martes, 24 de junio de 2008

La propuesta política de Jesús


En cuanto a las relaciones de poder, la propuesta de Jesús es muy distinta de aquella sostenida y ejercida tanto par el emperador como por sus representantes en Palestina.

Jesús trabaja en equipo (Mc 1,16-20). Promueve un poder participativo, compartido, de manera que cada persona desarrolle su condición de ciudadano y ciudadana. Es un poder ejercido en comunidad (Mt 18,15-20) y supone organización, de la misma forma que hizo Moisés en la época de la formación de Israel. Comparemos Ex 18,21 con Mc 6,39-40.

A quien se acerca a su grupo, Jesús propone un poder que se hace servicio, capaz de entregar hasta la propia vida par el pueblo (Mc 8,34-38; 10,43-45).

No quiere un poder que destaque a algunos, como anhelaban Santiago y Juan (Mc 10,36-41). Tampoco un poder que cree privilegios para unos en detrimento de otros, tal como Pedro desea en la escena del lavatorio de los pies (Jn 13,1-17).

Y para quien quiere ser mas poderoso, Jesús muestra a un niño, símbolo de todos los pequeños, como modelo de poder, un poder sin ambiciones, transparente y autentico (Mc 9,33-38). Además, Jesús presenta a esclavos y mujeres como paradigmas de poder. En una sociedad esclavista y patriarcal, el servicio de lavar los pies a los señores o a los maridos, correspondía a los esclavos y a las mujeres (In 13,1-17). Como veremos, Jesús tiene una propuesta nueva.

Es preciso recordar también el proyecto del "Reino de Dios" anunciado por Jesús de Nazaret (Mc 1,15; Mt 4,17). En los evangelios de Marcos y Mateo, el anuncio del Reino es su primera predicación en público. Por eso asume un significado particular. Las primeras comunidades cristianas dieron una gran importancia a esta propuesta de Jesús. EI vino a inaugurar el poder del verdadero y único rey, hacienda memoria de la época de las tribus en el antiguo Israel, en el cual ningún rey humano podía dominar (Jc 8,22-23). Solamente YHWH es el legítimo rey del mundo, gobernándolo con justicia y juzgando a las naciones con equidad (Sal 9,9; 96,13). Coherente con esta propuesta, Jesús inaugura nuevas relaciones entre las personas. La elección de los 12 entre los apóstoles, evoca a las 12 tribus de la sociedad igualitaria.

EI pasaje conocido como la entrada triunfal en Jerusalén (Mc 11,1-11), nos enseña que el Mesías liberador no viene montado en caballo. En aquel momento, el caballo era el símbolo del ejército poderoso de Roma. Los ramos, en vez de espadas, señalan un poder fundado en la paz. Tampoco viene sentado sobre una mula, acción propia de los reyes (1 R 1,33.38); viene montado en un burro, como hacían los pobres (Za 9,9-10). Su poder no tiene como base la fuerza militar, ni el poder de los reinos de este mundo. Es el poder popular, el poder-servicio, el poder de los pobres.

Finalmente, al recordar la parábola del Buen Pastor, se esta hacienda una crítica a los malos pastores, como eran llamados los gobernantes. La comunidad de Juan presenta a Jesús como el verdadero pastor que gobierna con justicia, de manera que todos tengan vida digna. Comparemos Ez 34 con Jn 10,1-18 y después recemos el Sal 23.

"DIOS EN EL ANTIGUO TESTAMENTO"

CURSO BREVE DE PROFUNDIZACIÓN


Rabino Arieh Sztokman


Los días Miércoles,

del 2 de Julio al 6 de Agosto

De 10 a 12 hs.

En nuestra sede

Curso arancelado. INFORMES:

SOCIEDAD BÍBLICA CATÓLICA INTERNACIONAL

Riobamba 230, C1025ABF Buenos Aires

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viernes, 20 de junio de 2008

La propuesta económica de Jesús


Frente a un sistema que acumulaba tesoros sobre tesoros (Mt 6,19-21; Lc 12,13-32), Jesús tiene otra propuesta para distribuir los bienes. El criterio es la necesidad cotidiana de cada persona (Mt 6,11; 20,1-16).

Su proyecto es el don del compartir. Lo podemos percibir en su manera de compartir el pan y los peces. Los cuatro evangelios relatan la preocupación de Jesús con el tema del hambre de su pueblo y la distribución de la comida (Mt 14,13-21; Mc 6,30-44; Lc 9,10-17; Jn 6,1-13). Tan central parece ser este gesto en las acciones de Jesús, que dos de los cuatro evangelios narran una segunda multiplicación de los panes (Mt 15,32-39; Mc 8,1-10). Es, según los evangelios, la señal más importante realizada por Jesús.

En la primera, queda claro que no es el dinero lo que resolverá la cuestión. Esta es la solución presentada por los discípulos (Mc 6,36-37). Para Jesús, en cambio, la cuestión pasa por la organización y el compartir. Ellos tenían cinco panes y dos peces. Ya sabemos que los números en la Biblia son simbólicos. La cantidad de canastos que se reparten (siete), es el numero de la perfección, de la totalidad. El problema, por lo tanto, no era la falta de comida, sino su justa distribución ¿Como se llega al gesto de compartir lo que se tiene? Primero, organizándose (Mc 6,40). Como fruto de la organización, se realiza el compartir. ¿Cuantos canastos de comida sobraron? Doce. Numero que simboliza a las doce tribus de don de desciende todo el pueblo de Israel. Esto indica que el proyecto de Dios es que nunca falte el pan en las mesas del pueblo de Israel.

En la segunda multiplicación muchos elementos se repiten. Encontramos también algunas diferencias; por ejemplo, en vez de doce, sobran siete canastos (Mc 8,8). Consideremos que, en la simbología numérica, el siete vale más que el doce. Abarca a todos los pueblos y no solamente Israel. También el numero de las personas que comieron (Mc 8,9) sugiere universalismo. EI sueño de Jesús es que, también en las mesas de los demás pueblos, jamás falte el pan. Como podemos ver, el milagro no es magia, sino compartir, fruto de la organización.

La lucha contra el hambre es tan central en su proyecto, que Jesús incluye la cuestión del pan en la oración que nos enseño. En ella, resume su Evangelio (Mt 6,11; Lc 11,3). En este sentido, no es simple coincidencia que, en la última noche, la cena pascual quedase como señal de su presencia entre nosotros para siempre. Cena que celebra la libertad, la unión del pueblo, y su comunión con Dios. Cena donde se comparte el pan y el vino. En ese pan y vino repartidos, Jesús se hace presente como Emmanuel, Dios con nosotros. Participar de esta cena es comprometerse con Jesús y su proyecto.

Frente a la riqueza que excluye, Jesús propone comunión y solidaridad con los más pobres. Propone el gesto concreto de misericordia (Lc 12,33; Mt 6,1-4), generosidad en los préstamos (Lc 6,35), ayuda a quien pasa hambre, o sed, o esta sin techo, a quien no tiene con que vestirse (Mt 25,31-36). También propone invitar a comer (Lc 14,12-14), y compartir los bienes (Mt 19,16-22; Lc 19,1-10).

En lugar del enriquecimiento individual, propone bienestar colectivo (Jn10,10). Y en lugar del consumismo y el desperdicio, sugiere una vida moderada (Mc 6,43; 8,8).

En cuanto a las relaciones de trabajo, Jesús tiene una propuesta donde no cabe la esclavitud. En su proyecto, no hay esclavos sino amigos (In 15,14-15), pues todas las personas son libres como hijos e hijas del mismo Padre (Jn 8,33-36; Ga 5,1.13).

jueves, 19 de junio de 2008

Bajate el documento de trabajo:

SÍNODO DE LOS OBISPOS -XII ASAMBLEA GENERAL ORDINARIA

LA PALABRA DE DIOS
EN LA VIDA Y EN LA MISIÓN
DE
LA IGLESIA

INSTRUMENTUM LABORIS


http://www.vatican.va/roman_curia/synod/documents/rc_synod_doc_20080511_instrlabor-xii-assembly_sp.html



miércoles, 11 de junio de 2008

Sentarnos a la misma mesa


El Evangelio del domingo pasado (Mt.9,9-13) nos presentó a Jesús sentado a la mesa con cobradores de impuestos y gente de mala reputación. El ejemplo de Jesús debe conmovernos y ayudarnos a descubrir cual es el camino para destrabar el conflicto entre el gobierno y el campo, y cualquier otro conflicto: sentarse a la misma mesa para dialogar, para caminar juntos, para lograr la reconciliación.


