alfredo Ramos, Juzgado Nº1 de Chilecito quien dictó prisión preventiva para la imputada Carina Díaz Moreno, “por agresión a funcionarios”. La militante famatinense se halla detenida en estos momentos en la comisaría de Chilecito donde el abogado de oficio, Oscar Salcedo, exige su inmediata excarcelación.

La Unión de Asambleas Ciudadanas (UAC) moviliza a sus asambleas de todo el país para gestar acciones concretas que permitan la liberación de la compañera al mismo tiempo que denuncia la violencia ejercida por funcionarios y jueces al servicio de corporaciones mineras transnacionales, gestoras de sobornos y de la corrupción gobernante.

*Javier Rodríguez Pardo (MACH-RENACE) Unión de Asambleas Ciudadanas (UAC)*

*Contactos para mayor información:*

*Carina Díaz Moreno 0382515660017*

*Abogado de Oficio Dr. Oscar salcedo: 03825 15405792*

*Juzgado Nº1 Chilecito – La Rioja, Dr. Alfredo Ramos, 03825- 422720*

Javier Rodríguez Pardo
Movimiento Antinuclear del Chubut (MACH)
Sistemas Ecológicos Patagónicos (SEPA)
Red Nacional de Acción Ecologista (RENACE)
Unión de Asambleas Ciudadanas (UAC)

Famatina no se toca 3

Famatina no se toca 2

Famatina no se toca 1

domingo, 28 de junio de 2009

Videos recomendados: La próxima estación

En defensa de las democracias latinoamericanas

viernes, 26 de junio de 2009

Comentario biblico dominical




DOMINGO XIII TIEMPO ORDINARIO CICLO B
HOMILÍAS JOSÉ ANTONIO PAGOLA

No temas; basta que tengas fe
Mc 5,21-43


NUESTRA INJUSTICIA CON LAS MUJERES

Jesús adoptó ante las mujeres una postura tan sorprendente que desconcertó, incluso, a sus mismos discípulos.
En aquella sociedad judía donde el varón daba gracias a Dios cada día por no haber nacido mujer, no era fácil entender la nueva postura de Jesús, acogiendo sin discriminaciones a hombres y mujeres en la nueva comunidad.
Si algo se desprende con claridad de actitud es que, para él, hombres y mujeres tienen igual dignidad personal, sin que la mujer tenga que ser objeto del dominio del varón.
Sin embargo, los cristianos no hemos sido capaces todavía de extraer todas las consecuencias que se siguen de la actitud del Maestro. R. Laurentin ha llegado a decir que se trata de «una revolución ignorada» por la Iglesia.
Por lo general, los varones seguimos sospechando de todo movimiento feminista y reaccionamos secretamente contra cualquier planteamiento que pueda poner en peligro nuestra situación privilegiada sobre la mujer.
En tina Iglesia, dirigida por varones, no hemos sido capaces de descubrir todo el pecado que se encierra en el dominio que los hombres ejercemos, de muchas maneras, sobre las mujeres. Y lo cierto es que apenas se escuchan desde el interior de la Iglesia voces que, en nombre de Cristo, urjan a los varones a una profunda conversión.
Para justificar nuestra supremacía masculina hemos ido consolidando un presupuesto secreto pero enormemente eficaz: «los varones son los únicos que realmente importan, mientras que las mujeres existen únicamente por referencia a ellos» (M. French ).
Los creyentes hemos de tomar conciencia de que el actual dominio de los varones sobre las mujeres no es «algo natural», sino una estructura y un comportamiento profundamente viciados por el egoísmo y la imposición injusta de nuestro poder.
¿Es posible superar este dominio masculino? La revolución urgida por Jesús no se realiza despertando la agresividad mutua ni promoviendo entre los sexos una guerra que acarrearía nuevos riesgos para nuestra supervivencia humana. Jesús llama a «una revolución de las conciencias» que nos haga vivir de otra manera las relaciones que nos unen a unos con otros.
Las diferencias ente los sexos, además de su función en el origen de una nueva vida, han de ser encaminadas hacia la cooperación, el apoyo y el crecimiento mutuos.
Los varones hemos de escuchar con mucha más lucidez y sinceridad la interpelación de aquel de quien, según el relato evangélico, «salió fuerza» para curar a la mujer.