Jesús se anima a sentarse en la mesa


Comer con pecadores, recaudadores de impuestos, personas marginadas es una de las características principales de la vida y de la misión de Jesús. Los evangelios nos narran los detalles: Mt.9,9-13 / Lc.5,27-39 / Lc.19, 1-10.

Jesús también se sentó a la mesa de los fariseos, con quienes tenía duros enfrentamientos. En la casa de Simón, el fariseo (Lc, 7-36-50) Jesús le muestra el camino del perdón. En la casa de otro fariseo (Lc. 11,37-54) enseña el valor de compartir con los pobres por encima de los ritos religiosos.

En casa de otro fariseo Jesús sana a un hombre mostrando que la dignidad humana esta por encima de cualquier norma y costumbre. En esa misma reunión Jesús enseñó que en el Reino de Dios se sentaran a la mesa los más pobres, lo que más sufren, los más abandonados (Lc.14,1-24)

Por sentarse a la mesa con esta gente a Jesús lo tratan de borracho, glotón, amigo de pecadores (Lc.15,1-2 / Lc.7,34). A Jesús no le importa les que dirán, es una persona madura. Solo le interesa buscar la comunión, el dialogo, la verdad, la reconciliación, la justicia social… que se transformen en mejores personas, que entren en la lógica del Reino de Dios.


La Iglesia comunidad de pecadores que comparten la mesa con Jesús


Jesús quiso que su vida y su muerte se resumieran en una mesa compartida, por eso celebró la ultima cena con sus discípulos (Lc.22,14-38)

Participar cada domingo en la Misa es para los católicos el signo de identidad y de comunión con Jesús más importante que podemos vivir. Y la Misa es la reunión de los cristianos pecadores que comparten la mesa con Jesús. Cada domingo recordamos que somos pecadores recibidos por Jesús en su mesa para experimentar el amor de Dios y vivir como hermanos.

Sentados en la misma mesa de la Eucaristía tratamos de dialogar con Dios y entre nosotros, de vivir la reconciliación y la solidaridad.

Como cristianos no podemos rehusar el desafío de sentarnos a la misma mesa para resolver nuestros conflictos familiares, sociales, políticos, económicos y religiosos.


Sentarse a la mesa para dialogar y compartir.


En esta etapa de la historia urge que nos sentemos a la misma mesa los distintos sectores que conforman nuestra Nación. Todos debemos estar invitados y sentirnos responsables de participar.

Con nuestras diferencias, con nuestras virtudes y defectos, debemos vencer la peligrosa tentación de creer que alguno debe ser excluido de la mesa. Todos debemos encontrarnos sentados en la mesa del diálogo respetuoso y sincero, de la búsqueda de la justicia social y del compromiso por construir un proyecto de país donde nadie sufra la terrible marginación causada por la injusta distribución de la riqueza, o marginación causada por la soberbia que excluye a causa de las ideas políticas o religiosas.

Los argentinos necesitamos sentarnos a la misma mesa para proyectar nuestros sueños de patria grande. Nunca tan actual el consejo del Martín Fierro:

“Los hermamos sean unidos

esta es la ley primera

tengan unión verdadera

en cualquier tiempo que sea,

porque si los hermanos se pelean

los devoran los de ajuera”

viernes, 6 de junio de 2008

29 de Junio 2008 - 2009 : Año Paulino

"PABLO, TESTIGO Y APÓSTOL EN LOS CAMBIOS DE ÉPOCA"

Querida gente:
Reitero esta información sobre las charlas con las cuales inauguraremos el año paulino 2008-2009. Sé que disfrutarán cualquiera de las tres noches que puedan asistir. Les agradeceré que hagan circular esta información.
¡Nos vemos allí!
María Gloria Ladislao


"PABLO, TESTIGO Y APÓSTOL EN LOS CAMBIOS DE ÉPOCA"

Lunes 9 de junio: Las raíces espirituales de los orígenes
Pbro. Lic. Hugo Safa

Martes 10 de junio: Conflictos y nuevos paradigmas.
Lutero y la reforma.

Dr. Daniel Beros (Iglesia Evangélica del Río de la Plata)

Miércoles 11 de junio: El nuevo lugar de la mujer
Prof. María Gloria Ladislao

Las conferencias se realizarán a las 19 hrs.
Auditorio Colegio Champagnat, Marcelo T. de Alvear 1632, Cap.Fed.
Entrada libre y gratuita sujeta a capacidad de la sala.


Informes:
SOBICAIN -Sociedad Bíblica Católica Internacional-
Riobamba 230, Cap.Fed. Tel: 5555-2447/8
cursosbiblicos@san-pablo.com.ar www.san-pablo.com.ar/sobicain
www.sanpablohoy.com

domingo, 25 de mayo de 2008

La Eucaristía según Jesús

Primera Biblia en mien, ¡en cuatro tipos de escrituras!


TAILANDIA (LaBibliaWeb.com / SBU) — Después de veintisiete largos años de arduo trabajo por parte de traductores, revisores, tipógrafos y correctores de prueba, la Biblia completa en mien tuvo finalmente su lanzamiento en marzo.

Esta Biblia es el fruto de la colaboración entre la Overseas Missionary Fellowship (OMF) y la Sociedad Bíblica Tailandesa. Lo que la hace inusual es el hecho de que se publicara en cuatro tipos de escrituras: tailandés, lao, romano antiguo y romano nuevo.

Hay alrededor de 1.7 millones de mienhablantes en todo el mundo. Cerca de 1.3 millones viven en las regiones montañosas de Laos y el norte de Vietnam. Se calcula que hay también más de cuarenta mil mienhablantes que viven en el norte de Tailandia, muchos de los cuales huyeron de la inestabilidad sociopolítica y las dificultades económicas de Laos, Vietnam y la China.

Existe también una amplia población mienhablante en América del Norte: unos doscientos cincuenta mil, muchos de ellos cristianos. Los mien por lo general viven en pequeñas aldeas incrustadas en altas montañas rocosas y valles selváticos profundos. Llevan una vida sencilla, dedicados a la siembra, a la agricultura de corte y quema, a la cría de ganado y al tejido de coloridas prendas de vestir y adornos para la cabeza. Practican el animismo, su religión tradicional.

Desde finales de la década de los años cuarenta, OMF ha desarrollado un ministerio entre el pueblo mien de Tailandia, Laos y Vietnam, y ahora hay más de una docena de iglesias y congregaciones de habla mien en el norte de Tailandia. El ministerio de alcance se realiza principalmente en Tailandia, aunque su efecto traspasa las fronteras del país. En realidad, ya es conocido que hay más cristianos mien en Vietnam que en cualquier otro país.

El lanzamiento de la Biblia en mien se llevó a cabo el 27 de marzo, durante una conferencia en mien de tres días en el Seminario Bíblico de Chiangrai. Unos trescientos cristianos mien, más visitantes del exterior, asistieron a la alegre ceremonia en la que se apreciaron coloridas prendas de vestir y adornos de la cabeza y actuaciones con instrumentos tradicionales.

El traductor Chen Gwey Fong y Ann Burgess, coordinadora del proyecto, resaltaron en la ceremonia el hecho de que, cuando OMF comenzó su ministerio entre el pueblo mien, las únicas Biblias disponibles eran en chino o en vietnamita. Hoy la Biblia se encuentra no solo en las escrituras tai y lao para el pueblo mien que lee estas escrituras, sino también en las dos escrituras romanas que usan los mien en otros países.

CURSO BREVE DE PROFUNDIZACIÓN


"LA ESPIRITUALIDAD DEL

EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN"

Profesor Lic. José Luis D´Amico

Los días Miércoles, del 4 al 25 de Junio

De 10 a 12 hs.

En nuestra sede

INFORMES

SOCIEDAD BÍBLICA CATÓLICA INTERNACIONAL

Riobamba 230, C1025ABF Buenos Aires

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CHARLA BÍBLICA


"Las mujeres en la Biblia"
Prof. María Gloria Ladislao

Miércoles 28 de mayo, de 19,30 a 21 hrs
Pquia. Nuestra Señora del Rosario
Bonpland 1983, Ciudad de Bs.As.
Entrada libre y gratuita. Llevar Biblia

domingo, 18 de mayo de 2008

Mirando con Humor el domingo de la S. Trinidad

viernes, 16 de mayo de 2008

"PABLO, TESTIGO Y APÓSTOL EN LOS CAMBIOS DE ÉPOCA"


Lunes 9 de junio: Las raíces espirituales de los orígenes
Pbro. Lic. Hugo Safa

Martes 10 de junio: Conflictos y nuevos paradigmas. Lutero y la reforma.
Dr. Daniel Beros (Iglesia Evangélica del Río de la Plata)

Miércoles 11 de junio: El nuevo lugar de la mujer
Prof. María Gloria Ladislao

Las conferencias se realizarán a las 19 hrs en el Auditorio Colegio Champagnat, Marcelo T. de Alvear 1632, Cap.Fed.
Entrada libre y gratuita sujeta a capacidad de la sala

Informes:
SOBICAIN -Sociedad Bíblica Católica Internacional-
Riobamba 230, Cap.Fed. Tel: 5555-2448
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viernes, 9 de mayo de 2008

«La Palabra de Dios: Fuente de reconciliación, justicia y paz».




Karibuni Afrika – Bienvenidos a África para la VII Asamblea Plenaria de la FEBIC

Al margen del Congreso sobre la Dei Verbum de septiembre de 2005, se reunió brevemente en Roma el Comité Ejecutivo de la Federación Bíblica Católica para discutir sobre la sede de la VII Asamblea Plenaria, que se celebrará en 2008. No faltaban motivos para que esta vez nos encontráramos en África, puesto que, tras las Asambleas Plenarias de Viena (1972), Malta (1978), Bangalore (1984), Bogotá (1990), Hongkong (1996) y Líbano (2002), África era la única región de la FEBIC en la que sus miembros no se hubieran reunido a nivel mundial. Además, la Asamblea Plenaria del Líbano había decidido, entre 2002 y 2008, una «prioridad regional para África», que dirigiera de manera especial la atención de la Federación hacia el Continente negro. Por último, desde África llegaron varios pedidos para que la Asamblea tuviera lugar allí.

En 2004, el Secretario General de la FEBIC visitó cuatro países africanos que habían sido indicados como sedes posibles en el Encuentro de los Animadores de la Pastoral Bíblica en África y Madagascar que tuvo lugar en noviembre de 2003 en Nairobi, Kenia. Hace tiempo que, para la FEBIC, la posibilidad de interaccionar con la Iglesia local se ha vuelto un criterio decisivo para la elección de la sede. Asimismo, en la elección del tema de la Asamblea Plenaria, la relación con el lugar del encuentro desempeña un papel importante.

Tra un análisis minucioso, el Comité Ejecutivo de la FEBIC se decidió por Dar es Salaam en Tanzania. Así pues, el próximo encuentro mundial de la FEBIC tendrá lugar en un país que, a pesar de todos los esfuerzos por combatir la pobreza, sigue siendo uno de los más pobres de la tierra y, como muchos otros países africanos, está amenazado por el SIDA. Tendrá lugar en un país que, a diferencia de varios países vecinos, ha superado del todo los conflictos tribales y cuya forma estatal promueve una buena convivencia entre cristianos y musulmanes, aunque tenga que enfrentar cada vez más los desafíos de las tendencias fundamentalistas; un país que se distingue por su población contenta de la vida y amable, por su variedad étnico-cultural y su naturaleza encantadora; un país cuya Iglesia, gracias a sus innumerables grupos y movimientos y a las comunidades cristianas de base, es muy vivaz y se esfuerza, también con el apoyo constante de la Conferencia Episcopal, por colocar la Palabra de Dios en el centro de su vida.

Así pues, la VII Asamblea Plenaria de la FEBIC en Tanzania, en el «Puerto de la Paz» (Dar es Salaam) será una experiencia profunda y ciertamente conmovedora y enriquecedora para los huéspedes de todo el mundo y para sus anfitriones.

La VII Asamblea Plenaria se tendrá del 24 de junio al 3 de julio de 2008. El tema de la Asamblea Plenaria es «La Palabra de Dios: Fuente de reconciliación, justicia y paz».

A lo largo del año, las instituciones miembros de la FEBIC recibirán informaciones detalladas sobre los preparativos y sobre el país huésped, Tanzania.

Karibuni Afrika – ¡Bienvenidos a África!

domingo, 20 de abril de 2008

En camino al Sínodo sobre la Palabra de Dios

La lectura espiritual de la Biblia

2008-03-14- Cuaresma 2008 en la Casa Pontificia

Cuarta predicación:


«LA LETRA MATA; EL ESPÍRITU DA VIDA»



1. La Escritura divinamente inspirada


En la segunda carta a Timoteo se contiene la célebre afirmación: «Toda la Escritura es inspirada por Dios» (2 Tm 3, 16). La expresión que se traduce: «inspirada por Dios», o «divinamente inspirada», en la lengua original es una palabra única: theopneustos, que contiene los dos vocablos de Dios (Theos) y de Espíritu (Pneuma). Tal palabra tiene dos significados fundamentales: uno muy conocido, el otro en cambio habitualmente descuidado, si bien no menos importante que el primero.

El significado más conocido es el pasivo, evidenciado en todas las tradiciones modernas: la Escritura es «inspirada por Dios». Otro pasaje del Nuevo Testamento explica así este significado: «Hombres [los profetas] movidos por el Espíritu Santo, han hablado de parte de Dios» (2 P 1,21). Es, en resumen, la doctrina clásica de la inspiración divina de la Escritura, aquella que proclamamos como artículo de fe en el Credo, cuando decimos que el Espíritu Santo «habló por los profetas».

Podemos representarnos con imágenes humanas este evento en sí misterioso de la inspiración: Dios «toca» con su dedo divino -esto es, con su energía viva que es el Espíritu Santo-- ese punto recóndito donde el espíritu humano se abre al infinito y desde ahí ese toque -en sí sencillísimo e instantáneo como es Dios que lo produce-- se difunde como una vibración sonora en todas las facultades del hombre -voluntad, inteligencia, fantasía, corazón--, traduciéndose en conceptos, imágenes, palabras.

El resultado que en tal modo se obtiene es una realidad teándrica, esto es, plenamente divina y plenamente humana: las dos cosas íntimamente unidas, auque no «confundidas». El Magisterio de la Iglesia -encíclicas Providentissimus Deus de León XIII y Divino afflante Spiritu de Pío XII-- nos dice que los dos datos, divino y humano, se han mantenido intactos. Dios es el autor principal porque asume al responsabilidad de lo que está escrito, determinándose el contenido con la acción de su Espíritu; sin embargo el escritor sagrado es también él autor, en el sentido pleno de la palabra, porque ha colaborado intrínsecamente en esta acción mediante una normal actividad humana, de la que Dios se ha servido como de un instrumento. Dios -decían los Padres-- es como el músico que, tocándola, hace vibrar las cuerdas de la lira; el sonido es todo obra del músico, pero no existiría sin las cuerdas de la lira.

De esta obra maravillosa de Dios se saca a la luz, habitualmente, casi sólo un efecto: la inerrancia bíblica, o sea, el hecho de que la Biblia no contiene error alguno, si entendemos correctamente el «error» como ausencia de una verdad posible humanamente, en un determinado contexto cultural, teniendo en cuenta el género literario utilizado y, por lo tanto, exigible de quien escribe. Pero la inspiración bíblica funda mucho más que la simple inerrancia de la palabra de Dios (que es algo negativo); funda, positivamente, su inagotabilidad, su fuerza y vitalidad divina y aquello que san Agustín llamaba la mira profunditas, la maravillosa profundidad [1].

Así ya estamos preparados a descubrir el otro significado de la inspiración bíblica. Por sí, gramaticalmente, el participio theopneustos es activo, no pasivo. La tradición misma ha sabido captar en ciertos momentos este significado activo. La Escritura, decía san Agustín, es theopneustos no sólo porque es «inspirada por Dios», sino también por que «respira a Dios», ¡emana a Dios! [2].