UN PROBLEMA NO SUPERADO
La cultura moderna ha divulgado un modo diferente de mirar la muerte. El morir ya no interesa como hecho trascendente, ni como destino misterioso del ser humano. Se trata sencillamente de la interrupción de un proceso biológico, un "fenómeno natural" que hemos de aceptar como algo normal y ordinario. Pero, a decir verdad, nadie siente la propia muerte como algo natural, sino como un final absurdo e inhumano.
Por otra parte, se esperaba que el progreso y el bienestar generalizado harían olvidar poco a poco el "pequeño problema de la muerte", pero los hombres y mujeres de hoy siguen sintiendo la misma rabia e impotencia de siempre, cuando presienten cercano su final: "¿Esto era todo? ¿Por qué tengo que morir ahora?".
Por eso, no es extraño leer hoy afirmaciones como la del teólogo alemán Heinz Zahrnt en su último estudio: "El problema de la muerte y de lo que viene después de la muerte no es un problema superado. Está ahí tan vivo como siempre e, incluso, suscita un interés renovado".
De hecho, se leen con avidez las experiencias vividas por individuos "vueltos a la vida", que pretenden decirnos lo que sucede en la muerte. Las gentes acuden cada vez más a recibir "mensajes del más allá" a través de personas mediadoras que, se dice, pueden comunicar con las almas de los difuntos. Se ponen de moda diversas formas de "reencarnación" elaboradas a partir de antiguas doctrinas orientales.
Pero la muerte no admite "soluciones de compromiso". Inútil recibir pretendidos "mensajes del más allá" o escuchar relatos de los "reanimados" que, naturalmente, no han experimentado la muerte. Inútil también buscar refugio en teorías reencarnacionistas tan alejadas con frecuencia de su inspiración oriental. Ante la muerte, sólo cabe una alternativa. O el hombre se pierde para siempre, o bien es acogido por Dios para la vida.
La esperanza de los cristianos en la vida eterna tiene como fundamento único la confianza total en la fidelidad de Dios que, como dice Jesús, es "un Dios de vivos y no de muertos". El posee la vida en plenitud. Donde él actúa, se despierta la vida. También en el interior de la muerte.
En el momento de morir yo no podré disponer de mi vida. No podré ya relacionarme con nadie. Nadie podrá hacer nada por mí. No hay apoyos ni garantías de nada. Estaré solo ante la destrucción. O hay un Dios Creador que me saca de la muerte, o todo habrá terminado para siempre.
En ese momento la fe del creyente se hará total. La confianza se convertirá en abandono absoluto en el misterio de Dios. La única manera cristiana de morir es hacer de la muerte el acto final de confianza total en un Dios que me ama sin fin.
Nuestra preocupación hoy no ha de ser satisfacer nuestra curiosidad sobre el más allá, ni alejar nuestros temores recurriendo a teorías prestadas de otras religiones, sino acrecentar nuestra fe en el Dios de la vida.
Hemos de escuchar en toda su hondura las palabras de Jesús al jefe de la sinagoga de Cafarnaum, ante la muerte de su hija: "No temas. Solamente ten fe".

DIOS QUIERE LA VIDA
Niña, levántate Mc 5, 21-43

El ser humano se siente mal ante el misterio de la muerte. Nos da miedo lo desconocido. Nos aterra despedirnos para siempre de nuestros seres queridos para adentramos, en la soledad más absoluta, en un mundo inexplorado en el que no sabemos exactamente qué es lo que nos espera.
Por otra parte, incluso en estos tiempos de indiferencia e incredulidad, la muerte sigue envuelta en una atmósfera religiosa. Ante el final se despierta en no pocos el recuerdo de Dios o las imágenes que cada uno nos hacemos de él. De alguna manera, la muerte desvela nuestra secreta relación con el Creador, bien sea de abandono confiado, de inquietud ante el posible encuentro con su misterio o de rechazo abierto a toda trascendencia.
Es curioso observar que son bastantes los que asocian la muerte con Dios, como si ésta fuera algo ideado por él para asustarnos o para hacernos caer un día en sus manos. Dios sería un personaje siniestro que nos deja en libertad durante unos años, pero que nos espera al final en la oscuridad de esa muerte tan temida.
Sin embargo, la tradición bíblica insiste una y otra vez en que Dios no quiere la muerte. El ser humano, fruto del amor infinito de Dios, no ha sido pensado ni creado para terminar en la nada. La muerte no puede ser el objetivo o la intención última del proyecto de Dios sobre el hombre.
Desde las culturas más primitivas hasta las filosofías más elaboradas sobre la inmortalidad del alma, la humanidad se ha rebelado siempre contra la muerte. El hombre sabe que morir es algo natural dentro del proceso biológico del viviente, pero, al mismo tiempo, intuye más o menos oscuramente que esa muerte no puede ser su último destino.
La esperanza en una vida eterna se fue gestando lentamente en la tradición bíblica no por razones filosóficas o consideraciones sobre la inmortalidad del alma, sino por la confianza total en la fidelidad de Dios. Si esperamos la vida eterna es sólo porque Dios es fiel a sí mismo y fiel a su proyecto. Como dijo Jesús en una frase inolvidable: «Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos están vivos» (Lucas 20, 38).
Dios quiere la vida del ser humano. Su proyecto va más allá de la muerte biológica. La fe del cristiano, iluminada por la resurrección de Cristo, está bien expresada por el salmista: «No me entregarás a la muerte ni dejarás a tu amigo conocer la corrupción» (Salmo 16, 10). La actuación de Jesús agarrando con su mano a la joven muerta para rescatarla de la muerte es encarnación y signo visible de la acción de Dios, dispuesto a salvar de la muerte a todo ser humano.

RECUPERAR LA FEMINIDAD
Vete en paz y con salud Mc 5, 21-43
La hemorroisa de la que habla el episodio evangélico es una mujer enferma en las raíces mismas de su feminidad. Aquellas pérdidas de sangre que viene padeciendo desde hace doce años la excluyen de la intimidad y el amor conyugal.
Según las normas del Levítico es impura ante sus propios ojos y ante los demás. Una mujer intocable y frustrada que queda excluida del deseo y el amor del varón.
Su ser más íntimo de mujer está herido. Su sangre se derrama inútilmente. Su vida se desgasta en la esterilidad.
El evangelista la describe como una mujer ignorada y solitaria, avergonzada de sí misma, perdida en el anonimato de la multitud.
La curación de esta mujer se produce cuando Jesús se deja tocar por ella y la mira con amor y ternura desconocida: "Hija... vete en paz y con salud'.
La sicoanalista católica FranÇoise Dolto, al comentar esta curación en su estudio "El evangelio ante el psicoanálisis", señala que "una mujer sólo se sabe y se siente femenina mediante un hombre que cree en ella. Es en los ojos de un hombre, en su actitud, donde una mujer se sabe femenina". Para aquella mujer enferma ese hombre ha sido Jesús.
En nuestra sociedad se despierta poco a poco la sensibilidad colectiva ante la violencia y las agresiones que la mujer padece. Crecen las denuncias, se agiliza el código penal, se abren centros para mujeres maltratadas.
Pero somos todavía poco conscientes del sufrimiento oculto y la tragedia de tantas mujeres frustradas en su ser más íntimo de mujer.
Mujeres perdidas en el anonimato de los hogares y las faenas caseras cuya dedicación y entrega apenas valora nadie.
Mujeres inseguras de sí mismas, atemorizadas por su propio marido, que viven culpabilizándose de sus desaciertos y depresiones porque no encuentran el apoyo y la comprensión que necesitan.
Mujeres vencidas por la soledad, cansadas ya de luchar y sufrir en silencio, que no aman ni son amadas con la ternura que su ser de mujer está pidiendo.
Mujeres desgastadas y afeadas por la dureza de la vida, que descuidan su cuerpo y su feminidad porque hace mucho tiempo que nadie las mira ni las besa con amor.
Mujeres que recuperarían su ser auténtico de mujer si se encontraran con la mirada acogedora y curadora de un esposo o un verdadero amigo.

miércoles, 24 de junio de 2009

Cursos biblicos 2009

ESCUELA BIBLICA NTRA. SRA. DE SION
CURSOS DEL SEGUNDO CUATRIMESTRE
Todos los lunes, desde el 3 de Agosto hasta el 30 de Noviembre.
• 16,30 a 17.50: Los Salmos en la fe y la tradición del judaísmo; Rabino Mario Hendler.
Un estudio sobre la columna vertebral de la oración común de judíos y cristianos. Leyendo los salmos desde su contexto original y buscando el sentido desde la tradición del judaísmo.

• 16.30 a 17.50: Qué sabemos del Jesús histórico: Lic. José Luis D'Amico.
¿Nació Jesús en Belén? ¿Qué día? ¿Qué predicaba y cómo se preparó para su misión? ¿Realmente reunió a Doce hombres? ¿No había mujeres en su grupo de discípulos?
Muchas preguntas nos dan vueltas a la hora de preguntarnos sobre la vida de Jesús. En la actualidad muchos investigadores se han agolpado a buscar respuestas. Este curso nos acercará a sus conclusiones.

• 18.00 a 19.30: Conflictos, violencia: el perdón como camino hacia la reconciliación, Prof. Beatriz Fernández.
Nuestro corazón está herido o hemos herido a otros. Y nuestra herida clama por ser sanada, como la de nuestros hermanos. ¿Cómo respondemos a este desafío a la luz de la praxis de Jesús y del Evangelio?

• Grupo de estudio
Coordinado por el profesor Sandro Rojas.
En este cuatrimestre el tema será: EL REINO Y EL REINADO DE DIOS.
Todos los lunes, desde el 3 de Agosto hasta el 30 de Noviembre, de 18 a 20 hs.

• Los símbolos bíblicos, Prof. Gloria Ladislao.
Un curso-taller al cual se puede asistir en su totalidad o solamente a las clases que a usted le interesen. Consulte el temario y las fechas para cada tema desde aquí
Todos los lunes, desde el 3 de Agosto hasta el 30 de Noviembre, de 18 a 20 hs.