Hablado de la creación, san Agustín dice que Dios no hizo las cosas y después se fue, sino que aquellas, «venidas de Él, permanecen en Él» [3]. Igual ocurre con las palabras de Dios: venidas de Dios, permanecen en Él y Él en ellas. Después de haber dictado la Escritura, el Espíritu Santo es como si se hubiera encerrado en ella, la habita y la anima sin descanso con su soplo divino. Heidegger dijo que «la palabra es la casa del Ser»; nosotros podemos decir que la Palabra (con mayúsculas) es la casa del Espíritu.
La constitución conciliar Dei Verbum recoge también este movimiento de la tradición cuando dice que las Sagradas Escrituras «inspiradas por Dios (¡inspiración pasiva!) y escritas de una vez para siempre, comunican inmutablemente la palabra del mismo Dios, y hacen resonar la voz del Espíritu Santo en las palabras de los Profetas y de los Apóstoles» (¡inspiración activa!) [4].


2. Docetismo y ebionismo bíblico

Pero ahora debemos tocar el problema más delicado: ¿cómo acercarnos a las Escrituras de manera que «liberen» de verdad para nosotros el Espíritu que contienen? He mencionado que la Escritura es una realidad teándrica, esto es, divino-humana. Ahora bien: la ley de toda realidad teándrica (como son, por ejemplo, Cristo y la Iglesia) es que no se puede descubrir en ella lo divino más que pasando a través de lo humano. No se puede descubrir en Cristo la divinidad más que a través de su concreta humanidad.
Quienes en la antigüedad pretendieron actuar de manera distinta cayeron en el docetismo. Despreciando, de Cristo, el cuerpo y las características humanas como simples «apariencias» (dokein), perdieron también su realidad profunda y, en lugar de un Dios vivo hecho hombre, se encontraron en sus manos con una idea distorsionada de Dios. De igual forma, no se puede, en la Escritura, descubrir el Espíritu más que pasando a través de la letra, esto es, a través del revestimiento concreto humano que la palabra de Dios asumió en los diferentes libros y autores inspirados. No se puede descubrir en ellos el significado divino más que partiendo del significado humano, aquél intentado por el autor humano, Isaías, Jeremías, Lucas, Pablo, etc. En ello encuentra su plena justificación el inmenso esfuerzo de estudio e investigación que rodea el libro de la Escritura.

Pero éste no es el único peligro que corre la exégesis bíblica. Ante la persona de Jesús no existía sólo el riesgo del docetismo, o sea, de descuidar lo humano; existía también el peligro de quedarse ahí, de no ver en Él más que lo humano y no descubrir la dimensión divina de Hijo de Dios. En resumen, existía el peligro del ebionismo. Para los ebionitas (que eran judeo-cristianos) Jesús era, sí, un gran profeta, el mayor profeta, si se quiere, pero no más. Los Padres les llamaron «ebionitas» (de ebionim, los pobres) para decir que eran pobres de fe.

Así sucede también para la Escritura. Existe un ebionismo bíblico, esto es, la tendencia a quedarse en la letra, considerando la Biblia un libro excelente, el más excelso de los libros humanos, si se quiere, pero un libro sólo humano. Lamentablemente corremos el riesgo de reducir la Escritura a una sola dimensión. La ruptura del equilibrio, hoy, no es hacia el docetismo, sino hacia el ebionismo.

La Biblia se explica por muchos estudiosos intencionadamente sólo con el método histórico-crítico. No hablo de los estudiosos no creyentes, para los que ello es normal, sino de estudiosos que se profesan creyentes. La secularización de los sagrado en ningún caso se ha revelado tan aguda como en la secularización del Libro Sagrado. Ahora bien: pretender comprender exhaustivamente la Escritura estudiándola con el único instrumento del análisis histórico-filológico ¡es como pretender descubrir el misterio de la presencia real de Cristo en la Eucaristía basándose en un análisis químico de la ostia consagrada! El análisis histórico-crítico, aunque se llevara al máximo de la perfección, no representa, en realidad, más que el primer escalón del conocimiento de la Biblia, el relativo a la letra.

Jesús afirma solemnemente en el Evangelio que Abrahán «vio su día» (Cf. Jn 8,56), que Moisés había «escrito de Él» (Cf. Jn 5,46), que Isaías «vio su gloria y habló de Él» (Cf. Jn 12,41), que los profetas y los salmos y todas las Escrituras hablan de Él (Cf. Lc 24,27.44; Jn 5,39), pero hoy día cierta exégesis científica duda en hablar de Cristo, ya prácticamente no lo entrevé en ningún pasaje del Antiguo Testamento o, al menos, teme decir que lo percibe ahí, por la cuestión de desacreditarse «científicamente».

El inconveniente más grave de cierta exégesis exclusivamente científica es que cambia completamente la relación entre el exegeta y la palabra de Dios. La Biblia se convierte en un objeto de estudio que el profesor debe «dominar» y ante el cual, como se dice a cualquier hombre de ciencia, debe permanecer «neutral». Pero en este caso único no está permitido permanecer «neutral» y no es dable «dominar» la materia; más bien hay que dejarse dominar por ella. Decir de un estudioso de la Escritura que él «domina» la palabra de Dios, pensándolo bien, es decir casi una blasfemia.

La consecuencia de todo ello es el cierre y «replegamiento» de la Escritura sobre sí misma; vuelve a ser el libro «sellado», el libro «velado», porque -dice san Pablo-- ese velo «sólo en Cristo desaparece», cuando existe la «conversión al Señor», o sea, cuando se reconoce, en las páginas de la Escritura, a Cristo (Cf. 2 Co 3,15-16). Sucede, en la Biblia, como en ciertas plantas sensibilísimas que cierran sus hojas en cuanto las tocan cuerpos extraños, o como ciertos moluscos que se pliegan para proteger la perla que contienen. La perla de la Escritura es Cristo.

No se explican de otro modo las muchas crisis de fe de estudiosos de la Biblia. Cuando surge la cuestión de por qué la pobreza y aridez espiritual que reinan en algunos seminarios y lugares de formación, no se tarda en descubrir que una de las causas principales es el modo en que se enseña en ellos la Escritura. La Iglesia ha vivido y vive de lectura espiritual de la Biblia; truncado este canal que alimenta la vida de piedad, el celo, la fe, entonces todo se agosta y languidece. Ya no se comprende la liturgia, que está toda construida en un uso espiral de la Escritura, o bien se vive como un momento desprendido de la verdadera formación personal y desmentido por lo que se ha aprendido antes en clase.


3. El Espíritu da la vida

Un signo de gran esperanza es que la exigencia de una lectura espiritual y de fe de la Escritura empieza ya a advertirse precisamente por algunos eminentes exégetas. Uno de ellos escribió: «Es urgente que cuantos estudian e interpretan la Escritura se interesen de nuevo en la exégesis de los Padres para redescubrir, más allá de sus métodos, el espíritu que les animaba, el alma profunda que inspiraba su exégesis; en la escuela de ellos debemos aprender a interpretar la Escritura, no sólo desde el punto de vista histórico y crítico, sino igualmente en la Iglesia y para la Iglesia» (I. de la Potterie). El P. H. de Lubac, en su monumental historia de la exégesis medieval, evidenció la coherencia, la solidez y la extraordinaria fecundidad de la exégesis espiritual practicada por los Padres antiguos y medievales.

Pero hay que decir que los Padres no hacen, en este campo, más que aplicar (con los instrumentos imperfectos que tenían a disposición) la pura y sencilla enseñanza del Nuevo Testamento; no son, en otras palabras, los iniciadores, sino los continuadores de una tradición que tuvo entre sus fundadores a Juan, Pablo y al propio Jesús. Estos no sólo practicaron todo el tiempo una lectura espiritual de las Escrituras, o sea, una lectura con referencia a Cristo, sino que también dieron la justificación de tal lectura, declarando que todas las Escrituras hablan de Cristo (Cf. Jn 5,39), que en ellas era ya «el Espíritu de Cristo» que estaba a la obra y se expresaba a través de los profetas (Cf. 1 P 1,11), que todo, en el Antiguo Testamento, está dicho «por alegoría», esto es, en referencia a la Iglesia (Cf. Ga 4,24), o «para nuestro aviso» (1 Co 10,11).