• Introducción a una lectura de la Biblia, Prof. Sandro Rojas.
Un nuevo modo de leer los textos bíblicos.
Todos los miércoles de Octubre y Noviembre, de 18.00 a 19.30 hs.
Av. Directorio 440 - Ciudad Autónoma de Buenos Aires - Argentina - informes@sion.org.ar

viernes, 19 de junio de 2009

Comentario biblico dominical

DOMINGO XII TIEMPO ORDINARIO CICLO B
HOMILÍAS JOSÉ ANTONIO PAGOLA

¿Aún no tenéis fe?
Mc 4, 35-40



MIEDO A CREER
¿Por qué sois tan cobardes? Mc 4, 35-41

Los hombres preferimos casi siempre lo fácil, y nos pasamos la vida tratando de eludir todo aquello que exige verdadero riesgo y sacrificio.
Cuántos retroceden y se repliegan cómodamente en la pasividad, cuando descubren las exigencias y luchas que lleva consigo el saber vivir con cierta hondura.
Nos da miedo tomar en serio nuestra vida. Da vértigo asumir la propia existencia con responsabilidad total. Es más fácil «instalarse» y «seguir tirando», sin atreverse a afrontar el sentido último de nuestro vivir diario.
Cuántos hombres y mujeres viven sin saber cómo, por qué ni hacia dónde. Están ahí. La vida sigue cada día. Pero, por el momento, que nadie les moleste. Están ocupados por su trabajo, al atardecer les espera su programa de T. V., las vacaciones están ya próximas. ¿Qué más hay que buscar?
Vivimos en un mundo atormentado, y, de alguna manera hay que defenderse. No se puede vivir a la deriva. Y entonces cada uno se va buscando con mayor o menor esfuerzo el tranquilizante que más le conviene, aunque dentro de nosotros se vaya abriendo un vacío cada vez más inmenso de falta de sentido y de cobardía para vivir nuestra existencia en toda su hondura.
Por eso, los que fácilmente nos llamamos creyentes, deberíamos escuchar con sinceridad total las palabras de Jesús: «¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?».
Quizás nuestro mayor pecado contra la fe, lo que más gravemente bloquea nuestra acogida del evangelio, sea la cobardía. Digámoslo con sinceridad. No nos atrevemos a tomar en serio todo lo que el evangelio significa.
Con frecuencia se trata de una cobardía oculta, casi inconsciente. Alguien ha hablado de la «herejía disfrazada» (M. Bellet) de quienes defienden el cristianismo incluso con agresividad, pero no se abren nunca a las exigencias más fundamentales del evangelio.
Entonces el cristianismo corre el riesgo de convertirse en un tranquilizante más. Un conglomerado de cosas que hay que creer, cosas que hay que practicar y defender. Cosas que «tomadas en su medida», hacen bien y ayudan a vivir.
Pero, entonces todo puede quedar falseado. Uno puede estar viviendo su «propia religión tranquilizante», no muy alejada del paganismo vulgar que se alimenta de confort, dinero y sexo, evitando de mil maneras el «peligro supremo» de encontrarnos con el Dios vivo de Jesús que nos llama a la justicia, la fraternidad y la cercanía a los pobres.


LE IMPORTA
¿No te importa que nos hundamos? Mc 4, 35-40

Hay formas de entender la religión que, aunque estén muy extendidas, son falsas y desfiguran sustancialmente la realidad de Dios y la experiencia religiosa. No son cosas secundarias, sino de fondo.
Veamos un ejemplo. Son bastantes los que se imaginan como dos mundos de intereses. Por una parte, están los intereses de Dios. A él le interesa su gloria, es decir, que las personas crean en él, que lo alaben y que cumplan su voluntad divina. Por otra, están los intereses de los humanos que nos afanamos por vivir lo mejor posible y ser felices.
A Dios, evidentemente, le interesa «lo suyo» y trata de poner al hombre a su servicio. Impone sus diez mandamientos (como podía haber impuesto otros o ninguno) y está atento a cómo le responden los hombres. Si le obedecen los premia, en caso contrario los castiga. Como Señor que es, también concede favores; a unos más que a otros; a veces gratuitamente, a veces a cambio de algo.
Los hombres, por su parte, buscan sus propios intereses y tratan de ponerle a Dios de su parte. Le «piden ayuda» para que les salgan bien las cosas; le «dan gracias» por determinados favores; incluso le «ofrecen sacrificios» y «cumplen promesas» para forzarlo a interesarse por sus asuntos.
En realidad, las cosas son de manera muy diferente. A Dios lo único que le interesa somos nosotros. Nos crea sólo por amor y busca siempre nuestro bien. No hay que convencerlo de nada. De él sólo brota amor hacia el ser humano. No busca contrapartidas. No ama al hombre para obtener de él su reconocimiento. Lo único que le interesa es el bien y la dicha de las personas. Lo que le da verdadera gloria es que los hombres y mujeres vivan en plenitud.
Si quiere que cumplamos esas obligaciones morales que llevamos dentro del corazón por el mero hecho de ser humanos, es porque ese cumplimiento es bueno para nosotros. Dios está siempre contra el mal porque va contra la felicidad del ser humano. No «envía» ni «permite» la desgracia. No está en la enfermedad, sino en el enfermo. No está en el accidente, sino con el accidentado. Está en aquello que contribuye ahora mismo al bien del hombre. Y, a pesar de los fracasos y desgracias inevitables de esta vida finita, está orientándolo todo hacia la salvación definitiva.
En el relato evangélico de Marcos, los discípulos, zarandeados por la tempestad, gritan asustados: «Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?» Jesús calma el mar (símbolo del poder del mal) y les dice: «¿Aún no tenéis fe?» Mientras no hemos descubierto que a Dios lo que le importa es que no nos hundamos, ¿qué fe tenemos?