Por ello decir lectura «espiritual» de la Biblia no significa decir lectura edificante, mística, subjetiva, o peor aún, fantasiosa, en oposición a la lectura científica que sería, en cambio, objetiva. Aquella, al contrario, es la lectura más objetiva que existe porque se basa en el Espíritu de Dios, no en el espíritu del hombre. La lectura subjetiva de la Escritura (la que se basa en el libre examen) se ha difundido precisamente cuando se ha abandonado la lectura espiritual y allí donde tal lectura se ha dejado de lado más claramente.

La lectura espiritual es por lo tanto algo bien preciso y objetivo; es la lectura realizada bajo la guía, o a la luz, del Espíritu Santo que ha inspirado la Escritura. Se basa en un evento histórico, esto es, en el acto redentor de Cristo que, con su muerte y resurrección, cumple el proyecto de salvación, lleva a cabo todas las imágenes y las profecías, desvela todos los misterios ocultos y ofrece la verdadera clave de lectura de toda la Biblia. El Apocalipsis expresa todo esto con la imagen del Cordero inmolado que toma en la mano el libro y rompe sus siete sellos (Cf. Ap. 5,1ss.)

Quien quisiera, después de Él, continuar leyendo la Escritura prescindiendo de este acto, se asemejaría a uno que sigue leyendo una partitura musical en clave de fa después de que el compositor ha introducido en el pasaje la clave de sol: cada nota expresaría, desde ahí, un sonido falso y desentonado. Así, el Nuevo Testamento llama a la clave nueva «el Espíritu», mientras que define a la clave vieja «la letra», diciendo que la letra mata, pero que el Espíritu da la vida (2 Co 3, 6).

Contraponer entre sí «letra» y «Espíritu» no significa contraponer entre sí Antiguo y Nuevo Testamento, casi como si el primero representara sólo la letra y el segundo sólo el Espíritu. Significa más bien contraponer entre sí dos modos distintos de leer tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento: el modo que prescinde de Cristo y el modo que juzga, en cambio, todo a la luz de Cristo. Por esto la Iglesia puede valorar uno y otro Testamento, dado que ambos le hablan de Cristo.


4. Lo que el Espíritu dice a la Iglesia

La lectura espiritual no se refiere sólo al Antiguo Testamento; en un sentido distinto también tiene que ver con el Nuevo Testamento; también éste debe leerse espiritualmente. Leer espiritualmente el Nuevo Testamento significa leerlo a la luz del Espíritu Santo derramado en Pentecostés en la Iglesia para conducirla a toda la verdad, o sea, a la plena compresión y actuación del Evangelio.

Jesús explicó Él mismo, anticipadamente, la relación entre su palabra y el Espíritu que enviaría (aunque no debemos pensar que lo haya hecho necesariamente en los términos precisos que utiliza, al respecto, el evangelio de Juan). El Espíritu -se lee en Juan-- «os enseñará y os recordará» todo lo que Jesús ha dicho (Cf. Jn 14,25 s.), o sea, lo dará a entender a fondo, con todas su implicaciones. Él «no hablará de sí mismo», esto es, no dirá cosas nuevas respecto a las que dijo Jesús, sino -como dice Jesús mismo-- recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros (Jn 16,13-15).

En ello es posible ver cómo la lectura espiritual integra y sobrepasa la lectura científica. La lectura científica conoce una sola dirección, que es la de la historia; explica en efecto lo que viene después, a la luz de lo que viene antes; explica el Nuevo Testamento a la luz del Antiguo que le precede, y explica la Iglesia a la luz del Nuevo Testamento. Buena parte del esfuerzo crítico en torno a la Escritura consiste en ilustrar las doctrinas del Evangelio a la luz de las tradiciones veterotestamentarias, de la exégesis rabínica, etc.; consiste, en resumen, en la investigación de las fuentes (sobre este principio se basa el Kittel y tantos otros apoyos bíblicos).

La lectura espiritual reconoce plenamente la validez de esta dirección de investigación, pero a ella añade otra inversa. Consiste en explicar lo que viene antes a la luz de lo que llega después, la profecía a la luz de la realización, el Antiguo Testamento a la luz del Nuevo y el Nuevo Testamento a la luz de la Tradición de la Iglesia. En ello la lectura espiritual de la Biblia encuentra una singular confirmación en el principio hermenéutico de Gadamer de la «historia de los efectos» (Wirkungsgeschichte), según el cual para comprender un texto hay que tener en cuenta los efectos que ha producido en la historia, introduciéndose en esta historia y dialogando con ella [5].

Sólo después de que Dios ha realizado su plan, se entiende plenamente el sentido de aquello que lo ha preparado y prefigurado. Si todo árbol, como dice Jesús, se reconoce por sus frutos, la palabra de Dios no se pude conocer plenamente antes de haber visto los frutos que ha producido. Estudiar la Escritura a la luz de la Tradición es un poco como conocer el árbol por sus frutos. Por ello Orígenes decía que «el sentido espiritual es lo que el Espíritu da a la Iglesia» [6]. Esto se identifica con la lectura eclesial o incluso con la Tradición misma, si entendemos por Tradición no sólo las declaraciones solemnes del Magisterio (que se refieren, por lo demás, a poquísimos textos bíblicos), sino también la experiencia de doctrina y de santidad en donde la palabra de Dios se ha como encarnado nuevamente y «se ha explicado» en el curso de los siglos por obra del Espíritu Santo.

Lo que se necesita no es por lo tanto una lectura espiritual que ocupe el lugar de la actual exégesis científica, con un retorno mecánico a la exégesis de los Padres; es más bien una nueva lectura espiritual que se corresponda al enorme progreso registrado desde el estudio de la «letra». Una lectura, en síntesis, que tenga el aliento y la fe de los Padres y, al mismo tiempo, la consistencia y la seriedad de la actual ciencia bíblica.


5. El Espíritu que sopla a los cuatro vientos


Ante la extensión de huesos secos, el profeta Ezequiel oyó la pregunta: «¿Podrán estos huesos revivir?» (Ez 37,3). La misma cuestión nos planteamos hoy nosotros: ¿podrá la exégesis, agostada por el prolongado exceso de filologismo, reencontrar el impulso y la vida que tuvo en otros momentos de la historia de la Iglesia? El padre de Lubac, después de haber estudiado la larga historia de la exégesis cristiana, concluye más bien tristemente, diciendo que nos faltan, a los modernos, las condiciones para poder volver a suscitar una lectura espiritual como la de los Padres; nos falta esa fe llena de impulso, ese sentido de plenitud y de unidad que tenían ellos, por lo que pretender hoy imitar su audacia sería exponerse casi a la profanación, al faltarnos el espíritu del que procedían aquellas cosas [7].

Sin embargo no cierra del todo la puerta a la esperanza y dice que «si se quiere reencontrar algo de aquello que fue en los primeros siglos de la Iglesia la interpretación espiritual de las Escrituras, hay que reproducir sobre todo un movimiento espiritual» [8]. A distancia de algunas décadas, con el Concilio Vaticano II de por medio, me parece hallar, en estas últimas palabras, una profecía. Ese «movimiento espiritual» y ese «impulso» comenzaron a reproducirse, pero no porque los hombres los hubieran programado o previsto, sino porque el Espíritu se puso a soplar de nuevo, inesperadamente, a los cuatro vientos sobre los huesos secos. Contemporáneamente a la reaparición de los carismas, se asiste a una reaparición de la lectura espiritual de la Biblia y es, también esto, un fruto, de los más exquisitos, del Espíritu Santo.

Participando en encuentros bíblicos y de oración, me quedo sorprendido al oír, a veces, reflexiones sobre la palabra de Dios del todo análogas a las que hacían en su tiempo Orígenes, Agustín o Gregorio Magno, si bien en un lenguaje más sencillo. Las palabras sobre el templo, sobre la «tienda de David», sobre Jerusalén destruida y reedificada tras el exilio, se aplican, con toda sencillez y pertinencia, a la Iglesia, a María, a la propia comunidad o a la propia vida personal. Lo que se narra de los personajes del Antiguo Testamento induce a pensar, por analogía o por antítesis, en Jesús, y lo que se narra de Jesús se aplica y actualiza en referencia a la Iglesia y al creyente.