¿POR QUÉ TANTO MIEDO?

La tempestad calmada por Jesús en medio del lago de Galilea siempre ha tenido gran eco entre los cristianos. Ya no es posible conocer su núcleo histórico original. Marcos ha trabajado el relato para invitar a su comunidad, amenazada por la persecución y la hostilidad, a confiar en Jesús.
La escena es sobrecogedora. La barca se encuentra en medio del mar. Comienza a echarse encima la oscuridad de la noche. De pronto, se levanta un fuerte huracán. Las olas rompen contra la barca. El agua lo va llenando todo. El grupo de Jesús está en peligro.
Dentro de la barca, los discípulos están angustiados: en cualquier momento se pueden hundir. Mientras tanto, Jesús «duerme» en la parte trasera, tal vez en el lugar desde el que se marca el rumbo de la embarcación. No se siente amenazado. Su sueño tranquilo indica que en ningún momento ha perdido la paz.
Dice San Pablo que «el amor no lleva las cuentas del mal» (1 Cor 13, 5). Siempre entendemos estas palabras como una exhortación que se nos hace a nosotros. Y pocas veces nos detenemos a pensar que esto se ha de decir, antes que nada, de aquel que es el Amor verdadero. ¡Cuántos cristianos se sorprenderían al escuchar que Dios no lleva cuentas del mal! ¡Qué gozo para muchos descubrir que el amor incondicional de Dios no lleva cuentas de nuestros pecados!
Y sin embargo, es así. El amor perdonador de Dios está siempre ahí, penetrando todo nuestro ser por dentro y por fuera. Incomprensible, insondable, infinito. Sólo amor. Esto no significa que nuestros pecados sean algo banal y sin consecuencias en la construcción de nuestra vida y de nuestro futuro último.
Al contrario, el pecado nos destruye porque nos encierra en nosotros mismos y rompe nuestra vinculación con ese Dios perdonador. No es Dios el que se cierra a nosotros. Somos nosotros los que nos cenamos a su amor.
No es Dios el que tiene que cambiar de actitud. Por su parte, siempre hay perdón. Somos nosotros los que hemos de cambiar para abrirnos a Dios y dejarnos recrear de nuevo por su amor eternamente fiel. El perdón se nos está ofreciendo ya. Somos nosotros los que hemos de acogerlo con fe, gratitud y amor.

lunes, 15 de junio de 2009

INVOCACIÓN AL ESPÍRITU

Ven Espíritu Santo.
Despierta nuestra fe débil, pequeña y vacilante. Enséñanos a vivir confiando en el amor insondable de Dios nuestro Padre a todos sus hijos e hijas, estén dentro o fuera de tu Iglesia. Si se apaga esta fe en nuestros corazones, pronto morirá también en nuestras comunidades e iglesias.

Ven Espíritu Santo.
Haz que Jesús ocupe el centro de tu Iglesia. Que nada ni nadie lo suplante ni oscurezca. No vivas entre nosotros sin atraernos hacia su Evangelio y sin convertirnos a su seguimiento. Que no huyamos de su Palabra, ni nos desviemos de su mandato del amor. Que no se pierda en el mundo su memoria.

Ven Espíritu Santo.
Abre nuestros oídos para escuchar tus llamadas, las que nos llegan hoy, desde los interrogantes, sufrimientos, conflictos y contradicciones de los hombres y mujeres de nuestros días. Haznos vivir abiertos a tu poder para engendrar la fe nueva que necesita esta sociedad nueva. Que, en tu Iglesia, vivamos más atentos a lo que nace que a lo que muere, con el corazón sostenido por la esperanza y no minado por la nostalgia.

Ven Espíritu Santo.
Purifica el corazón de tu Iglesia. Pon verdad entre nosotros. Enséñanos a reconocer nuestros pecados y limitaciones. Recuérdanos que somos como todos: frágiles, mediocres y pecadores. Libéranos de nuestra arrogancia y falsa seguridad. Haz que aprendamos a caminar entre los hombres con más verdad y humildad.

Ven Espíritu Santo.
Enséñanos a mirar de manera nueva la vida, el mundo y, sobre todo, a las personas. Que aprendamos a mirar como Jesús miraba a los que sufren, los que lloran, los que caen, los que viven solos y olvidados. Si cambia nuestra mirada, cambiará también el corazón y el rostro de tu Iglesia. Los discípulos de Jesús irradiaremos mejor su cercanía, su comprensión y solidaridad hacia los más necesitados. Nos pareceremos más a nuestro Maestro y Señor.

Ven Espíritu Santo.
Haz de nosotros una Iglesia de puertas abiertas, corazón compasivo y esperanza contagiosa. Que nada ni nadie nos distraiga o desvíe del proyecto de Jesús: hacer un mundo más justo y digno, más amable y dichoso, abriendo caminos al reino de Dios.


José Antonio Pagola

ECOS DEL DOMINGO: PARA SEGUIR SABOREANDO

El sacramento no es el pan como cosa,sino el gesto de partirlo y repartirlo


No estamos celebrando un sacramento más, sino “el sacramento de nuestra fe”, como dice la liturgia. Esta es la celebración que nos puede llevar más lejos en la comprensión de lo que fue Jesús.

Es imposible meter en el espacio de una homilía la increíble amplitud de significados de este sacramento. A través de los siglos, se han potenciado algunos aspectos y se han minimizado otros. Hoy creo que debemos hacer una nueva valoración de todos ellos. Vamos a fijarnos en dos aspectos que creo debemos cotizar al alza. Y otros dos, que se han exagerado a través del tiempo y que hoy deben ser entendidos de manera más acorde con nuestra sensibilidad.

El primer aspecto que debemos revisar hoy es la presencia real de Cristo en el pan y en el vino. Quede bien claro, que no se trata de negarla. Se trata de explicarla de manera que pueda ser entendida por el hombre de hoy. La creencia en una presencia física y materializada no ayuda, para nada, a entender el sacramento. Si durante siglos no se le dio mayor importancia a esa presencia, no puede ser el aspecto más importante.

La distorsión de la presencia fue el final de un proceso muy largo. Empezó por guardarse algo del pan consagrado para que pudiera participar de la eucaristía el que no había podido asistir. El paso siguiente fue el conservar siempre algo de pan (reserva) para poder ayudar a los que se encontraban en peligro de muerte. Más tarde se vio la necesidad de colocar las especies en recipiente y lugar más digno. Terminó por ponerse en el centro de la iglesia para que fuera adorado. El convertirlo en objeto de devoción y centro de la piedad privada, alejó al pueblo del verdadero valor del sacramento.

Ayudó mucho a este desenfoque la traducción inadecuada de la palabra “cuerpo” de la antropología judía por nuestro “cuerpo”. Para la antropología judía del tiempo de Jesús “cuerpo” no era la carne, sino la persona (capacidad de relaciones con los demás). Pero es que la palabra swma griega, que es la que usan los evangelios, desde Herodoto, también significa la persona entera. La traducción debía ser: esto es mi persona; esto soy yo. Pero bien entendido que “esto” no se refiere a la cosa pan, sino al pan partido y repartido.

También nos ha despistado el haber interpretado el capítulo 6 del evangelio de Juan, como explicación de la eucaristía. En primer lugar dice Jesús: “Yo soy el pan de vida. Quien se acerca a mí nunca pasará hambre y quien me presta adhesión nunca pasará sed”.

No deja la menor duda sobre qué significa comer ese pan. Cuando dice: “Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida definitiva”, está afirmando que asimilar a Jesús, identificarse con él, es poseer la vida definitiva que no tiene fin. Al que hace suya esa Vida, la muerte no le puede afectar.

No hace referencia directa a la eucaristía, sino que nos indica en qué dirección debe ir la misma celebración de la eucaristía. Comer el pan es lo mismo que hacer nuestra la Vida de Jesús, que, un poco más adelante, identifica con la misma Vida de Dios: “El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo el que me coma vivirá por mí”

La eucaristía como sacrificio, es otro aspecto que debemos colocar en su justo lugar. En primer lugar, el modelo judío de sacrificio no puede servir para indicar la actitud de Jesús para con Dios. Va en contra de la predicación y de la actuación de Jesús. El Dios de Jesús no necesita rescate alguno para desplegar su amor. Jesús mismo se desentendió del organigrama sacrificial del templo.

“La muerte por muchos” que aparece en alguno de los relatos, no tiene el sentido de sacrificio expiatorio. Su muerte no es sacrificio, sino modelo de don total a los demás. La argumentación de S. Anselmo, es una estrategia jurídica, que nada tiene que ver con el Dios de Jesús que es amor.

Para mí, el principal aspecto que debíamos recuperar es el de memoria. Para ello debemos acercarnos lo más posible a lo que pasó, desmenuzando los textos. Esta tarea no es nada fácil, porque ninguno de los relatos coincide en la redacción. Este dato sería suficiente para superar todo intento de considerar esas palabras como fórmula mágica.

No sabemos si fue una cena pascual en sentido estricto. No tiene mayor importancia porque el centro de la cena de Jesús con sus discípulos no fue el cordero, sino el pan y el vino. Los textos son simples y todos apuntan a una estructura ya litúrgica.