Muchas perplejidades respecto a la lectura espiritual de la Biblia nacen de no tener en cuenta la distinción entre explicación y aplicación. En la lectura espiritual, más que pretender explicar el texto, atribuyéndole un sentido ajeno a la intención del autor sagrado, se trata, en general, de aplicar o actualizar el texto. Es lo que vemos en acto ya en el Nuevo Testamento ante las palabras de Jesús. A veces se constata que, de una misma parábola de Cristo, se realizan aplicaciones distintas en los sinópticos, según las necesidades y los problemas de la comunidad para la que cada uno escribe.

Las aplicaciones de los Padres y las de hoy no tienen evidentemente el carácter canónico de estas aplicaciones originarias, pero el proceso que conduce a ellas es el mismo y se basa en el hecho de que las palabras de Dios no son palabras muertas, «para conservar en aceite», diría Péguy; son palabras «vivas» y «activas», capaces de desplegar sentidos y virtualidades escondidas en respuesta a cuestiones y situaciones nuevas. Es una consecuencia de la que he llamado la «inspiración activa» de la Escritura, esto es, del hecho de que ella no es sólo «inspirada por el Espíritu», sino que «emana» también el Espíritu y lo hace continuamente, si se lee con fe. «La Escritura -dijo san Gregorio Magno-- cum legentibus crescit, crece con aquellos que la leen» [9]. Crece, permaneciendo intacta.

Concluyo con una oración que oí una vez a una señora, después de que se había dado lectura al episodio de Elías quien, subiendo al cielo, deja a Eliseo dos tercios de su espíritu. Es un ejemplo de lectura espiritual en el sentido que acabo de explicar: «Gracias, Jesús, porque ascendiendo al cielo no nos dejaste sólo dos tercios de tu Espíritu, ¡sino todo tu Espíritu! Gracias por que no lo dejaste a un solo discípulo, ¡sino a todos los hombres!».


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[1] Textos en H. de Lubac, Histoire de l'exégése médiévale, I,1, Paris, Aubier 1959, pp. 119 ss.
[2] S. Ambrosio, De Spiritu Sancto, III, 112.
[3] S. Agustín, Conf . IV, 12, 18.
[4] Dei Verbum, 21.
[5] Cf. H.G. Gadamer, Wahrheit und Methode, Tubingen 1960.
[6] Orígenes, In Lev. hom. V, 5.
[7] H. de Lubac, Exégèse médiévale, II, 2, p. 79.
[8] H. de Lubac, Storia e spirito, Roma 1971, p. 587.
[9] S. Gregorio Magno, Commento morale a Giobbe, 20,1 (CC 143A, p. 1003).

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domingo, 13 de abril de 2008

En camino al Sínodo sobre la Palabra de Dios

La Palabra de Dios como camino de santificación personal

2008-03-07- Cuaresma 2008 en la Casa Pontificia

Tercera predicación:

"ACOGED LA PALABRA"



1. La lectio divina

En esta meditación reflexionamos sobre la Palabra de Dios como camino de santificación personal. Los Lineamenta redactados en preparación del Sínodo de los obispos (octubre de 2008) tratan de ello en un párrafo del capítulo II, dedicado a "la Palabra de Dios en la vida del creyente".

Se trata de un tema cuánto más querido a la tradición espiritual de la Iglesia. "La Palabra de Dios --decía san Ambrosio-- es la sustancia vital de nuestra alma; la alimenta, la apacienta y la gobierna; no hay nada que pueda hacer vivir el alma del hombre fuera de la Palabra de Dios" [1]. "Es tanta la eficacia que radica en la palabra de Dios --añade la Dei Verbum--, que es, en verdad, apoyo y vigor de la Iglesia, y fortaleza de la fe para sus hijos, alimento del alma, fuente pura y perenne de la vida espiritual" [2].

"Es necesario, en particular --escribía Juan Pablo II en la Novo millennio ineunte--, que la escucha de la Palabra se convierta en un encuentro vital, en la antigua y siempre válida tradición de la lectio divina, que permite encontrar en el texto bíblico la palabra viva que interpela, orienta y modela la existencia" [3]. Sobre el tema se ha expresado también el Santo Padre Benedicto XVI con ocasión del Congreso internacional sobre la Sagrada Escritura en la vida de la Iglesia: "La asidua lectura de la Sagrada Escritura acompañada de la oración realiza ese íntimo coloquio en el que, leyendo, se escucha a Dios que habla, y orando se le responde con confiada apertura de corazón" [4].

Con las reflexiones que siguen me introduzco en esta rica tradición, partiendo de lo que dice sobre este punto la propia Escritura. En la Carta de Santiago leemos este texto sobre la Palabra de Dios:

"Nos engendró por su propia voluntad, con Palabra de verdad, para que fuéramos como las primicias de sus criaturas. Tenedlo presente, hermanos míos queridos: que cada uno sea diligente para escuchar y tardo para hablar, tardo para la ira... Por eso, desechad toda inmundicia y abundancia de mal y acoged con docilidad la Palabra sembrada en vosotros, que es capaz de salvar vuestras almas. Poned por obra la Palabra y no os contentéis sólo con oírla, engañándoos a vosotros mismos. Porque si alguno se contenta con oír la Palabra sin ponerla por obra, ése se parece al que contempla su imagen en un espejo: se contempla, pero, en cuanto se va, se olvida de cómo es. En cambio el que fija la mirada en la Ley perfecta de la libertad y se mantiene firme, no como oyente olvidadizo sino como cumplidor de ella, ése, practicándola, será feliz" (St 1,18-25).

2. Acoger la Palabra

Del texto de Santiago deducimos un esquema de lectio divina en tres etapas u operaciones sucesivas: acoger la palabra, meditar la palabra, poner por obra la palabra.

La primera etapa es, por lo tanto, la escucha de la Palabra: "Acoged con docilidad la Palabra sembrada en vosotros". Esta primera etapa abraza todas las formas y modos con que el cristiano entra en contacto con la Palabra de Dios: escucha de la Palabra en la liturgia, facilitada ya por el uso de la lengua vulgar y por la sabia elección de los textos distribuidos a lo largo del año; además, escuelas bíblicas, apoyos escritos e, insustituible, la lectura personal de la Biblia en la propia casa. Para quien está llamado a enseñar a otros, a todo ello se añade el estudio sistemático de la Biblia: exégesis, crítica textual, teología bíblica, estudio de las lenguas originales.

En esta fase hay que guardarse de dos peligros. El primero es el de quedarse en este primer estadio y transformar la lectura personal de la Palabra de Dios en una lectura "impersonal". Este peligro actualmente es muy fuerte, sobre todo en los lugares de formación académica.

Santiago compara la lectura de la Palabra de Dios con contemplarse en el espejo; pero, observa Kierkegaard, quien se limita a estudiar las fuentes, las variantes, los géneros literarios de la Biblia, sin hacer nada más, se parece a quien se pasa todo el tiempo mirando el espejo --examinando con atención su forma, el material, el estilo, la época-- sin mirarse jamás en el espejo. Para él el espejo no cumple su función. La Palabra de Dios ha sido dada para que la pongas en práctica y no para que te ejercites en la exégesis de sus oscuridades. Existe una "inflación de hermenéutica" y, lo que es peor, se cree que lo más importante, respecto a la Biblia, es la hermenéutica, no la práctica [5].

El estudio crítico de la Palabra de Dios es indispensable y jamás se darán bastantes gracias a quienes emplean su vida en allanar el camino para una comprensión cada vez mejor del texto sagrado, pero esto no agota por sí solo el sentido de las Escrituras; es necesario, pero no suficiente.

El otro peligro es el fundamentalismo: tomar todo lo que se lee en la Biblia a la letra, sin mediación hermenéutica alguna. Este segundo riesgo es mucho menos inocuo de cuanto pueda parecer a simple vista; el actual debate sobre creacionismo y evolucionismo es dramática prueba de ello.