Aunque es importante saber lo que Jesús hizo, lo más importante es el sentido que él quiso dar a esos gestos y palabras. En esos sencillos signos, está manifestando lo que él es. Jesús se desvinculó del sentido de la Pascua para dar otro sentido a la celebración.

Al decir “esto es mi “cuerpo”, está afirmando lo que él es como persona viva. Al decir “esto es mi “sangre”, está tratando de manifestar lo que es como persona muerta, machacada, “matada”.

Cada una de las fórmulas tienen es sí sentido completo. Esto explica que se le llamara “la fracción del pan”. En algunos relatos, los dos gestos están separados por el tiempo que duraba la misma cena. El reparto del pan se hacía al principio de la cena. La copa se repartía tres veces; y parece que la que Jesús aprovechó para hacer el signo, fue la tercera, que se distribuía al final de la cena.

El otro aspecto que es urgente recuperar en toda su importancia es el de comida comunitaria. Todos los textos hacen hincapié en el aspecto de celebración de la comunidad reunida, siempre en el marco de una comida fraterna. Compartir la mesa era para ellos, compartir la vida, clave para entender el significado profundo de lo que celebramos.

Pablo llega a decir que si hay división entre los ricos y pobres, no es posible celebrar la eucaristía. Si se trata de un sacramento, no puede ser una cosa en sí, sino una acción y además comunitaria.

En aquella cena última se nos afirma que compartir el pan es identificarse con Jesús. Es aceptar su mensaje y su actividad como norma de vida; Vivir en sintonía con él, teniéndole como referente en nuestro quehacer diario.

Beber el vino es, además, identificarse con su sangre, Los judíos siempre que hablan de sangre, hacen referencia a la sangre derramada, es decir, a la muerte. Mientras la sangre no se separa de la carne, es una sola cosa con ella; ambas soportan la vida. Este segundo gesto nos invita a aceptar a un Jesús, que no solo se dio durante su vida, sino que también su muerte fue el don definitivo de sí mismo.

Si se trata de una celebración comunitaria, la que celebra, es la comunidad. El cura puede decir Misa, pero no habrá verdadera eucaristía si no hay, por lo menos dos reunidos en su nombre.

En la última cena no hubo sacerdote sagrado. Jesús era un laico. Ni era sacerdote ni era levita. Era un seglar, que nunca quiso dejar de serlo.

Durante los dos primeros siglos no se planteó el tema de los ministros consagrados. Curiosamente se planteó primero el tema de los diáconos, es decir, los que tenían que llevar a cabo la tarea de atender a los pobres que fue la primera consecuencia de celebrar bien la eucaristía.

Durante varios siglos, las eucaristías no se celebraron en el templo sino en casa. Cualquier lugar es suficientemente digno si los que se reúnen, lo hacen en su nombre. Primero las casas y más tarde las catacumbas y los escondites donde se tenían que refugiar los cristianos, no eran menos dignas que la iglesia, para celebrar la eucaristía.

Como todos los sacramentos, la Eucaristía es consecuencia de la unión de un signo y la realidad significada. Repetimos el signo, es decir las palabras y los gestos que hizo Jesús. Lo significa­do es el AMOR, una realidad trascenden­te que está siempre ahí, ni se crea ni se destruye, ni se hace ni se deshace. Repetimos el signo para hacer presente la realidad significada. Y queremos hacer presente esa realidad, para provocar la vivencia.

El signo no es el pan como cosa, sino el gesto de partirlo y repartirlo. Los signos no son lo más importante, ni siquiera son originales de Jesús. Lo original es el significado que les dio. ‘Haced esto’ lo hemos reducido a un mandato de ir a misa y a lo sumo comulgar, pero Jesús lo que dijo fue: haced lo mismo que yo he hecho, partiros y repartiros, como el pan.


Meditación-contemplación


Esto soy yo, pan que me parto y me reparto.

Esto tenéis que ser vosotros.

Todo el mensaje de Jesús esta aquí.

Todo lo que hay que saber y hay que hacer.

………………



Celebrar la eucaristía no es una devoción.

Su objetivo no es potenciar nuestras relaciones con Dios.

Celebrar la eucaristía es comprometerme con los demás.

Es aprender de Jesús, el camino del verdadero amor.

………………



Si la celebración es compatible con mi egoísmo.

Si sigo desentendiéndome de los que me necesitan,

mis eucaristías no son más que un rito vacío.

El pan que Jesús da nos salvará,

si al comerlo, aprendo a dejarme comer como hizo él.

…………………..



Fray Marcos

ÉTICA Y VOTOS

Una de las cosas que han quedado más claras, después de las últimas elecciones al parlamento europeo, es que los posibles escándalos de corrupción de PP en Madrid no le han impedido ganar los votos que necesitaba para derrotar al PSOE. Y de la misma manera, los supuestos escándalos de corrupción del PSOE en Andalucía tampoco han sido obstáculo para que gane holgadamente.