Los que defienden la lectura literal del Génesis (el mundo creado hace algunos miles de años, en seis días, como es ahora), causan un inmenso daño a la fe. "Los jóvenes que han crecido en familias y en iglesias que insisten en esta forma de creacionismo --escribió el científico creyente Francis Collins, director del proyecto que llevó al descubrimiento del genoma humano--, antes o después descubren la aplastante evidencia científica en favor de un universo bastante más antiguo y la conexión entre sí de todas las criaturas vivientes a través del proceso de evolución y de selección natural. ¡Qué terrible e inútil elección afrontan!... No hay que sorprenderse si muchos de estos jóvenes dan la espalda a la fe, concluyendo que no se puede creer en un Dios que les pide que rechacen lo que la ciencia les enseña con tanta evidencia en torno mundo natural" [6] .

Sólo en apariencia los dos excesos, hipercriticismo y fundamentalismo, se oponen; tienen en común el hecho de quedarse en la letra, descuidando el Espíritu.

3. Contemplar la Palabra

La segunda etapa sugerida por Santiago consiste en "fijar la mirada" en la Palabra, permanecer largamente ante el espejo, en resumen, en la meditación o contemplación de la Palabra. Los Padres utilizaban al respecto las imágenes de masticar y de rumiar. "La lectura --escribe Guigo II, el teórico de la lectio divina-- ofrece a la boca un alimento sustancioso, la meditación lo mastica y lo tritura" [7]. "Cuando uno trae a la memora las cosas oídas y dulcemente las piensa en su corazón, se hace similar al rumiante", dice Agustín [8].

El alma que se mira en el espejo de la Palabra aprende a conocer "cómo es", aprende a conocerse a sí misma, descubre su deformidad respecto a la imagen de Dios y de Cristo. "Yo no busco mi gloria", dice Jesús (Jn 8,50): he aquí el espejo ante ti, en inmediatamente ves qué lejos estás de Jesús; "Bienaventurados los pobres de espíritu": el espejo vuelve a estar delante de ti e inmediatamente te descubres lleno todavía de apegamientos y de cosas superfluas; "la caridad es paciente...", y te das cuenta de lo impaciente que eres, envidioso, interesado.

Más que "escrutar la Escritura" (Jn 5,39) se trata de dejarse escrutar por la Escritura. La Palabra de Dios, dice la Carta a los Hebreos, "penetra hasta las fronteras entre el alma y el espíritu, hasta las junturas y médulas; y escruta los sentimientos y pensamientos del corazón" (Hb 4,12-13). La mejor oración para iniciar el momento de la contemplación de la Palabra es repetir con el salmista:

"Sóndame, oh Dios, mi corazón conoce,
pruébame, conoce mis deseos;
mira no haya en mí camino de dolor,
y llévame por el camino eterno" (Sal 139).

Pero en el espejo de la Palabra no sólo nos vemos a nosotros mismos; vemos el rostro de Dios; mejor: vemos el corazón de Dios. La Escritura, dice san Gregorio Magno, es "una carta de Dios omnipotente a su criatura; en ella se aprende a conocer el corazón de Dios en las palabras de Dios" [9]. También en cuanto a Dios es válido lo que dijo Jesús: "De lo que rebosa el corazón habla la boca" (Mt 12,34); Dios nos ha hablado, en la Escritura, de lo que rebosa su corazón, y lo que colma su corazón es el amor.

La contemplación de la Palabra nos procura de tal modo los dos conocimientos más importantes para avanzar por el camino de la verdadera sabiduría: el conocimiento de sí y el conocimiento de Dios. "Que me conozca a mí y que te conozca a ti, noverim me, noverim te --decía a Dios san Agustín--; que me conozca a mí para humillarme y que te conozca a ti para amarte".

Un ejemplo extraordinario de este doble conocimiento, de sí y de Dios, que se obtiene de la Palabra de Dios es la carta a la Iglesia de Laodicea en el Apocalipsis, que vale la pena meditar de vez en cuando, especialmente en este tiempo de Cuaresma (Ap 3,14-20). El Resucitado pone al descubierto ante todo la situación real del fiel típico de esta comunidad: "Conozco tu conducta; no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Ahora bien, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca". Impresionante el contraste entre lo que este fiel piensa de sí y lo que piensa Dios de él: "Tu dices: "Soy rico; me he enriquecido; nada me falta". Y no te das cuenta de que eres un desgraciado, digno de compasión , pobre, ciego y desnudo".

Una página de una dureza insólita, que sin embargo inmediatamente sobresale por una de las descripciones absolutamente más conmovedoras del amor de Dios: "Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo". Una imagen que revela su significado real y no sólo metafórico, si se lee, como sugiere el texto, pensando en el banquete eucarístico.

Además de servir para verificar el estado personal de nuestra alma, esta página del Apocalipsis nos puede valer para poner al descubierto la situación espiritual de gran parte de la sociedad moderna ante Dios. Es como una de esas fotografías tomadas con infrarrojos desde un satélite artificial, que revelan un panorama completamente distinto del habitual, observado a la luz natural.

También este mundo nuestro, fuerte en sus conquistas científicas y tecnológicas (como los laodicenos lo estaban en sus fortunas comerciales), se siente satisfecho, rico, sin necesidad de nadie, tampoco de Dios. Es necesario que alguien le haga conocer el verdadero diagnóstico de su estado: "No sabes que eres un desgraciado, digno de compasión , pobre, ciego y desnudo". Necesita que alguien le grite, como hace el niño en el cuento de Andersen: "¡El rey está desnudo!". Pero por amor y con amor, como hace el Resucitado con los laodicenos.

La Palabra de Dios asegura a toda alma que lo desea una dirección espiritual fundamental y en sí infalible. Existe una dirección espiritual, por así decirlo, ordinaria y cotidiana que consiste en descubrir qué quiere Dios en las diversas situaciones en las que el hombre, habitualmente, se encuentra en la vida. Tal dirección está asegurada por la meditación de la Palabra de Dios acompañada de la unción interior del Espíritu que traduce la Palabra en buena "inspiración", y la buena inspiración en resolución práctica. Es lo que expresa el versículo del Salmo tan querido a los que aman la Palabra: "Para mis pies lámpara es tu palabra, luz para mi sendero" (Sal 119,105).

Una vez predicaba una misión en Australia. El último día vino a verme un hombre, un inmigrante italiano que trabajaba allí. Me dijo: "Padre, tengo un grave problema: tengo un hijo de once años que aún está sin bautizar. La cuestión es que mi esposa se ha hecho testigo de Jehová y no quiere oír hablar de bautismo en la Iglesia católica. Si le bautizo, habrá una crisis; si no le bautizo, no me siento tranquilo, porque cuando nos casamos ambos éramos católicos y habíamos prometido educar en la fe a nuestros hijos.

¿Qué debo hacer?". Le dije: "Déjame reflexionar esta noche; vuelve mañana y vemos qué hacer". Al día siguiente este hombre regresó visiblemente sereno y me dijo: "Padre, encontré la solución. Ayer por tarde, en casa, oré un rato; después abrí la Biblia al azar. Salió el pasaje en el que Abrahán lleva a su hijo Isaac a la inmolación, y vi que cuando Abrahán lleva a su hijo a inmolarlo no dice nada a su esposa". Era un discernimiento exegéticamente perfecto. Bauticé yo mismo al chico y fue un momento de gran alegría para todos.
Abrir al Biblia al azar es algo delicado que hay que hacer con discreción, en un clima de fe y no antes de haber orado largamente. No se puede, en cambio, ignorar que, en estas condiciones, ello ha dado con frecuencia maravillosos frutos y lo han practicado también los santos. De Francisco de Asís se lee, en las fuentes, que descubrió el género de vida al que Dios le llamaba abriendo tres veces al azar, "después de haber orado devotamente", el libro de los Evangelios "dispuestos a poner por obra el primer consejo que se les diera" [10]. Agustín interpretó las palabras "Tolle lege", toma y lee, que oyó de una casa cercana, como una orden divina de que abriera el libro de las Cartas de san Pablo y leyera el versículo que primero saltara a su vista [11].

Ha habido almas que se han hecho santas con el único director espiritual de la Palabra de Dios. "En el Evangelio --escribió santa Teresa de Lisieux-- encuentro todo lo necesario para mi pobre alma. Descubro siempre en él luces nuevas, significados escondidos y misteriosos. Entiendo y sé por experiencia que "el reino de Dios está dentro de nosotros" (Lc 17, 21). Jesús no necesita de libros ni de doctores para instruir a las almas; Él, el Doctor de los doctores, enseña sin ruido de palabras" [12]. Fue a través de la Palabra de Dios, leyendo uno después del otro, los capítulos 12 y 13 de la Primera Carta a los Corintios, como la santa descubrió su vocación profunda y exclamó jubilosa: "¡En el cuerpo místico de Cristo yo seré el corazón que ama!".

La Biblia nos ofrece una imagen plástica que resume todo lo que se ha dicho sobre meditar la Palabra: la del libro comido, según se lee en Ezequiel:
"Yo miré; vi una mano que estaba tendida hacia mí, y tenía dentro un libro enrollado. Lo desenrolló ante mi vista: estaba escrito por el anverso y por el reverso; había escrito: "Lamentaciones, gemidos y ayes". Y me dijo: "Hijo de hombre, como lo que se te ofrece; come este rollo y ve luego a hablar a la casa de Israel". Yo abrí mi boca y él me hizo comer el rollo, y me dijo: "Hijo de hombre, aliméntate y sáciate de este rollo que yo te doy". Lo comí y fue en mi boca dulce como la miel. " (Ez 2,9-3, 3; v. también Ap 12,10).

Existe una diferencia enorme entre el libro simplemente leído o estudiado y el libro comido. En el segundo caso, la Palabra se convierte verdaderamente, como decía san Ambrosio, en "la sustancia de nuestra alma", aquello que informa los pensamientos, plasma el lenguaje, determina las acciones, crea el hombre "espiritual". La Palabra comida es una Palabra "asimilada" por el hombre, aunque se trata de una asimilación pasiva (como en el caso de la Eucaristía), esto es, "ser asimilado" por la Palabra, subyugado y vencido por ella, que es el principio vital más fuerte.

En la contemplación de la Palabra tenemos un modelo dulcísimo, María; guardaba todas estas cosas (literalmente: estas palabras) meditándolas en su corazón (Lc 2,19). En Ella la metáfora del libro comido se ha transformado en realidad hasta física. La Palabra literalmente le "sació".

4. Poner por obra la Palabra

Llegamos así a la tercera fase del camino propuesto por el apóstol Santiago, aquella en la que el apóstol insiste más: "Poned por obra la Palabra..., si alguno se contenta con oír la Palabra sin ponerla por obra...; el que considera atentamente la Ley perfecta de la libertad y se mantiene firme... como cumplidor de ella, ése, practicándola, será feliz". Es también lo que le importa más a Jesús: "Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la Palabra de Dios y la cumplen" (Lc 8,21). Sin este "poner por ora la Palabra", todo se queda en ilusión, construcción en arena. No se puede siquiera decir que se ha comprendido la Palabra porque, como escribe san Gregorio Magno, la Palabra de Dios se entiende verdaderamente sólo cuando se comienza a practicarla [13].

Esta tercera etapa consiste, en la práctica, en obedecer la Palabra. El término griego empleado en el Nuevo Testamento para designar la obediencia (hypakouein) traducido literalmente significa "dar escucha", en el sentido de efectuar aquello que se ha escuchado. "Mi pueblo no escuchó mi voz, Israel no me quiso obedecer", se lamenta Dios en la Biblia (Sal 81,12).

En cuanto se prueba a buscar, en el Nuevo Testamento, en qué consiste el deber de la obediencia, se hace un descubrimiento sorprendente: la obediencia se ve casi siempre como obediencia a la Palabra de Dios. San Pablo habla de obediencia a la doctrina (Rm 6,17), de obediencia al Evangelio (Rm 10,16; 2 Ts 1,8), de obediencia a la verdad (Gal 5,7), de obediencia a Cristo (2 Co 10,5). Encontramos el mismo lenguaje también en otras partes: en los Hechos de los Apóstoles se habla de obediencia a la fe (Hch 6,7); la Primera Carta de Pedro habla de obediencia a Cristo (1 P 1,2) y de obediencia a la verdad (1 P 1,22).

La obediencia misma de Jesús se ejerce sobre todo a través de la obediencia a las palabras escritas. En el episodio de las tentaciones del desierto, la obediencia de Jesús consiste en recordar las palabras de Dios y atenerse a ellas: "¡Está escrito!". Su obediencia se ejerce, de modo particular, en las palabras que están escritas sobre Él y para Él "en la ley, en los profetas y en los salmos", y que Él, como hombre, descubre a medida que avanza en la compresión y en el cumplimiento de su misión. Cuando quieren oponerse a su prendimiento, Jesús dice: "Mas, ¿cómo se cumplirían las Escrituras de que así debe suceder?" (Mt 26,54). La vida de Jesús está como guiada por una estela luminosa que los demás no ven y que está formada por las palabras escritas para Él; deduce de las Escrituras el "debe" (dei) que rige toda su vida.

Las palabras de Dios, bajo la acción actual del Espíritu, se convierten en expresión de la voluntad viva de Dios para mí, en un momento dado. Un pequeño ejemplo ayudará a entenderlo. En una situación me di cuenta de que, en comunidad, alguien había tomado por error un objeto de mi uso. Me disponía a hacerlo notar y a pedir que me fuera devuelto cuando me topé por casualidad (pero tal vez no fue verdaderamente por casualidad) con la palabra de Jesús, que dice: "A todo el que te pida, da, y al que tome lo tuyo, no se lo reclames" (Lc 6,30). Comprendí que esa palabra no se aplicaba universalmente y en todos los casos, pero que ciertamente se aplicaba a mí en aquel momento. Se trataba de obedecer la Palabra.

La obediencia a la Palabra de Dios es la obediencia que podemos realizar siempre. Obedecer órdenes o a autoridades visibles, ocurre sólo cada tanto, tres o cuatro veces en la vida, si se trata de obediencias graves; pero obedecer la Palabra de Dios puede presentarse a cada momento. Es también la obediencia que podemos hacer todos, súbditos y superiores, clérigos y laicos. Los laicos no tienen, en la Iglesia, un superior a quien obedecer --al menos no en el sentido con el que lo hacen los religiosos y los clérigos--; ¡pero tienen, por otra parte, un "Señor" a quien obedecer! ¡Tienen su palabra!

Terminamos esta meditación haciendo nuestra la oración que san Agustín eleva a Dios, en sus Confesiones, para obtener la compresión de la Palabra de Dios: "Sean tus Escrituras mis castas delicias: no me engañe yo en ellas, ni engañe a nadie con ellas... Atiende a mi alma, y óyela, que clama desde lo profundo... Concédeme tiempo para meditar sobre los secretos de tu Ley, y no cierres sus puertas a los que llaman... Mira que tu voz es mi gozo; tu voz es un deleite superior a cualquier otro. Dame lo que amo... No deprecies a esta hierba sedienta... Que al llamar, se me abran las interioridades de tus palabras... Lo pido por nuestro Señor Jesucristo... en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y ciencia de Dios (Col 2,3). A Éste busco en tus libros"[14].

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[1] S. Ambrogio, Exp. Ps. 118, 7,7 (PL 15, 1350).
[2] Dei Verbum, 21.
[3] Giovanni Paolo II, Novo millennio ineunte, 39).
[4] Benedetto XVI, in AAS 97, 2005, p. 957).
[5] S. Kierkegaard, Per l'esame di se stessi. La Lattera di Giacomo, 1,22, in Opere, a cura di C. Fabro, Firenze 1972, pp. 909 ss.
[6] F. Collins, Le language of God, Free Press 2006, pp. 177 s.
[7] Guigo II, Lettera sulla vita contemplativa (Scala claustralium), 3, in Un itinerario di contemplazione. Antologia di autori certosini, Edizioni Paoline, 1986, p.22.
[8] S. Agostino, Enarr. in Ps. 46, 1 (CCL 38, 529).
[9] S. Gregorio Magno, Registr. Epist. IV, 31 (PL 77, 706).
[10] Celano, Vita Seconda, X, 15
[11] S. Agostino, Confessioni, 8, 12.
[12] S. Teresa di Lisieux, Manoscritto A, n. 236.
[13] S. Gregorio Magno, Su Ezechiele, I, 10, 31 (CCL 142, p. 159).
[14] S. Agostino, Conf. XI, 2, 3-4.