Por supuesto, no soy tan estúpido como para dictar sentencia en los casos de corrupción en los que se han visto imputados los miembros del PP o del PSOE. En todo caso, y sea lo que sea del veredicto final de la justicia, el hecho es que una notable mayoría de ciudadanos españoles, a la hora de votar, no parece que tenga en cuenta la presunción de honradez o desvergüenza de los políticos a quienes vota.

A la vista de estos hechos (por no hablar, sin ir más lejos, del comportamiento de los italianos con Berlusconi), resulta inevitable hacerse una pregunta: ¿qué criterios éticos son los verdaderamente determinantes de nuestra conducta?

Cada día está más claro que la seguridad económica nos motiva más que la honradez ética. Es más, seguramente se puede afirmar que el dinero (y todo lo que aporta el dinero: bienestar, consumo, seguridad...) importa más que la honradez.

Por eso se comprende que, después de lo que ha caído con la crisis, si somos sinceros, tenemos que reconocer que la aspiración de millones de ciudadanos es salir cuanto antes de esta situación. ¿Para qué? Muy sencillo: al menos, para volver a donde estábamos antes y, si es posible, para salir mejor y más fortalecidos.

O sea, si es cierto (y parece que lo es) que ha sido el capitalismo descontrolado el que nos he metido en este lío espantoso, resulta que lo que más anhelamos ahora mismo es recuperar lo que teníamos, es decir, volver al capitalismo de antes. Eso sí, organizándolo de forma que funcione mejor.

Con tal que podamos disfrutar de todo lo que nos ha aportado la economía de mercado y el capital financiero, no pensamos, ni por un momento, que ha sido precisamente ese sistema económico el que nos ha acarreado sufrir las consecuencias de la conducta desvergonzada de los que han sabido y han podido manejar los hilos del sistema. Pero no importa. Para mucha gente, es tan maravilloso el sistema, que, si es preciso, nos rendimos a los pies de los más corruptos, con tal de que nos devuelvan el bienestar seguro y desbocado en el que hemos vivido desde que nos hicimos ricos.

Y es obligado recordar, una vez más, que el sistema que tanto nos gusta y que tanto anhelamos, es el sistema que premia a un número cada vez más reducido de ciudadanos del mundo. A sabiendas que el número de los satisfechos es cada día menor, precisamente porque el número de los hambrientos y excluidos de las ventajas del sistema es cada día mayor. Para que los países ricos vivan cada día mejor, eso se consigue a costa de los que demás vivan cada día peor.

Sin necesidad de recordar, una vez más las estadísticas de la opulencia y el hambre, que todos conocemos, con lo dicho basta para volver, con temor y temblor, a la pregunta de antes: ¿qué convicciones éticas nos han metido en la cabeza y en el corazón de nuestras conductas?

A la hora de pontificar sobre el bien y el mal, la justicia y la injusticia, todos somos más honrados que la honradez misma. Pero cuando hablamos así, ni nos damos cuenta de que el sistema capitalista, por su misma naturaleza, nos ha configurado interiormente de forma que ha disociado nuestros pensamientos de nuestras conductas.

Queremos un mundo justo, pero luego resulta que para conseguir lo que decimos que queremos, ponemos al frente de esa tarea a individuos de los que no tenemos seguridad alguna sobre su sinceridad, su honestidad y su vergüenza.

¿A dónde vamos por este camino? ¿Qué mundo les vamos a dejar a nuestros jóvenes, a nuestros niños, a las generaciones futuras? Seguro, un mundo con muchas técnicas y miles de artilugios. Lo que no sabemos es si podrá ser un mundo más humano, más habitable y más honesto.

Será, sin duda, el mundo de los predicadores de la justicia y la verdad. Pero seguramente será también el mundo de la mentira, el mundo en el que nadie podrá fiarse de nadie, el mundo del odio y del desprecio.

No me resisto aquí a recordar el pensamiento acerado de Nietzsce, en su “Genealogía de la moral” (III, 13):

“¡Y cuánta mendacidad para no reconocer que ese odio es odio! ¡Qué derroche de grandes palabras y actitudes afectadas, qué arte de la difamación justificada! Esas gentes mal constituidas: ¡qué noble elocuencia brota de sus labios! ¡Cuánta azucarada, viscosa, humilde entrega flota en sus ojos! ¿Qué quieren propiamente? ‘Representar’ al menos la justicia, el amor, la sabiduría, la superioridad, tal es la ambición de esos ‘ínfimos’, de esos enfermos”.

La conclusión no es despreciar (más todavía) a los políticos. No estoy hablando de ellos. Estoy hablando de todos. De los que hemos votado. Y también de los que no han querido votar.

De pico y lengua, estamos todos bien abastecidos. Lo que no sé es si la coherencia ética se corresponde con nuestras palabras. Ahí está, creo yo, el problema del momento.


José M. Castillo